La noticia llega a Colombia hacia las seis de la mañana. Cerca de quince minutos antes un ringtone con el sonsonete de cualquiera de las canciones de Juanes hace despertar a Gustavo Bolívar con el tema compuesto para la película basada en su libro sobre los niños sicarios de Pereira. Es un hombre con acento raro, y el autor piensa que se trata de alguno de sus amigos haciéndole una broma. Luego recuerda que no tiene amigos, entonces llama a Caracol a dar la noticia.

El Colombiano, el único periódico aún en papel, manda de inmediato una carta de protesta a la Academia Sueca por lo que considera una vulgarización de la imagen del país, diciendo que “las personas de buena voluntad, es decir, la mayoría de los colombianos y las colombianas, rechazamos la asociación de la idea de Colombia con la de las damas de compañía que este escritor no nacido en Antioquia y sin un ápice de honorabilidad ha impulsado en la televisión mundial”. Por supuesto, no hay en la carta un solo argumento literario. 

La noticia llega al mundo exactamente a las once de la mañana de Greenwich. Después de que el secretario de la Academia, un señor con más diéresis que vocales en el nombre, anuncia que el premio ha sido otorgado al autor por “plasmar con sensibilidad la violencia y la tensión sexual de los países y los hombres en desarrollo en obras con la perdurabilidad de la silicona”. Bolívar piensa, gracias a sus años de práctica metafórica, que de un momento a otro Girardot se convirtió en las tetas del mundo, pues todos tienen los ojos puestos en él. Piensa también que, por fin, se le dio el reconocimiento que se merece por ser el autor colombiano que más se ha preocupado por las putas después de García Márquez. 

Los libros llegan a las librerías días después de haberse agotado. La Librería Nacional, en un alarde de originalidad, los apila en dos grandes círculos con una columna de libros en medio. Arcadia se apresura a sacar un especial en el que asegura que siempre celebró ver sus títulos en las listas de los más vendidos y destaca en su editorial que “vale la pena examinar ese estúpido cliché que reza que escribir mal es un problema”. En el Iceberg del número de noviembre de El Malpensante se puede leer cómo la revista comprada por el Grupo Prisa para salvarla años atrás de una inevitable bancarrota asegura que el impulso que tomó la carrera de Bolívar se debe a su publicación, en doce números continuos, de la crónica sobre los burros en la costa, publicada luego por editorial Debate bajo el título Filioburro.

El autor llega a Bogotá dos días después del anuncio del premio para comprobar que los implantes de silicona están otra vez de moda, y no solamente en SoHo. Los periódicos se llenan de reseñas y perfiles escritos por insospechados expertos, y ya hay algunos escritores diciendo que, aunque les parece un maestro, no se sienten identificados ni influidos por él. Su cara desplaza las caras habituales de la revista Caras, y las presentadoras de farándula lo reciben con riguroso escote para preguntarle qué se siente ganar un Nobel y qué libro quisiera tener en el bolsillo durante el Apocalipsis. A propósito de Apocalipsis, Álvaro Uribe, quien siguió la línea del presidente, poeta y lagarto Belisario, escribe un panegírico equino que es aplaudido por José Obdulio, mientras Bolívar no para de asistir a cocteles y a jornadas de beneficencia para salvar del calentamiento global al Monte de Venus. 

Una comitiva de media docena de chivas va a despedirlo al aeropuerto los primeros días de diciembre con una papayera que no deja de sonar hasta que el avión en que viaja supera la frontera con Venezuela. En Suecia descubre que no hay mucho paraíso y se dedica a tomar para paliar el frío mientras se presenta en la sede de la alcaldía de Estocolmo vestido de impecable guayabera desabotonada y con pelo largo engominado acompañado por el movimiento bolivariano, un grupúsculo de prepagos que lleva años reclamando que le den el Nobel —sin haber leído uno solo de sus libros, claro—. En sus manos carga las estatuillas de la India Catalina, que usa para pisar los papeles en los que tiene escrito el discurso de recepción del premio, que empieza a leer con solemnidad: “Gustavo nunca imaginó que la constancia y la cheveridad de escribir bien lo fueran a hacer ganar un premio India Carolina”. Solo algunos, en medio de tanta algarabía, no se explican la razón del galardón. Hace falta que alguien recuerde que quienes ya han ganado el premio pueden hacer sus propias nominaciones, y que el año anterior el reconocimiento, contra todos los pronósticos, fue también para un latinoamericano: el poeta guatemalteco Ricardo Arjona.

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