El primero es que en Colombia muy pocos quieren verlo. Y el segundo, que en el extranjero aún menos. Como las películas son costosas y requieren de millones de espectadores que paguen sus entradas a un teatro, o alquilen o compren el DVD, la consecuencia obvia es que las cuentas del cine colombiano no dan.

Para ser justos, las cosas están un poco mejor que en la época en que la plata de los contribuyentes se la daba Focine a los productores para que la montaran de Truffaut y se gastaran buena parte en giras promocionales en Cannes y San Sebastián, champaña en mano y, al cuello, una bufanda de seda blanca. Al final, la película no la veían ni los invitados a la première, que roncaban o se salían. Pero cero lío: los realizadores entregaban los rollos a Focine y con eso cubrían la deuda. En un país con la mitad de sus habitantes en la miseria, fue un crimen de lesa humanidad que el mismísimo juez Garzón debería desempolvar.

Esos créditos se acabaron y fueron reemplazados por estímulos tributarios. En justicia, ya no les va tan mal a películas que sean capaces de conseguir, no millones de espectadores, pero al menos cientos de miles. Y en ese campo, el productor Dago García es un maestro, con un cine que él mismo reconoce, con gran franqueza, como “populachero”.

Con El carro y con El paseo logró pasar del millón de boletas vendidas, y aunque no eran obras maestras, aguantaban. Pero en 2009 tocó fondo con un esperpento que merece pisar en honrosísimo lugar de privilegio, la alfombra roja de lo peor de lo peor. In fraganti es el título de una lamentable producción, en la que el mal gusto consigue elevarse a la cumbre, solo para estar al mismo nivel del lugar común, la caricatura obvia y el estereotipo.

En lo formal, no hay queja: buen sonido, buena iluminación, buena cámara. Y ese es el problema, que como la película se deja ver y oír, uno se da cuenta de lo mala que es. Como sí es posible entender los diálogos de In fraganti, queda en evidencia que son terribles. Además del río de “hijueputa-marica-guaricha” de los personajes criollos, está el requeteobvio “boludo-concha-de-tu-madre” del porteño. Casi imposible encontrar un gesto que no sea sobreactuado.

Tres parejas de distinto origen social terminan secuestradas en un motel por un supuesto loco armado de una pistola y con una media velada en la cabeza, en vísperas de Navidad. Está el chiquitín mofletudo, machista y aprovechador (César Mora, que en esta cinta demuestra que el mejor de los actores tiene su mala hora), tratando de llevar a la cama a una campesina de trenzas. Está la actriz de telenovela (Natalia París, quien no desentona), en duda ante la opción de ponerle los cuernos a su novio con el mejor amigo de este, el argentino vividor. Y están un satánico suicida y su novia medio intelectual. Hay más personajes, pero son aún peores. Menciono solo a un gordo descomunal que maneja un taxi Topolino y tiene el taxímetro adulterado: ¡la mata de la originalidad, a nadie nunca se le habría ocurrido!

Los guionistas aspiraban a una historia a lo Almodóvar, a lo Álex de la Iglesia, con remembranzas del Stanley Kramer de El mundo está loco, loco. Pero solo consiguen revolcarse en el barro de las novelas costumbristas de Álvaro Salom Becerra (quien no padeció en el colegio a don Simeón Torrente), con algo de la chabacanería de No me lo cambie o También caerás. El final pretende ser original, sorprendente, inaudito. Pero solo logra ser ridículo.

Con 463.000 espectadores, In fraganti fue la cinta colombiana más vista en 2009. Pero eso, en vez de salvarla, condena al cine criollo y mantiene la vigencia de una pregunta que nadie me ha podido contestar en años: ¿tiene que haber cine colombiano? No tenemos carrera espacial ni centrales nucleares, ni equipo de hockey sobre hielo. Tampoco pescamos angulas, y no pasa nada. ¿Nos hace falta un Hollywood? De pronto no.

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