El pasado 23 de septiembre, el ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, dijo en televisión que la única víctima del Ejército durante la Operación Sodoma, en la que se dio de baja al Mono Jojoy, fue "Sasha, una perrita antiexplosivos". Meses atrás Rafael Poveda, el único periodista peor que Manuel Teodoro, nos había presentado en Testigo directo a Desertor, el perro que después de una toma guerrillera en San Jacinto (Bolívar) se desmovilizó de la guerrilla, se sumó a la Policía y ladra como un demente cuando le apuntan con un fusil.

Imagínelos por un momento como una serie de televisión de RCN o una crónica de Pirry: ‘Sasha‘, la perra antiexplosivos o ‘Desertor‘, el perro desmovilizado. Imagine el eslogan: "Los héroes en Colombia sí existen, y muchos son perros".

Imagínelo, y solo con eso —y aun pese a Pirry y RCN— basta para pensar en algo más divertido que Comisario Rex, el pastor alemán que les ha metido las garras en la boca a televidentes de todo el mundo resolviendo casos más ingenuos que los de Scooby Doo, que es un dibujo animado para niños de cinco años.

La serie, que desde su nombre ofrece la absurda premisa de un perro comisario, es parte de la programación de canales de segundo orden como Citytv, en el que comparte cartel con programas de la calidad de uno en el que Xiomy da consejos para cuidar bebés y la adaptación de Gustavo Bolívar de Cuando quiero llorar no lloro, por la que los Victorinos deben estar revolcándose en sus respectivos olvidos.

Comisario Rex es el producto más emblemático de la industria del entretenimiento austríaca después de Arnold Schwarzenegger. Nació en 1994 y mostró su potencial desde el primer episodio, en el que el animal está tan abatido por la muerte de su entrenador a manos de un terrorista que la Policía canina está a punto de sacrificarlo. Cuando se entera de ello, un comisario del Departamento de Homicidios lo busca, pero el can se ha fugado para derramar su tristeza ante la tumba de su amo. Es allí donde, en una conmovedora escena, el policía lo convence de irse con él, y el testarudo animal pasa a integrar su equipo de trabajo, salvarle la vida en nueve de cada diez capítulos, robarle la comida al infaltable policía tonto y enfrentar tiernamente —lo que, según sus admiradores, lo diferencia de las series policíacas gringas— temas tan gringos como los asesinatos pasionales, crímenes corporativos y traficantes de drogas. Todo lo mismo que habíamos visto en las series gringas, pero en la aburrida Viena.

Por lo demás, Rex es traviesísimo: escoge sus juguetes en la tienda de mascotas contra la voluntad de su amo y tiene la costumbre de interrumpir sus escenas de sexo. En las primeras temporadas aparecía de vez en cuando alguna desnudez excesiva —otra diferencia fundamental con las series gringas y seguramente la razón por la que la compró The Film Zone, ese canal que engaña a los pajeros noctámbulos con piezas de soft porn como Emmanuelle en el espacio o Emmanuelle en la Vía láctea (dos películas completamente distintas). Con eso, a la serie le alcanzó para 12 temporadas, en las que lo fundamental fue una nueva pérdida para el sensible animal durante la cuarta y el traslado a Roma con un amo mucho menos promiscuo en las dos últimas.

Y en la vida real la historia también es así de boba y absurda. Entrenados por Teresa Ann Miller —que adiestró a animales tan insoportables como Beethoven, el perro que recibió su nombre porque, siendo un cachorro, tocó en un piano de cola el inicio de la Novena Sinfonía—, los intérpretes de Rex son Santo vom Haus Zieglmayer y su hijo, Rhett Butler, un perro más excéntrico que el propio Clark Gable en sus buenos años: tiene cinco asistentes y cuatro dobles para las escenas más arriesgadas —saltar sobre la espalda de un matón, correr unos metros— y viaja en un jet privado y un barco con una cinta mecánica, un recorrido de tubos y saltos y una enorme cama. Un perro que lleva una vida mejor que la de Desertor, Rafael Poveda, Pirry y Rodrigo Rivera juntos. Y que sale más en televisión que todos ellos.

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