“Soy un hombre serio e interesante, que busca conocer una mujer entre los 25 y los 35 años para tener una relación estable o incluso una amistad, Jorge Gómez”. Este es el aviso clasificado que sale en el periódico, y el primer fin de semana me encuentro en mi celular con 15 llamadas perdidas. Empiezo a responderlas una por una. En los tres primeros números no me contestan. En el cuarto, me contesta una mujer joven y cuando le digo que soy Jorge, el del aviso, responde: “Ay, qué pena, yo solo llamé por molestar”. En el quinto, me contesta Beatriz. “Hola, ¿qué haces?”, le pregunto. “Nada, preparando un sancocho para el almuerzo del Día del Padre”. Me cuenta que ha vuelto a vivir con sus papás luego de haberse independizado y no se siente muy cómoda volviendo a ser hija de familia. Es ingeniera industrial, trabaja en una empresa cerca a la avenida Ciudad de Cali. También me da información sentimental básica: “Tengo 33 años larguitos, soy soltera”. Siento que me está diciendo sin decirlo: “¿Qué más quieres saber? Soy un libro abierto”. Parece querer una relación seria y tal vez tiene la filosofía de que mientras más se aclaren las cosas menos problemas habrá. “Mis papás me dicen que siempre estoy buscando el peor escenario posible y que por eso estudié Ingeniería Industrial”. No sé si buscar hombres por avisos clasificados tiene que ver con lo de “buscar el peor escenario posible”. Pero tomo nota: me está dando un dato importante de su personalidad. ¿Será muy complicada Beatriz? Tira datos pero no es muy curiosa. O es muy discreta: lo único que quiere saber de mí es cuántos años tengo. “47, corticos”. Lo pienso pero solo le digo: “47”. Siento que Beatriz no me da espacio para hacer chistes. Bueno, a lo que vinimos: “Quisiera conocerte”, le digo. “Está bien”. “¿Te parece mañana lunes a las 5:30 de la tarde en Gran Estación, cerca a tu trabajo?”. “Sí, llámame mañana, después de las 10:00, tengo una cita médica”.

La llamo a la 10:00 y no me contesta. Me manda un mensaje: “Hola, estoy aún en consulta”. Al rato encuentro una llamada perdida suya y la llamo. No responde. Me envía un mensaje: “Vale, jugando al gato y al ratón, estoy en la oficina porque estoy en auditorías y no puedo contestar mi teléfono. ¿Te parece si mejor cuadramos ya que mi jefe me dijo que salimos tarde y no quiero quedarte mal?”. Finalmente hablamos. Que de pronto mañana martes puede que la llame. La llamo y no contesta pero me envía un mensaje: “Deja te llamo ahora a la una y hablamos bien, te mando un abracito”. Así se va la semana. Beatriz parece tener muchas ganas de verme y de no verme. Llamo a los otros números. Solo me contesta Patricia. Tiene 26 años, está desempleada, pero no le preocupa porque así puede cuidar a su mamá, que está enferma. Me quiere conocer, es muy dulce. Quedamos de vernos al otro día en el Oma del Centro Internacional a las 3:00 de la tarde. La llamo en la mañana para confirmar y no me contesta, pero me envía un mensaje de texto: “Disculpa, estaba con el médico de mi mamá, llegó enferma y me tocó ir de urgencia a la 127, cuando salga te marco”. La aplazamos para el miércoles. Luego para el jueves. Entre su amor y mi amor se interpone su mamá. Le digo en broma que deje dormida a su mamá y nos veamos. Me cuelga.

Recibo un mensaje de texto de uno de los números a los que había marcado: “Hola, perdón por no responder tu llamada. Estaba un poco ocupada y no te puedo hablar xke no tengo mucho saldo, si kiere lo llamo el sábado, yo trabajo soy costeña y tengo 4 meses de estar aki en bogota y me gustaría platicar con usted? Chao jorge cuidate!”. La llamo. Se llama Sandra, es empleada doméstica, solo tiene salida los sábados. Le digo que este sábado no puedo (¡es el partido Colombia-Uruguay!), que hablamos después. Recibo el siguiente mensaje: “Hola jorge como estas tal parece que te avergonzaste de mi! Pero lo ke vale son los sentimientos okey”.

Recibo otro mensaje de texto: “Hola, soy Camila, miré el anuncio en el periódico me gustaría conocerlo, cuántos años tienes”. “Hola tengo 47. ¿Y tú?”. “25, dónde vives. “Por la 77 con 11. ¿Y tú?”. “Cerk de subazar y q mas eres soltero?”. “Separado. ¿A qué te dedicas? Me gustaría conocerte”. “Enserio… a mi también jajaja y cuando puedes?”. “¿Puedes hoy a las 3:00 en el parque de la 93? Te llamo ahora para cuadrar”. “Me llamas a las 11 am vale y a las 3 no puedo porque tengo que asistir a una reunión mas tarde ok”. “Vale”. “Hola, ¿podrías el martes en la tarde?”. “Si el martes vas a subazar a que horas puedes”. “A las 3:00”. “¿Me confirmas y si nos vemos mañana?”. No me confirma ni me vuelve a contestar llamadas ni mensajes. A los ocho días encuentro una llamada perdida suya. Le mando un mensaje: “Hola, reapareciste”. “Jaja yo siempre estoy aquí pero como usted se olvidó de mi que se va hacer noo”.

Contesto una llamada. Es Jacqueline. Me pregunta edad y estado civil. Ella trabaja en un hospital psiquiátrico. Claro que me gustaría conocerla. Vive cerca al centro comercial Santafé y me dice que solo nos podemos ver allá. Parece dispuesta a verme y, salvo esa objeción, no pone ningún problema. Quedamos de encontrarnos mañana martes a las 11:00 de la mañana. Me envía el siguiente mensaje de texto: “Qué pena contigo pero no puedo ir. Veámonos mañana que salga de la clínica”. “¿Y hoy por la tarde?”. “¿A qué hora puedes?”. “A las 2: 30”. “Porque es que entro a trabajar a las 7. Trabajo en la 134. Es que no me siento bien de salud. Pero me toca ir a trabajar. Salgo a las 5:00 para alla”. “¿Y mañana a qué hora sales?”. “Salgo a las 8”. “¿Y mañana sí vas a estar bien? ¿Qué tienes?”. “Mareo y cefalea por eso no pude ir a trabajar. Mañana tengo que salir para mi casa esté bien o esté mal”. “Que te mejores”. “Gracias y discúlpame”. A los cinco días me manda un mensaje de texto: “Hola, espero que estés bien. Cuidate bendiciones”.

La voz de Claudia es la de una mujer madura e interesante. O, mejor, “seria e interesante”, para no desentonar con el aviso. No vacila, sabe lo que quiere, es clara y directa. Trabaja en la calle 61 con novena. Quedamos de vernos al otro día en el Juan Valdez de la 60, arriba de la séptima. Llego antes de la hora y, no sé por qué, muy ilusionado. Estoy nervioso. La llamo al celular: “¿Ya vienes en camino?”. “Sí, ya salí de la oficina”. “¿Cómo estás vestida?”. “Con un sastre azul”. Así me la imaginaba. Me pongo más nervioso. Son las 6:10 y todavía no ha llegado. Raro, si trabaja cerca, no tiene problemas de trancón. A las 6:15 ya no aguanto y la llamo. No me contesta. Le envío un mensaje: tampoco. A las 6:45 ya es un hecho: Claudia me mamó gallo. Me dejó metido. Claudia cabrona. ¿Será esa mujer que está sentada en la barra, sola? “Mal hecho. No juegues con el tiempo de la gente”, le digo en un despechado mensaje de texto.

Me llama Ángela María. De una voy al grano, ya estoy cansado de tantas citas incumplidas y tanto celular y mensajes de texto: “Soy Jorge, me gustaría conocerte”. Quedamos el jueves a las 4:00 de la tarde en el centro comercial Portal 80, frente a Olímpica. Ahí llega Ángela María, muy cumplida. Mi primera cita, ¡al fin! La saludo de beso. Tiene los ojos claros, el pelo castaño. Está bien vestida, no es muy alta y tampoco delgada, pero los tacones altos y la ropa la hacen ver atractiva. Parece de 25 años. Vamos al tercer piso en busca de un Crepes & Waffles, pero ella no lo encuentra, vamos a un Oma, en el segundo piso, pero está lleno. Al lado hay un sitio, Postigo, que se ve más íntimo para conversar. Vamos allá. Es agradable pero la música —rock— es muy fuerte. Sin embargo, nos quedamos ahí. “¿Quieres una cerveza? ¿Un coctel?”. “No, estoy tomando antibióticos”. Pido un capuchino, ella, un jugo.

Ya de cerca, Ángela María no se ve tan joven. Me empieza a contar su vida. Nació en Aranzazu, Caldas. Es estilista, trabaja en una peluquería cercana, tiene un hijo de 15 años. “¿A los cuántos lo tuviste?” “A los 19”. (Entonces ¡tiene 34 años!). Acaba de salir de una relación de cuatro años con un hombre muy celoso. Se siente liberada. “¿El papá del niño?”. “No, con ese terminé hace mucho tiempo. Era de Bucaramanga. Allá viví un tiempo, pero es muy caliente, me gusta más acá, en Bogotá”. Su hijo todavía está en el colegio y no ve la hora de que termine para que trabaje y le ayude un poco. Vive con él y con una gata —Estrellita— que recogió en la calle. No le gustaban los animales, pero ahora adora esa gata. Y la hace sufrir: la dueña de la casa —donde arrienda una habitación— odia los animales y si la descubre la echa. “Ya la va a conocer”, me dice y me parece prometedor ese anuncio. Tiene un amigo que está obsesionado con ella, pero no le interesa como novio: “Es un fastidio”. “¿Y usted con quién vive?”. “Con mi hijo”. “¿Y en qué trabaja?”. “En consultorías. Soy economista”. Se queda pensando y dice: “Ah”.

Le gusta hablar a Ángela María. Me cuenta de su familia numerosa y de lo bien que se siente viviendo en Bogotá, lejos de todos. No es muy familiar. Parece contenta con su vida. “¿Por qué llamó?”. “Con una amiga nos gusta mirar los clasificados. Y si nos interesa, llama ella o llamo yo. Nos turnamos. Esta vez me tocó a mí. Es bueno conversar, ¿no?”. Por mi trabajo casi no tengo tiempo de conocer gente, nunca salgo a bailar o a tomar, soy muy juiciosa”. Mucho juicio, mucha corrección en esta primera cita. Por cierto, Angela María tiene unas tetas bonitas. O eso insinúa su escote: nunca se sabe con una estilista.

Ya son las 6:00 de la tarde, llevamos dos horas hablando, no ha estado mal. Le recuerdo que, según me había dicho al comienzo de la conversación, iba a ir a cine con su hijo. “Ah, ¿sí?”, me dice. No parecía tener mucho afán pero se siente aludida. ¿Dañé un momento mágico? ¿Algo más emocionante? Quién sabe. Salimos del centro comercial. La acompaño una cuadra caminando en dirección a su casa. Nos despedimos en la esquina con un tierno beso de amistad.

En el fin de semana recibo más llamadas. Empiezo a responderlas. Hay una de un teléfono fijo. Es Yolanda. “¿Cuántos años tienes?”. “45”, le digo, quitándome dos años, por si acaso. Yolanda suelta una severa carcajada. “¿Muchos?”. “No, mijo, un sardino, si supiera mi edad”. “¿Cuántos años tienes?”. “La gente, cuando me ve, no cree que tenga la edad que tengo”. “¿Como Amparo Grisales?”. “No se ría que la vida sana hace milagros. Es que yo soy masajista alternativa”. Yolanda me describe los masajes que hace, me habla del estrés de la ciudad, del trabajo y del que producen “las llamadas de los bancos”. Me habla de energías. “Yolanda, ¿tú estás buscando venderme un masaje o de verdad quieres un amigo?”. “Mire, yo soy muy clara, muy directa. Yo sé que todos los hombres que ponen esos avisos lo que están buscando es una moza. Pero yo sí quiero un amigo. Un amigo es algo muy importante. Ya casi no hay amigos”. “Yolanda, ¿cuántos años tienes?”. “60”. “¿Pero eres delgada?”. “¿Por qué mejor no se busca una modelo?”. Me cae bien Yolanda. Nos despedimos en buenos términos. Creo que voy a hacerme un masaje alternativo con ella. Y no es caro: cuesta $45.000.

Última llamada. Su nombre es Janeth. Nació en Bucaramanga, hace ocho años vive en Bogotá. Trabaja en un geriátrico en la 170 y vive en El Tunal. Nos podríamos ver a la salida del trabajo. “Tengo 26 años, ¿y usted?”. “47”. “Uuuuy”. “¿Es problema?”. “No, para nada, a mí la edad no me importa. Lo que busco es tener amigos. “¿Entonces me llama esta semana? ¿Seguro?”.

Treinta y dos llamadas, varias conversaciones, rechazos, un plantón, mucha reticencia, mucho tilín, pero pienso que si uno insiste e insiste, puede encontrar amigas, relaciones. Quién lo creyera, en tiempos de Facebook y de Twitter, todavía hay personas que buscan conocer a otros a través de los avisos clasificados.

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