Por si no lo sabían, Lassie no existe. Mejor dicho, vive, pero de mentiras. Mejor dicho: es un personaje que nació como una perra ficticia y textual en la mente anglo-sajona de Eric Knight, por allá en 1938, antecitos de la tal Guerra Mundial.

Información para las nuevas generaciones: Lassie es una pastora "collie" toda fifí que salva personas de incendios forestales, desarma cuatreros del oeste y pelea a mordiscos contra lobos, osos y culebras, con sus colmillos bien lavaditos, y cosas por el estilo... y cuando ladra, todos le entienden. Mejor dicho... ¡no le falta sino hablar!

En 1943, el libro se convirtió en película, Lassie Come Home (¡Lassie, venga pa‘cá!); y la perrita imaginaria se volvió de carne, hueso y pelos, al lado de la mismísima Elizabeth Taylor sardina. En 1949, le sacaron show radial (a Lassie)... ¡Gringos locos!

Finalmente, en 1954, un productor visionario, ancestro de Germán García & García, le inventa un programa de TV llamado, cómo no, Lassie. Desde entonces, nueve generaciones más de Lassies han interpretado a este bicho que ha sido can-didato a premios Emmy, que está en proceso de can-onización... y hasta baila el can-can como un tu-cán. Tan importante es para el imaginario de los norteamericanos, que se ganó una estrella en el famoso paseo de la fama hollywoodense... y un talego de Nutrecán.

Pero imagina, teleaudiencia colombiana que fuiste testigo ocular durante los años sesenta y setenta de esta serie norteamericana doblada al español (excepto la voz de la perra esa); imagina, por un ratico, que Lassie fuera colombiana.

Para comenzar, no se llamaría Lassie, sino Cuqui... o, en el peor de los casos, Pinina. Para continuar, su raza no sería pastor collie, sino pastor, a secas. Para terminar, sería la valiente guardiana de un montallantas o un parqueadero clandestino, y cada vez que ladrara escandalosamente, su dueño diría "creo que Cuqui trata de decirnos algo, ¿qué pasa, chandosita?".

Para rematar, compartiría el Corredor de la Infamia con mascotas celebérrimas como Pastora, la lora del Chinche; Pipo, el cerdo de Eutimio, y, muy probablemente, ya habría sido cruzada con Vetiver, el perro de la familia Vargas... A propósito, ¿la familia Franco tiene perro?

Si Lassie, la perra, fuera colombiana, viviría parchada en la terraza de una casa del barrio San Fernando (proyecto abortado de un segundo nivel que nunca fue), rodeada de materas, traperos, escobas y bultos de cemento; ladrándoles a los parroquianos y a los perros canequeros. Perseguiría, trotandito, a los taxis y camiones, a las motos y triciclos del vecindario, solo por joder (¿qué diablos pretenden los perros barriales cada vez que hacen esa fanfarronada? ¿Ahuyentar vehículos del territorio de sus amos? ¿Competir contra la máquina? ¿Aspirar monóxido de carbono? ¿Comer llanta).

Si Lassie fuera de estas tierras, ya la habría montado un gozque ganoso y ninguna cría de la décima generación de collies habría pasado el casting para la película Como a los perros en misa, producida por Dago García y dirigida por Harold Trompetero, "of cors".

En esta tierra paradójica, Lassie no llegaría ni a los diez años reglamentarios de todo perro terrícola: andaría, día y noche, husmeando minas antipersona, huyéndoles a matarifes que la convertirían, por arte de mafia, en un rico "salchi-collie".

Lassie, perris, no vivas por aquí. Lassie... ¡Chite!

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