Entrada de los estudios de grabación de Inravisión en San Diego, calle 24 arriba de la carrera séptima costado norte, junto a la Biblioteca Nacional.

Susurra el superyó de Carlos Holguín Sardi:
(Por favor, Carlos, abrí bien esos ojos, de caridad, no vaya y sea que te enredés con un cable. Eso es, despabilate. Ya vamos a llegar a tu silla, no, esa no es tu silla, es la de allá al fondo. Acordate que en el bolsillo derecho de la chaqueta te metiste unas goticas que te sacaste a escondidas del despacho presidencial, de las que la doctora Elsa Lucía le recetó a Álvaro, acordate que esas gotas son para que no te vayás a dormir en la mitad de la emisión del programa, te tomás diez gotas cuando te entre el sueño, mirá que esto lo transmite la televisora por todo el Valle, por Cartago, Bugalagrande, Tuluá, Palmira, Cerrito y vos no podés aparecer ahí desparramado en esa silla y babeando mientras don Julio E. te hace las preguntas porque te quedás sin votos para las elecciones presidenciales de 2010 o será ya pensar en 2014).

Don Carlos entra al estudio. Una chica de minifalda y con cuatro capas de Kleer Lac en el pelo lo acomoda en su silla de concursante. "¡Silencio!", grita José Abel Díaz, coordinador de estudio. Se enciende una luz roja: "Al aire".

Ruedan créditos: "Concéntrese... El concurso más dinámico y novedoso de la televisión colombiana, con la más grande colección de premios ofrecidos jamás en concurso alguno y entregados en un solo programa".

Don Julio E. Sánchez Vanegas presenta a su ilustre concursante, le explica la dinámica del concurso: "Del tablero de 30 números debe escoger dos, que giran y muestran una palabra".

"¿30?", piensa aterrado don Carlos. "Yo lo más sofisticado que conozco son las rifas de 1 a 10".

"Si acierta dos números con la misma palabra, gana esa pareja. Al final, cuando quedan todas resueltas, en el tablero aparece un jeroglífico. Si lo resuelve, el premio es un Dodge 1500 último modelo", termina de explicar don Julio E. "¿Listo para concursar?".

A una persona normal le queda muy difícil dormirse con el tono nasal y penetrante de Julio E. Sánchez Vanegas. Y si a esto se agrega el calor y la luz infernales que botan los reflectores... Pero Carlos Holguín hace esfuerzos sobrehumanos. No por concentrarse en el —para él— dificilísimo concurso, sino para no quedarse dormido y comenzar a babear enfrente de las cámaras.

—¿Qué, cómo, dónde? —pregunta don Carlos.

—No se me duerma, don Carlos... Que si está listo...

—S... sí...

—Diga entonces dos números de 1 al 30... (Comienza a notarse una leve impaciencia en la voz de don Julio E).

—Número 1

—Uno... Plato de lentejas... y...

—...número... 21

—Número 21... Favor... Lo siento don Carlos... Siguiente intento...

—Este... no sé...

—Don Carlos... es una sugerencia... lo ideal es repetir uno de los números anteriores porque así usted puede memorizar más fácil...

—Ah... ya... entonces... número 21...

—21... Favor...

—... y... número 25...

—25... Reelección... No, don Carlos... tampoco...

Don Carlos está que se queda dormido... Se acuerda del frasco de goticas que se sacó del despacho del Presidente. Intenta abrirlas, pero el sudor que corre por sus manos se lo impide. El frasco rueda por el piso.

—Otra vez, don Carlos...

—17...

—17... Reelección... ¡Vea pues, don Carlos, qué suerte la suya! ¡Usted ya dijo el otro número!...

El público en el estudio comienza a cuchichear, se nota que entre todos le mandan la respuesta acertada... "vein... ti... cin…coooooo". 

—Por favor, querido público, nada de soplarle a don Carlos porque el delegado de Rifas Juegos y Espectáculos se vería en la penosa obligación de descalificar a nuestro concursante...

Carlos Holguín hace un gran esfuerzo...

— 12...

—12... Plato de lentejas... ¡Qué bien, don Carlos, ya tiene dos parejas a punto de caramelo!... ¡Ánimo...!

—Pachecolo... dame la F...

—Perdón, don Carlos... creo que está confundido...

—Ah, sí, qué pena... Pachecolo... el bugle....

—Por favor, don Carlos... (Julio E. Sánchez Vanegas hace un gran esfuerzo para no gritar "¡coooooorten!").

—Ah, claro... (bosteza, suspira, hace un esfuerzo sobrehumano por abrir los ojos)... el... el... el 23...

Decepción total del público y del presentador, que está ávido de entregar 100, 200, 300, 400, 500 y 600 pesos... aunque sea...

—23... Clientela...

—No, don Carlos... Recuerde mi consejo... Si repite alguno de los números anteriores...

—Ah, bueno: ¡23!

—23... Clientela...

El desasosiego aumenta.

—29

—29... Mico parlamentario. No. Don Carlos, tiene una nueva oportunidad. Le recuerdo que hace algunos minutos estuvo usted a punto de armar un par de parejas... No sé si...

—¡ Entonces 29!

—Discúlpeme, don Carlos... ¿tiene usted claro en dónde estamos?

—¿No es esto Guerra de Estrellas?

Está a punto de terminar la media hora del programa y no hay poder humano que logre que don Carlos dé pie con bola. Concéntrese llega a su fin. Él, lentejo de vieja data, malacostumbrado a ganar de gratis puestos y contratos cada vez que pierde elecciones, esta vez no se gana ni una de las sartenes con teflón que ofrece el concurso más dinámico y novedoso de la televisión colombiana. Pero eso tiene su lado bueno. Como no acertó ni una sola pareja, don Carlos no tiene que someterse a la tortura china de encerrarse en una cabina insonorizada donde quedaría profundo en un segundo, como tampoco someterse a la tortura china de balbucear sus intentos por descifrar el jeroglífico.

Eso sí, nos quedamos sin saber si don Carlos hubiera podido resolver el jeroglífico:

Al salir del estudio, don Carlos tropieza con un cable. El viento frío que baja del cañón del río San Francisco congela la noche bogotana y don Carlos recupera algo de lucidez:

— Perdón, perdón... Reelección era 25 y 17, claro... Reelección era 25 y 17...

Pero ya es demasiado tarde. Don Carlos va, triste y vacío, en su rostro se comprenden los fracasos de la vida...

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