Mientras fui padre, nunca pude entender por dónde les entraba el gas a los niños. El gas fue el gran drama de mi paternidad. Un misterio. Yo observaba cuidadosamente al niño para ver si algún malvado le metía una válvula, de esas que usábamos en los años cincuenta para inflar los viejos balones de fútbol hechos totalmente de cuero. Y nada. Aunque nadie se arrimaba, terminaba inflado como pelota de básquetbol y llorando como un endemoniado.

Entonces venía el calvario. Había que cargar al bebé, y colocar su cabecita por encima del hombro. Y caminar, caminar, caminar, más o menos con el mismo empeño con el que Uribe habla de trabajar, trabajar, trabajar. Algo tan inhumano, que tiene a los ministros desvariando. ‘Uribito‘ se siente vicepresidente con los votos de Carimagua y Diego Palacio asegura que el seguro social es candidato al Príncipe de Asturias a la excelencia empresarial. Claro que en este caso, el síndrome de Yidis parece que ha contribuido a su evidente perturbación. En la versión que tiene preparada para la Fiscalía va a asegurar que no da regalos nunca: ni a los gamines en la calle, ni a sus primos en Navidad. Y qué decir de José Obdulio, quien anda recorriendo la rosa de los vientos con los veinte tomos del pensamiento político de su jefe. Arriesga a dejar al prolífico Otto Morales como un infante disléxico. En medio de esas caminatas interminables, contando eructos como contar ovejas en una noche de insomnio, pensé en hacerle una traqueotomía. Si el gas era el causante de la pataleta, había que desinflarlo a como diera lugar. Mi mujer no me dejó, y ahora le agradezco. Nos ahorramos el cirujano estético.

Solo al alcanzar la categoría de abuelo, que equivale más o menos al almirantazgo en la carrera del mar, logré entender que el gas ingresa con la succión de la leche, sin que importe el envase. Sea el empaque natural, o los teteros de diversos colores y dibujos, en todos los casos la red hidráulica del niño queda a punto de reventar. Me pareció algo tan maravilloso que inmediatamente llamé a mi hija, madre de mi cuarto nieto, para hacerla partícipe de un hallazgo que consideré a la altura del manzanazo de Newton.

—Por favor, papi —me dijo con cierto tono de conmiseración—. Eso era en tu tiempo. Ahora tenemos los chupos de Mr. Brown que impiden la entrada del aire.

Quedé perplejo. En ese momento el chico lloró.

—¿Entonces, ahora qué ocurre? —le pregunté a mi hija.

—Pues no se sabe, papi. Hay un último estudio de la Universidad de Newcastle sobre la causa del llanto de los bebés. La conclusión es holística. Son muchas las causas. Es una forma de comunicación. Otros, como Hector Hely, simplemente gritan.

En ese momento comprendí el grado lamentable de involución de la especie humana. Antes (todo tiempo pasado fue mejor), los niños lloraban porque tenían gases. Ahora no se sabe por qué. Antes, todos los crímenes los cometía Pablo Escobar. Ahora ya uno no distingue la variedad zoológica de los mafiosos: desde el ‘Loro‘, que fue el primero en hablar en la ley de Justicia y Paz (¡vivir para ver!), pasando por el asqueroso ‘Alacrán‘, hasta llegar a ‘Macaco‘, detestable usurpador del nombre del noble animalito que descubrió el factor RH, algo que ha salvado la vida de millones de pacientes de transfusión. Por último, antes la política era clara. Bastaba con estar contra los comunistas. Ahora que aparentemente se acabaron, la cosa se ha vuelto compleja y hasta Petro se ubica en el centro, según versión de El Espectador.

Del gas se derivan las demás ventajas de ser abuelo: que es mejor consentir que corregir; que si derrama el Milo en el sofá blanco de la tía, no hay que regañarlo y basta con sonreír y decir candorosamente: tan inquieto como el papá; que no hay que estar siete horas en la piscina, vuelto un camarón, porque alguien debe cuidar al niño; que uno se puede quedar callado cuando pregunta por qué los aviones vuelan. En fin, el asunto no es con uno. El papel asignado al abuelo corresponde al de los reyes malditos: la total irresponsabilidad.

Y volviendo al gas. Cuando uno descubre que hay otro pequeño orificio por donde el niño también se desinfla, a veces en compañía de algún material oloroso, como sucede con los pozos petroleros donde el gas viene acompañado de una sustancia negra, gelatinosa y maloliente, entonces sí que es bueno ser abuelo. Basta alzar la voz y decir:
—Hija, rápido, hay que cambiarle el pañal a tu bebé.

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