Brinqué y salté y vitoreé el nombre de Colombia mientras zarandeaba la bandera tricolor. La noticia me dejó exultante. No podía creer que tanta dicha estuviera rondando a este país. Pensaba que al fin el país salía del descrédito. No me cabía más dicha en el cuerpo. Un antes y un después en la historia de Colombia. Hasta que comprendí que todo era un error. Había oído mal. El codiciado Nobel de Paz no lo había ganado el paisa Maluma, sino la paquistaní Malala.

Recuperado de la desilusión cavilé en que, más allá de mi error, no estaba desatinado del todo, Maluma merece el Nobel. Es un colombiano ejemplar admirado por niños y niñas y deseado con lujuria por señoras que doblan su edad. Incluso, considerando ese fenómeno han pensado en lanzar la versión La voz tercera edad. Todo por Maluma que es una mezcla formidable entre la bacanería de Juanes y el desparpajo de los Victorinos. Un hijo entre Ricky Martin y Rodrigo D: no futuro. La intersección entre Justin Bieber y Víctor Hugo Aristizábal. Ese es Maluma, apodado por él mismo Pretty Boy. El segundo colombiano, después del actor Diego Cadavid, al que mejor le luce un esqueleto o la manga sisa en pleno Nevado del Cocuy. El segundo colombiano depilado con la misma técnica que le enseñó Cristiano Ronaldo a James.

Maluma brilló en el reality: el trato hacia los niños, la gracia, la manera de emocionarse tan genuina, tan de él, y de conmoverse ante la sorpresa y de alentar a los niños con ese estilo tan suyo. Me pregunté: si Petro fue candidato a mejor alcalde de Iberoamérica, ¿qué puede haber de extraño en postular a Maluma al Nobel? Bien mirado, Maluma tiene el perfil del Malala. Jóvenes los dos: ella, 17, y él empezó a cantar a esa misma edad. Ella, activista de los derechos de la mujer. Él, activista del reguetón como género artístico. Ella, con sus posturas en clara oposición al régimen talibán. Él, en oposición al temido vallenato romántico. Malala critica el sistema educativo de su país. El Pretty Boy fue más allá de la frontera, fue a Venezuela y, en pleno concierto, exhibió a miles de seguidores la bandera de ese país al revés. Dos hipótesis explican lo ocurrido. Una, que Maluma en su inocencia infinita pensaba que las estrellas de la bandera simbolizaban una boca y quiso hacer una carita feliz. La otra, que fue una parodia de la situación actual de Venezuela. Todo apunta a que fue lo primero porque Maluma no sabe qué es parodia.

Eso no es todo. La paquistaní escribió su biografía “Yo soy Malala”. En el paisa se oye en el coro “Yo soy Maluma” en todas sus canciones. Malala fue víctima de dos tiros en el cuello y su cabeza. Maluma, en un concierto en Villavicencio, fue víctima de un vasado de agua en cuello y cabeza arrojado desde el público lo que produjo que tras 20 minutos de haber comenzado el concierto abandonara el escenario y no regresara.

Son vidas paralelas. Almas mellizas. Malala promueve un modelo de educación secular. Y Maluma, la educación sexual. La educación sexual temprana que todo padre quisiera que sus hijos oyeran. De las cinco canciones más sonadas acá están algunos apartes: 1. Tu cuerpo y el mío sienten que se gustan / Déjalos que se devoren. 2. Y es que ya no me aguanto / Y quiero tocar su piel / Deslizarme en su figura hasta hacerte enloquecer. 3. Qué rico besas / Con sabor a fresa / Pasas tu lengüita / Con delicadeza / (…) Yo te beso el cuello / Y en seguida tú me alocas. 4. No necesitamos conocernos / para pasarla bien, muy bien, solo queremos / satisfacernos, vamos a pasarla bien. 5. Una noche de locura / pa’ eso mucho sexo en mi habitación y sábanas mojadas.

Podría cantar en el coro de una iglesia, en Disney Channel con esas letras. El canal Caracol posicionó como líder de nuestros niños a Maluma logrando un rating histórico y la defensa y promoción de la sexualidad temprana, que es de lo que habla el Pretty Boy en todas sus canciones. Por eso convoco a las ONG que luchan contra el embarazo adolescente, a Profamilia y a condones Today a que se unan al canal Caracol y a mí en esta postulación: De Malala a Maluma, Nobel de Paz 2015.

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