Por seguirles la corriente, me pongo a averiguar y descubro que, según la opinión de los especialistas, necesitaría reunir un mínimo de nueve mujeres. ¿Vivir con nueve Margots al mismo tiempo? Dios se apiade de mí y me coja confesado. Pero eso no sería lo peor. Porque lo peor, según mis cuentas, es que me tocarían 27 cuñados, 39 tías y medio ciento de sobrinos. Conozco formas menos aparatosas de enloquecerse.

Cierre los ojos y hágase una composición de lugar. A las nueve de la noche está usted acostado frente al televisor, pendiente del noticiero, en el que aparece una imagen congelada de la reunión que el gobierno y la guerrilla celebran en La Habana. Usted trata de entender qué es lo que dice en la pantalla el presidente Santos —lo que de por sí no es tarea fácil— mientras nueve mujeres cotorrean a su lado, rajando de la vida ajena. Ahí quisiera verlo. Mejor ni hablemos del momento preciso en que hace el gol la Selección Colombia.

Los historiadores confiables sostienen que el harem es un invento que se les ocurrió a los faraones egipcios, cuando no andaban en guerra, y luego fue heredado con mucho gusto por los emperadores turcos. El harem más grande de que se tenga noticia fue el del rey Tamba, que gobernaba a sus anchas en la ciudad india de Benarés. Constaba de 16.000 mujeres bien contadas.

No quiero pensar, ni por asomo, en la batalla que se armaría en ese salón por cuenta de los celos: taconazos que vuelan, lagrimones que chorrean, la gritería, las caras arañadas. Una telenovela completa. Y, a pesar de que me he esforzado por averiguarlo en pergaminos amarillentos, tampoco he logrado saber cómo diablos hizo su majestad para no acabarse por la punta, como los lápices.

El diccionario de la lengua castellana puede decir lo que quiera, pero yo sigo escribiendo harem con “m”, que es como suena en su árabe materno, macizo y rotundo, como un garrotazo en la frente. Cuando estaba recién nacida, la palabra “harim” no se refería a ningún grupo de amantes, que se llamaban “odaliscas”, ni a nada que se relacionara con la lujuria ni con el tuquituqui que sabemos. Ni mucho menos.

Quién creyera que el término harem tiene un origen religioso. Para los musulmanes antiguos designaba el tabú, lo que no se puede tocar por su carácter sagrado. Luego fue el recinto palaciego en donde recibían educación la reina y las princesas. Allí no podía entrar el rey.

Como siempre ocurre, no fueron los orientales, sino los viajeros europeos de mentalidad retorcida, con una broma obscena que pasaría a la historia, los que terminaron por clavarle el nombrecito al salón de las concubinas, que estaba en otra parte.

En estos tiempos de igualdad de género y liberación femenina, es asombroso que hasta ahora ninguna mujer haya tomado la iniciativa de organizar su harem de hombres. Cleopatra pudo haber establecido el primero, no solo en su condición de egipcia sino porque era de una belleza venenosa, dicho sea literalmente, y, además, hubiera aportado su colección de emperadores y generales romanos como cuota inicial.

Pobrecita la señora que instale su propio harem: ya me la imagino haciendo almuerzo para nueve hombres pretenciosos, cada uno de los cuales se cree el mejor amante del mundo. Aunque, con lo inteligentes que son las mujeres, se puede adivinar cuál sería la diferencia entre una cosa y la otra: al faraón no le alcanzaba el sueldo porque tenía que mantener a nueve mujeres él solito. En el harem masculino, en cambio, nueve hombres tendrían que mantener a una sola mujer. De todas maneras, tampoco les alcanzaría el sueldo.

Por lo que a Colombia se refiere, tal como están las cosas, no tendría nada de raro que el año entrante las comunidades de lesbianas y homosexuales le exigieran al Congreso de la República que apruebe una ley para legalizar la existencia de harems del mismo sexo. Habrá que ver lo que contesta el senador Gerlein. Y lo que será la pataleta del procurador.

En lo que a mí respecta, confieso, para terminar, y sin que nadie se llame a engaño, que mi personaje favorito en el harem no son las mujeres apetitosas que lo integran, ni ese gordo con bigotes de sultán que puede comer a la carta cada vez que quiera sin que le dé indigestión, sino el vigilante inofensivo que con ademanes equívocos tiene la misión de controlar a las damas.

Me refiero, naturalmente, al eunuco, que es como un indigente que cada noche ve contar plata delante de él sin poderla tocar. Desde niño, cuando el malvado emperador le escoge su destino, lo primero que hacen es proceder a castrarlo para evitar que alguna vez caiga en tentaciones. De modo que el eunuco ve todos los días cómo es que se hace la cosa, pero nunca aprende a hacerla, ni puede, y nunca podría hacerla, aunque supiera, porque no tiene con qué. Igualito a los críticos literarios, ni más ni menos. Y a los congresistas.

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