Llámasele en Colombia ‘guayarola‘ a aquella condición que de manera casi irónica y sin duda nefasta combina dos estados antitéticos: el letárgico y moribundo ‘guayabo‘, con la festiva condición del Príapo para la cual los nacionales tenemos un término idéntico a la eufónica palabra que los italianos usan para denominar las palabras: ‘parola‘. La ecuación, entonces se compendia con asombrosa sencillez; ‘guayarola‘ es un guayabo con parola. Se trata sin duda de uno de esos neologismos criollos que combinan dos conceptos que solo a un colombiano le agradan aunados, como ‘juernes‘, un jueves en el que se puede beber como en un viernes, o ‘quesadillo‘, un método utilizado en los años setenta por los carteles del bocadillo que clandestinamente sacaban su producto del país oculto en quesos.

Mientras el guayabo conmina al encierro vampírico, lo único que nos puede hacer enfrentar la luz del día u obligarnos a repasar una y otra vez la lista de contactos del celular con esa intención de hacer el mal pero de una manera buena, tan propia del deseo sexual, es la palabra italiana, porque a diferencia del caldo que incluso se consigue a domicilio, o del vaso de agua que uno tarde o temprano se procura, para darle solución a lo segundo hay que estar coquetos… y acompañados. Los hobbies de Onán poco resuelven; suelen empeorar la guayarola. No siempre es posible tener todo a la mano para paliar un buen guayabo.

Ignoro las causas de la guayarola. Ignoro si ellas sufran de algo similar. Creo que no. Nunca he recibido una llamada ‘túfica‘, de una ex novia que con voz aún aguardientosa y tierna me invita a pasar una tarde de domingo "viendo televisión". Ofrezco entonces, para aquellas bienaventuradas que nunca la han tenido que padecer en cuerpo propio o ajeno, una descripción de la etiología en cuestión. En primer lugar no se imagine optimista, querida lectora, que se trata de una gran palabra italiana: no hay en estas condiciones, porque el adolorido cuerpo no lo permite, palabras de la dureza del mármol, hechas para sajar una panela o dividir pueblos. Son palabritas más bien modestas, informes y ciegas, pero incisivas en la conciencia, semejantes a esos agradables dolores de las encías en los que paradójicamente es la molesta hinchazón lo que más gusto nos procura. Los viejos varones sabios de la especie, que han llegado a apreciar esta condición —no la de la encía—, haciendo de la necesidad virtud, hablan de que se les para, pero blandito. Los íberos la llaman ‘el morcilludo‘. Con la palabra en ese estado, entonces, se retoza culposo, deseoso, con la boca seca como si se hubiera uno lamido un bombillo por dentro, los ojos apenas capaces de mantenerse abiertos, pero con una idea fija y obsesiva, como un atleta fracturado que está decidido a ir por la de oro. Por eso el guayabo es el peor estado para estar bajo la tiranía de la palabra italiana.

Como hombre casado, no he dejado de padecer de la guayarola, pero ciertamente he prescindido de mi lista de contactos llena de nombres que ya ni siquiera en inglés sino con cierto dejo gitano como ‘Yelipse‘ o ‘Gipsy Michel‘ arrojan una gran sombra de duda sobre si la dama en cuestión se pinta un gatico en la uña. Una vez perdidas las esperanzas felinas, pero aún con la molesta palabra de Italia, no le queda al doliente ligado más que voltearse a mirar a la esposa, y con el pelo como el del canciller Bermúdez, pero con el ojo brillante y la pupila dilatada, lanzar de manera lasciva y con la bondad de un enfermo terminal esa pregunta capaz de condenarlo a otros tres años de pañales y teteros: "¿Encargamos?".

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