Pues se fastidian. El paisito propio les salió carísimo. Si se hubieran alineado con las tropas de Morillo para acabar con el escuálido caraqueño, tendrían una princesa de verdad en lugar de patéticas reinitas de belleza. Letizia, sin ir más lejos, sería su soberana y ustedes sus lacayos dilectos. Podrían ensayar en los prestantes hogares cachacos a hacer reverencias, a dirigirse a ella en tercera persona, a admirarla solo porque un día lucirá una pesada corona con carácter vitalicio, a pelearse un espacio en sus fiestas, competición que llena de sentido la vida de familias enteras.

Y tendrían un príncipe altísimo, que sale perfecto en las fotos, con un vestier repleto de fracs a la medida, nada de modelos cantinflescos, un ser que permite que la plebeyada se le acerque a admirar su sencillez congénita. Nada gusta más al pueblo soberano que un mortal de sangre real se digne a mirarlo a uno como si fuese un ser viviente, no un rodaballo ni una pieza del mobiliario. Y contarían con una aristocracia rancia, pero no la imaginaria de Popayán, sino una auténtica, que exhibe sus trasnochados blasones con fingida indiferencia.

Pero no quisieron alinearse con quien tocaba, tan de malas, y ahora pagan las consecuencias. Porque mucho más fue lo que perdieron, como pruebo en estas líneas, que el pírrico botín que lograron. Vale, de acuerdo, conservan mucho oro que los valientes conquistadores abandonaron en las ricas entrañas de estas tierras y que ustedes despilfarran porque no tienen costumbre de atesorarlo. Pero si siguen poniendo en la balanza todo aquello que no existe a este lado del Atlántico, verán que fueron más los quebrantos pese a los cuentos que les narran en sus libros de Historia y en las novelas que escriben unos criollos desagradecidos. Porque esa es otra. Los colombianos echan en cara a los españoles de la Madre patria su cúmulo de desgracias y exigen que les devuelvan lo que obtuvieron en buena lid, con sangre, sudor y lágrimas. Y olvidan que son sus antepasados, no los de los europeos, quienes merecerían esos reproches que no dejan de ser injustos y vanos.

Olvidemos en todo caso la Historia para retornar al presente y a nuestra infinita lista de números rojos. Por ejemplo, y sin ir más lejos, no tienen un ¡Hola!, distinguida e insigne publicación, espejo de la realeza europea, que no puede compararse ni de lejos con sus montañeras revistillas sociales.

Ya me dirán ustedes cómo pueden soportar páginas y páginas de acontecimientos de escasa relevancia, costureros de pueblo grande, con menús que producen colesterol solo de leerlos, en lugar de admirar mansiones, palacios, castillos, yates y mesas de porte aristocrático donde solo sirven manjares refinados. De todo eso carecen, qué pena. Y sigue la cuenta.

Por ejemplo, si nos vamos a la ortografía o la dicción, es triste, lamentable, el retroceso que aquí se produjo con la desaparición de la bendita Colonia. Para los habitantes de esta república es un galimatías adivinar si casa es casa o caza, si las doce son las dos o si sevicia es sevicia o es que alguien se vicia. Un drama que no acaba. Si aún permanecieran bajo los dominios del glorioso Imperio, conocerían al instante, sin el menor esfuerzo, el uso correcto de cada palabra y su forma de escribirla. Pero escogieron el chibcha y así les va la vaina.

Y si nos adentrásemos en terrenos menos sublimes, pero más acordes con los gustos populares, los ejemplos son infinitos. Empecemos por el deporte y sigamos por las artes. ¿Cuál ha sido el mejor club de fútbol del siglo XX? El de la capital del reino, el más grande jamás creado, el insigne Real Madrid. Podrían celebrar sus incontables triunfos en vez de envidiarlos.

Y este año habrían coronado la Copa del Mundo con la selección, pero prefieren seguir soñando con la raquítica meta de una clasificación para la nada. No abrazarán una Copa ni en esta centuria ni en la próxima; lo siento, de veras, porque el campeonato sería suyo. Como lo sería el mejor deportista de habla hispana de la historia: Rafael Nadal, con el que seguiremos contando trofeos grandes.

No quiero revolverles más el sentido patriótico, sembrarles la cabeza de dudas, herir sus sentimientos profundos con la enumeración de las artes, pero la vida es una y aprovechando que conmemoran el Bicentenario de un error inmenso, llegó la hora de la reflexión profunda. No pretendo que lamenten lo que no tiene vuelta de hoja, solo que aprendan que la moneda tiene otra cara que habría sido brillante, pero que es oscura.

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