Si usted, amigo extranjero, quiere adquirir un futbolista a buen precio, tenga en cuenta las siguientes recomendaciones:

1. Algunos futbolistas son el terror de las porterías: aunque las cifras no lo demuestren. Si hablamos de un delantero con un promedio de gol de 0,20 por juego, luego de una noche de esas inolvidables fuera de las canchas, puede llegar a la unidad residencial donde vive y agarrar del cogote al celador porque no lo dejó pasar o porque se demoró en abrir la puerta. Los más extremos rompen vidrios, arrancan con una sola mano el citófono y dejan hecha papel picado la correspondencia de los demás. A ese tipo de futbolistas les dicen ‘los Hulk’ en el mundo de la celaduría: no precisamente por parecerse al delantero del Porto, sino porque si se les contradice son capaces de volcar un carro con un dedo.

2. Ojo con los ambidextros: el mánager del jugador, que suele ser argentino, le dirá sin remilgos que “es un pibe bárbaro que le pega con izquierda y derecha”. El día que usted decida ponerlo a jugar, digamos, en San Siro contra el Milán, no hay ni de lo uno ni de lo otro. El representante le contó una verdad a medias: su nueva adquisición le pega con derecha y con izquierda, ya que desde Kid Pambelé nadie lanzaba jabs más precisos a la mandíbula. Usted echará cabeza y recordará que sí, que en un Sudamericano Sub-17, su diamante en bruto noqueó a trompadas con ambas manos al árbitro que osó expulsarlo y al que todavía le están haciendo el conteo de protección. No es una inversión perdida, si usted es un hombre de dinero, podrá darle trabajo en su servicio de escoltas.

3. Si mide 1,58 y no es muy bueno saltando en los córneres, no le pare bolas a eso que hay mar de fondo. Lo de hacer goles con la cabeza es lo de menos: el asunto es que a usted no le haga goles con los ‘cabezazos’ mentales que se echan para pegarse un brinco a cualquier régimen disciplinario. Allí es que son unos duros: arman planes como si estuvieran tratando de escapar de Alcatraz y generalmente lo consiguen.

4. Úselo solo en tierra caliente: el día que empiece a caer una nevada de esas bravas en Copenhague, y usted lo tenga listo para que haga parte de su equipo titular ni cuente con él. Cuando caen los primeros copos en el suelo, se van del club sin previo aviso y después dicen que no han podido regresar —generalmente se quedan dos meses de rumba en Colombia— porque lo estaban amenazando de muerte.

5. Huya de los que hablan en la cancha durante los 90 minutos: es que ningún compañero les entiende porque a bastantes jugadores que llegan a otras latitudes no les gusta eso de aprender otra lengua para comunicarse. Toda una paradoja porque, a pesar de que fueron bautizados con el anglocontemporáneo nombre de Jackson Yhonnier, no hablan ni jota de inglés. Y el que no habla se aburre. Y el que se aburre se va y puede argumentar que lo estaban amenazando de muerte (remítase al punto 4).

6. Compruebe qué clase de baile usa para jugar: la idea es que se gambetee hasta los postes de la luz, que “baile” a los rivales; no que sea un crack para el porro, currulao, reggaetón, trance, house… Si es así, mejor póngalo como DJ residente de la versión londinense de Pananea’s.

¿Se anima a comprarlo?

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