Los papás de Fusagasugá celebran los cumpleaños de sus hijos en Fusagasugá. Los de Cota, en Cota. Los de Cajicá, en Cajicá. Pero los papás de Bogotá, no: arman lonches campestres a un par de horas de Bogotá. Son fiestas a las que uno llega, a marchas forzadas, para no tener un problema familiar que no es tanto con el hijo como con la esposa. 

 
Ella, siempre atenta a la comunicación con otras mamás a través de infernales chats de WhatsApp —tan atiborrados como un Jueves Santo en la terminal de transportes—, dispone que a toda fiesta de compañeritos del colegio (o primitos) hay que ir: es un servicio militar obligatorio, una pena domiciliaria (en domicilios municipales, como se ha dicho) de carácter inconmutable.

Arrancan siempre de la misma manera: los niños bajan del carro y corren a saludar a sus amiguitos, dejándolo a uno con una horda de caminantes (ver The Walking Dead) desubicados y hambrientos. Son los otros padres de familia, que uno saluda como creyendo que los conoce. 
 
Devorarán la vida de uno durante un puñado de horas, hasta que llegue el momento de la torta, que siempre se sirve después de que el cumpleañero la ha soplado y rociado con generosas ráfagas de babas (baba: condimento infantil que determina el sabor de lo que comen los papás con hijos menores de 9).

Antes de las babas pueriles, las babas de los personajes contratados para animar el ágape. Hay cinco posibilidades: (a) recreacionista experto en juegos que involucran las habilidades para el ridículo de los padres; (b) mago mayor de 57 años y librea dignamente remendada (siempre hace el truco de sacar de la boca una cadena hecha con pañoletas amarradas); (c) los Glumbiz o los Muffitz o los Brinkiz (o algo así), grupo en el que un caballero de agilidad camaleónica (acompañado por su novia y dos cuñados) recrea con disfraces a los Backyardigans; (d) músicos de chiquiteca, que obligan a padres e hijos a bailar juntos, en un espectáculo grotesco de pisotones y lumbagos poscelebración; (e) títeres con voces andróginas que se golpean con pequeños garrotes. Si la fiesta combina, por ejemplo, (b) con (d) o (c) con (e), uno puede decir con toda autoridad que sabe lo que sentían las víctimas del potro en manos de Torquemada o Mayorga (¡fuerte abrazo, Kepa!).

No hay lonche que dure menos de cuatro horas. Sencillamente no es posible que alguien sea lo suficientemente cuerdo como para organizar jugarreta, show, ponqué y sorpresas en, digamos, unos reglamentarios 45 minutos. No. Y los lonches son los sábados, el día en que uno no quiere salir. Si estas emotivas celebraciones no se cruzan con una tarde de cama o el partido más emocionante de alguna liga de la que el padre es fanático, no sirven. Funcionan solo si gozan los niños y sufren los padres.
Este vademécum del martirio tiene elementos estructurales: fuente de chocolate líquido que envuelve fresas, masmelos y a los hijos de uno; niño que le hace matoneo al mago viejo y les cuenta a todos de dónde salió la paloma achilada; saltarín que se desinfla porque se dañó el compresor; niños mojados y embarrados luego de actividades con bombas de agua; baile del Serrucho, sugerido a los pequeños por el recreacionista, que se dirige a los papás como “papitos”; mamás “avionas” que se meten a la piñata, bolsa en mano, y recogen las mejores sorpresas; empanadas frías y papas Mar- garita sabor a pollo con salsa golf; payaso insoportable con aire de Crusty... todo, repetimos, gratamente ambientado en una finca distante o en el salón comunal de un conjunto residencial, cuyo baño no funciona y en el que nunca ponen papel higiénico. 
 
Sea en la campiña o en un edificio, hay una constante incómoda y estrecha: sillas Rímax, que a veces son tantas y tan estratégicamente ordenadas, que dan a la fiesta el mismo aspecto de las lápidas del cementerio de Arlington.

Este lento vía crucis tipifica la fiesta exitosa, pero las cosas siempre son susceptibles de irse al traste: el cumpleañero puede, con una vara enorme, errar al momento de romper la piñata, incrustando la herramienta en la cabeza de un pequeño cuyo padre se enfurece. Comienza entonces un mini- Vietnam en el que varios padres se arrean las madres y hay conato de muñequera.
La cereza del agrio postre podría ser un pinchazo a la hora de emprender el regreso o una débil voz que, desde el asiento de atrás, estando ya a pocas cuadras de casa, nos recuerda que se le quedó el iPod en la fiesta. Son las 6:00 de la tarde. 
 
El cielo se abre y un ángel de fuego, espada en mano, anuncia que ha comenzado el fin del mundo. El alado mensajero respeta nuestras vidas y nos da vía libre mientras decapita a nuestros semejantes. Estamos blinda- dos: venimos precisamente del Apocalipsis.

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