La clásica abuela colombiana suele llamarse Marina o Fanny, y cuando era joven su nombre estuvo precedido de la palabra tía, sobre todo durante los paseos, cuando los sobrinos querían mostrarle sus peripecias frente a la piscina: tía Marina, mire cómo me clavo; tía Fanny, vea cómo salto.
Eran las épocas en que era joven y se vestía con sudaderas, generalmente de toallita, para ir a comprar leche en bolsa a la tienda del barrio y de paso sacar a pasear al french poodle. Después creció y se volvió vanidosa, aunque su sentido de vanidad fuera completamente contradictorio: no tenía problema en ir a misa y al centro comercial en marrones. ¿Para qué son los marrones? ¿No son, acaso, para ir a la misa y al centro comercial bien peinada? Pareciera que no: que fueran para poder dormir con el pelo perfecto.
La vida la fue apaciguando, sin embargo, y ahora, inmovilizada por la torre de años que le cayó encima, la abuela adquirió otras características. Es irremediablemente gorda, tiene los muslos reventados de várices y las bolsas de los párpados cada vez le pesan más. Vive en un estado de semimuerte permanente; no habla, no opina, no interrumpe: simplemente está. Apenas ocupa un espacio. Porque la abuela colombiana no tiene una manera concreta de ser, sino un modo justo de estar: de sentarse, con las plastas de los muslos derramadas y un trozo de enagua que inexorablemente se le alcanza a ver. De enagua beige. Siempre beige, color que dice con una lectura literal de la palabra, sin ningún tipo de pronunciación.
Pero la abuela es más abuela que nunca en el paseo, sobre todo si es en tierra caliente. Camuflada entre las bolsas de mercado, impávida ante los jadeos del perro y las peleas de los nietos, es fácil de reconocer porque siempre va en la parte de atrás del carro. Lee letreros que todos ven, si hace calor comenta que hace calor, dice que tiene hambre cuando todos tienen hambre. Nunca habla nada importante. De vez en cuando asiente, aunque no haya oído la frase ni entendido el chiste. Tiende a hincharse. Come, digiere y se hincha, sobre todo en los tobillos. Los pies se le ponen morados. Le aparece un rocío de sudor en el bigote. Se descompone súbitamente. Y entonces se vuelve más cadáver que nunca, porque no se queja, porque no grita, porque yace sentada y recibe las cáscaras de las mandarinas que pelan los nietos sin poner problema.
La abuela colombiana, en lugar de dormirse, se queda dormida. Nunca tiene la voluntad de dormir, sino que se va desdoblando en un grotesco episodio de goteo de babas y cuello desgonzado, del que se despierta súbitamente mascando sus propios labios, en un gesto idéntico al que hace cuando prueba una sopa o ingiere sabajón, en silencio y casi a escondidas, durante las fiestas navideñas.
Ahora bien: la gran debilidad de la abuela, su gran talón de Aquiles, es la salud. Sus posibilidades de enfermarse son directamente proporcionales al lugar o al momento en que pueda hacerlo: mientras más alejada de la civilización quede la finca, más posibilidades hay de que se le prenda una infección en un ojo; mientras más agradable se esté poniendo el paseo, más chance existe de que se le rompa un hueso. No se sabe por qué, pero suele ser la cabeza del fémur.
Existe para atraer el peligro. En efecto, cada vez que hay un partido de fútbol, un juego brusco o una cáscara invisible, la abuela estará allí para recibir un pelotazo, terminar arrasada por algún nieto o caerse escaleras abajo. Los golpes siempre son duros, pero nunca definitivos, y por eso la abuela no muere jamás: solamente interrumpe los buenos momentos familiares y hay que internarla en la clínica, cuando las vacaciones que tanto se han soñado están a punto de suceder. Ese es el peor gesto que tiene ante la familia: esa longevidad perezosa y egoísta con que se va resistiendo en el tiempo; esa manera terca de no morirse del todo; ese rasgo involuntario de impedir que la familia circule con tranquilidad, como le pasa a su sangre en los espesos nudos de sus venas.

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