Es inevitable, todo hombre se termina pareciendo a su padre y todos en el fondo lo sabemos. Es como tener un ‘alien‘ gestándose dentro de uno por muchos años hasta que llega el día en que ya no aguanta más. Sin embargo, este monstruo no sale de una como en la película, destrozando el esternón al frente de un atónito grupo de científicos a bordo de una nave, en la mitad del espacio donde nadie oirá tus gritos. No, este monstruo durmiente va saliendo poco a poco, con calma y lentitud maquiavélica para no ser detectado con el claro propósito de quedarse para siempre y a recordarle a su cuerpo ‘huésped‘ su inevitabilidad genética.

Uno durante la adolescencia niega rotundamente parecerse a ellos. Hasta llega a tener la remota esperanza de ser adoptado. ¿Yo cómo puedo ser hijo de alguien que para a tomar avena helada en El Espinal y que saca la cola hacia atrás para evitar la posible gota en el pantalón? ¿Cómo puedo tener los genes de un señor que con camisa de cuadros, manga corta y barriga protuberante cuenta vacas en un potrero y se queda mirándolas como si fueran los seres más hermosos del mundo? ¿Y cómo puedo venir de un ser al que le salen matorrales de pelos en la nariz y que se los arranca uno a uno en los semáforos haciendo que su ojo lagrimee cada vez que un deformado pelo quede entre su pulgar y su dedo índice?

Pero sí, hoy en día no tengo duda alguna, no solo porque heredé su nariz, su lampiño pecho y su encorvada forma de caminar, sino también por las formas de comportarme en la vida cotidiana. De los primeros síntomas nos damos cuenta, por ejemplo, cuando uno entra a la casa y ve todas las luces prendidas y uno no puede evitar gritar: "¿Quién está dejando las luces prendidas

… ¿Qué les cuesta apagarlas

, miren lo fácil que es, vengan… sí, todos. Miren, así se apaga una luz. ¿Fácil no? Pues háganlo porque yo no voy a estar detrás de ustedes toda la vida apagando luces".

Hoy en día, como mi papá, leo en el baño, les pego a las páginas del periódico con la mano para alinearlas con las otras, produzco un pequeño gemido cuando me agacho a recoger algo, no me meto en una piscina para jugar sino para refrescarme y no duro más de cinco minutos adentro, me quedo dormido viendo la película del sábado por la tarde con el cinturón suelto y una mano metida hasta los nudillos en el pantalón, y hasta me he sorprendido a mí mismo oyendo Melodía Estéreo en el carro tarareando sha-la-la-la uuuuo, o, o..

Tenemos que aceptar que tarde o temprano nos empezamos a volver nuestros papás y eso está bien. Sin embargo, hay ciertas cosas a las que les tengo más miedo que a otras, como el día en que tenga que subirme los pantalones más arriba del ombligo. Y va a ocurrir. Es inevitable porque uno va engordando con los años, y no porque pare de hacer ejercicio sino porque uno se convierte en la caneca de sobrados que lo que los hijos no se comen. "Papi, ya me comí el pollo, ¿puedo dejar las papas?". "Claaaaro, deja el arroz también, yo haré el esfuerzo familiar de comerme todas las harinas que ustedes no quieran porque en esta casa no se desperdicia nada, hay muchos niños con hambre en el mundo... y si quieren dejar el arequipe también estoy dispuesto al sacrificio".

Entonces a uno le empieza a salir su barriga y ésta, a partir de cierta edad, sobra explicar que ya no baja ni con catorce horas diarias de spinning. Si alguien tiene dudas del momento en que se debe subir los pantalones para esconder barriga, la solución es muy sencilla: cuando salga de la ducha completamente empeloto, párese lo más recto posible, relaje los hombros y evite en su totalidad el esfuerzo de meter barriga, mire hacia abajo y busque a su mejor ‘amigo‘. Si a simple vista no lo encuentra es hora de empezar a pensar en subirse los pantalones. Lo más peligroso es que cuando esto ocurre, ya no hay vuelta atrás porque la solución ya se convirtió en enfermedad y cuanto más come uno y más se le agranda la barriga, más se sube los pantalones. El problema grave es que uno no se da cuenta de que mientras más crece la barriga más crecen las tetillas que, a su vez, con la edad, van perdiendo tonificación y se terminan pareciendo a las de las aborígenes que uno ve en cualquier documental sobre África. Entonces el pantalón sube y la tetilla baja hasta que se encuentran en la mitad y ahí sí es grave porque no queda más remedio que la liposucción o usar brasier.

Todos vamos para el mismo lugar. Todos nos vamos a terminar pareciendo a nuestros papás. Es inevitable... Feliz día, papá, gracias por todo.

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