Desde que la radio fue inventada (finales del siglo XIX, por la tardecita), por sus parlantes se colaron aquellas microcanciones chicludas a las que llamamos jingles. Muchos músicos, académicos y empíricos generan sus ingresos gracias a este sistema, ya que el circuito nacional les impide progresar como quisieran.

Tomemos el caso de Jaime Valencia, popular autor setentero de música popular rotulada como canción protesta. El avance del capitalismo salvaje lo obligó a pasar de su denso Café y petróleo al ligero "Con mis Gudis soy feliz/porque son de maíz (...)", toda una epopeya psicodélica gestada por las esferas policromas de don Jack, el jíbaro mayor de nuestra infancia (me refiero, por supuesto, a la generación de la papaya... nuestra generación).

Al caso de Jaimito, el jilguero jinglero, le siguieron los de otros seres cuyos nombres desconozco; pero cuyos estribillos aún resuenan en mi cabeza...

"La Fina, la margarina/La preferida en la mesa y cocina/La fina, a todos nos gusta más/Con tostadas, galletas o con pan". Según un estudio del ICBF (Instituto Colombiano de Baladas Fofas), esta frase es la madre de todos los jingles. Más concreción, imposible: ofrece la información justa y necesaria, desde hace tres décadas, para que sus clientes potenciales sepan qué hacer con el producto. Sería bueno que los creativos contemporáneos siguieran su ejemplo y abandonaran, de una vez por todas, la vaguedad pseudopoética.

Otro clásico: "Un granito de café/ al espejo se miró/ ¡Yo quisiera ser muy grande¡/ Enseguida se quejó/Vin‘un‘ada muy bonita/ Y como premio lo convirtió/ En Café Águila Roja/ Alegría de sabor". Exégesis: un grano de café maníaco-depresivo amaneció con la serotonina baja; y, al mirarse en un espejo (tamaño grano‘e café), protestó. Entonces el hada madrina de las dicotiledóneas compensó su letanía... ¡convirtiéndolo en café molido!

Yo, de grano cafetero, me hubiera pedido ser pepa de aguacate, tomate chonto o plátano hartón, por lo menos. Si esta bruja hubiera atendido los deseos de un burrito, lo habría convertido en salchichón cervecero.

Pero la tapa del jingle irresponsable son las líneas de transporte terrestre (alias flotas)... "Expreso Bolivariano, lleva tu felicidad". Simple, concreto, efectivo... ¡pero yo quiero que me lleven a mí, no a mi felicidad!... ¿Qué va a hacer mi felicidad, viajando Bogotá-Rioacha en un coche-cama con aire acondicionado, baño de mentiritas y función de medianoche de "Me pido la ventana" en DVD pirata?

"Flota La Macarena, mucho más de lo que usted se imagina". No sabe esta flota lo que se fermenta en mi cerebro. Yo me imagino, por ejemplo: dos elefantes cuadriculados de diecisiete testículos, con ínfulas de unicornio, jugando bim-bam-bola con el gato nadador, bajo un mar de mercurio, cantando La Marsellesa en greco-eslovaco al revés. No subestimes mi imaginación, Flota La Macarena. Dale alegría a tu cuerpo.

Insisto, hay que volver a las raíces del jingle, por allá en los años sesenta, cuando la elementalidad sin arandelas era la reina.

¿Qué fue de aquel clásico himno de Almacenes De Todo?... "Almacenes De Todo/ tienen de todo/ En la calle 12 con carrera 13... ¡Esquina!..." Ejemplo inimitable de haiku massmediático, apenas igualado por el eslogan (sin musiquita) de relojes Orient: "Cómprese un Orient..." ¿Para qué más carreta?

Señores publicistas: no nos metan los dedos a la boca, ni la boca en las orejas. Nosotros compramos lo que nos da la gana, sin pararles bolas a sus creaciones musicales... ¡Colombiana es así!

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