Para lograr una obra notable, se pierden miles y miles de rollos de película que mereció haber continuado virgen, de lienzos que hubieran hecho mejor papel envolviendo muertos, de bosques enteros empastados en hojas de bodrios líricos. Despilfarro por parte de autores que, con la mejor intención y el apoyo de ingenuos crédulos, pretenden cambiar el mundo con sus propuestas estéticas. Como estamos en un país libre, según se dice, nadie puede detener a los intrépidos alpinistas ni apagarles sus entusiasmos. Son pocos los salvadores que alcanzan la corona, así sea de espinas. Por cada redentor que alcanza el Calvario, muchos son los que quedan por el camino.

Esta ecuación no se limita al campo de las artes, hay que aclararlo, sino a todas las actividades humanas, susceptibles de error porque la sabiduría popular —y perdón por el dislate— se apropia de la sentencia de Séneca el joven de que errar es humano, si no me equivoco. Pero persistir en el error es diabólico. Y aquí entramos en nuestro cuento.


Me han enviado para que le eche un vistazo a la película Karmma, el peso de tus actos, considerada una de las peores películas colombianas de todos los tiempos —según la revista SoHo—, lo cual ya significa una distinción. Que recae ante todo en el hombre orquesta, en Orlando Pardo, director y productor. A quienes critican el guion, se les contrarresta con el argumento de que fue una situación de la vida real que se vivió en los Llanos Orientales y que ha quedado como leyenda, inmortalizada en canciones y contada de boca en boca. Y que los guiones que escribe la realidad no los puede vetar ningún criticastro. Lo que no es cierto, porque algo va de Los hechos de los apóstoles a El cartel de los sapos, pongamos por caso, ambos testimonios. Aunque a esta última aproximación a los hechos se le da más credibilidad y pantalla.

Como orientalista estudioso, sobre todo a mi regreso de Nueva Delhi, no encuentro el porqué se escribe la palabra Karmma con esa fastidiosa doble m con que no figura en ninguno de mis libros sagrados, referente al principio de que “la suma de las acciones de una persona merece recompensa o castigo, acumulándose de una vida para la siguiente, cuando el destino será mejor o peor”. Imagino fue un cabezazo anticipativo, que para que no se confundiera en el futuro con la película Karma, de Robert Curran, que protagonizarían Milla Jovovich y Robert de Niro.


El episodio vivido y convertido en guion (con las licencias propias, supongo) tiene algo de tragedia griega o por lo menos brechtiana, pero por obra y desgracia de la dirección y desteñida actuación termina en una colombianada pueril, a partir de los gags —que dan ganas de llorar a carcajadas— de los primeros minutos, cuando un personaje que es lanzado desde un puente a un río disuelve a un plato que cae y se quiebra contra el piso en la fiesta de cumpleaños del hacendado, y el momento en que el matón, en el mismo puente, después de coser a su víctima a balazos, levanta un puñal para rematarlo, y la intrépida disolvencia nos lleva a un cuchillo que cae a rebanar un trozo de asado en la misma fiesta. Uno diría que al director le falló el guionista, pero resulta que son la misma persona, a cual más peor.

La película tiene un narrador que es un filósofo con pretensiones de capataz, que se despacha de arranque con una frase de engolada ultratumba: “Cuando nacemos estamos destinados a morir... es el peso de tus actos... es tu karma”. Y que siga la fiesta. En ella están todos los personajes celebrando al viejo, su moralista esposa, la joyita del hijo, la hija problema y marihuanera, el que será socio del hijo en lo de los secuestros, el cura, el capataz Guaco. Rollo más adelante, el hijo de papá, señalador de prospectos para plagiar por la delincuencia común y vender a la guerrilla, descubre que han secuestrado a su propio padre por culpa suya, debido a una confusión. Esto sucede en los míticos Llanos Orientales, para sacarle partido al paisaje, aunque para un secuestrado, en semejante situación, no debe haber belleza que valga.


Con el secuestro, comienza la pesadilla de los Valbuena. Las jornadas por el monte no dan visos creíbles, como el viejo dando generosas propinas a los campesinos que les cocinan a la guerrilla y a él. El viejo logra escapárseles a sus amodorrados captores y es encontrado por el ejército, pero él, tal vez víctima de una modalidad del síndrome de Estocolmo, decide escapar a su vez de estos y volver en busca de sus captores, entre quienes su intrépido hijo logra encontrarlo y rescatarlo y traerlo de vuelta tras una serie de peripecias dignas de Jim de los monos o Tarzán de la selva. Al regresar a casa, con la decisión de irse de ella, encuentra el viejo a su honesta esposa saliendo del baño después de tirar con su secuestrador, antiguo aliado de su hijo, quien la continúa acariciando con palabras profundas.

El filósofo Guaco, capataz de todo, cierra la película mientras arrastra un costal para echar al río, con otra de sus frases, en este caso valga el término ‘de cajón’, que de tan patética termina resultando ridícula: “Mi patrón siempre me dijo que en razones de conflicto, es mejor pararse en la esquina del importaculismo. Y que pasó cuando a él la guerra se le metió por la puerta trasera de la casa (?), en las sábanas y se lo destruyó todo. Ahí fue cuando le hirvió la sangre y se le olvidó quién es, porque hasta me ordenó matar y comer del muerto. Yo por lealtad lo hice... Ahora no soy solo yo, ni ellos. Ahora hasta el río lleva su propio Karma”. Pero ni que fuera el Ganges.

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