Playas del Rodadero, Santa Marta, Colombia. Un mes de junio cualquiera. Crece de manera inusitada el número de víctimas atropelladas por ciertos artefactos inflables y amarillos en los que turistas cachacos y paisas suelen dar paseos marítimos a altas velocidades, aparatos que entre los nativos son conocidos como "chorizos". En una playa, que debe albergar al menos a cincuenta y dos parroquianos por metro cuadrado en temporada alta, sin contar a vendedores, engrupidores y mercachifles, es solo uno de los accidentes posibles junto con quienes resultan intoxicados con ostras vencidas, los que pierden la retina bajo el efecto de unas gafas chiviadas y los que ven caer su piel a jirones después de un masaje con leche de coco en mal estado.

Detener el mortal accionar de los chorizos en medio de tanto turista parece ser una misión para un equipo de expertos, como el que dirige el teniente Mitch Buchannon en las playas californianas. Imposible que un grupo de rescatistas vigente por doce años y con once temporadas televisivas a cuestas no pueda controlar el flagelo. Así, Buchannon es contactado por las autoridades competentes, mientras que otros candidatos como el jefe Martín Brody (Tiburón I y II), Bob Esponja o Kápax son descartados de plano.

Como requisito, el equipo de Buchannon ha exigido en la playa puntos de vigilancia elevados al menos dos metros sobre el nivel del mar; salvavidas que hagan juego con el rojo de sus uniformes, una flotilla de lanchas de alta velocidad y un helicóptero. Llegados todos a Colombia, incluidas sus fieles, rubias e hinchadas subalternas C.J. Parker (Pamela Anderson) y Shauni McLane (Erika Eleniak), el equipo es acomodado temporalmente en dos carpas turísticas, a la espera de que, ante la ausencia de un equipo más profesional, al menos en Sanandresito les puedan conseguir flotadores redondos.

Recién acomodados, se oye el primer llamado de auxilio: una anciana bañista bracea y patalea cuando su pie es atrapado por una soga a la deriva, un cable de fibra óptica, una bolsa de supermercado vacía, un amasijo de chicles mascados, una chancla, una pantaloneta vieja y otros peligrosos desechos comunes en las playas nacionales. La bella C.J. Parker la rescata, haciendo una aparición celestial en cámara lenta desde abajo del agua con la mujer en brazos, mientras los hombres la admiran con sorpresa y suena en el aire I believe, la pegajosa banda sonora de Guardianes de la Bahía cantada, quién lo creyera, por el mismísimo Mitch Buchannon.

Dos minutos después, al menos veintisiete varones claman por auxilio desde el agua. Pacientemente, uno a uno van siendo trasladados hasta la congestionada playa, bien agarrados no a los salvavidas sino a "las" salvavidas, haciendo cara de placidez mientras ellas insisten: "¡Esos no ser flotadores! ¡Esos no ser flotadores!". La rutina se les va en eso por semanas: en aguantar a los que quieren mantenerse a flote sujetados de sus siliconas.

Pasa el tiempo y la lancha que había pedido Buchannon no llega. La están utilizando para transporte de pasajeros hacia Playa Cristal, Playa Grande, Taganga y otros lugares igual de congestionados. ¿Y el helicóptero? ¡Lo tienen regando glifosato sobre la Sierra Nevada!

Y sigue pasando el tiempo. Cansadas de que las agarren gratis, las hinchadas guardacostas se largan con sus nuevos novios, dos sujetos llenos de cadenas y con marcado acento del interior, que manejan camionetas polarizadas del tamaño de un yate. "Oh, deben ser presidentes de algún concurso de belleza", asumen, porque les han contado que recientemente coronaron.

Y Mitch, el buen teniente Buchannon, encontrará el golpe de gracia bajo la desalmada eslora de otro chorizo asesino, preguntándose por qué mejor no se dedicó a vender gafas.

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