A propósito de este especial y, ahora que lo pienso bien, no hay nada que realmente me irrite demasiado de los hombres. Bueno, aparte de su excesivo gusto por sentarse durante horas como champiñones en coma a ver un tonto partido de fútbol cuyo resultado generalmente es irrelevante para la clasificación al Mundial de nuestra selección y, por supuesto, para nosotras, o la forma como nos fulminan con una sola mirada cada vez que osamos darles indicaciones cuando están manejando, o las veces cuando le bajan el volumen a la radio para poder concentrarse en buscar mejor una dirección, como si vieran mejor por los oídos, o cuando dejan esos pelos espantosos enroscados en el jabón que nos formuló el dermatólogo para la cara la semana pasada, además carísimo, o la manera como dejan seco, inerme y sin aliento el tubo de pasta dental sin la tapa, preciso sobre la brocha con la que nos hemos de maquillar para salir en media hora a la oficina. O tener que compartir con ellos el baño y la manera "al descuido" y casual como dejan la tapa del sanitario abierta de par en par como si de verdad fuera una invitación abierta y provocativa para nosotras. Además salpicada por doquier como para marcar territorio. ¿Tal vez porque le dicen bizcocho es que lo dejan todo empegotado y melcochudo? Y me van a perdonar, pero yo no sé qué es lo que les echan a las bebidas de los caballeros pero, ¡qué amoniaco! Disculpen los señores que me estén leyendo, pero uno entra al baño de un hombre, peor aún si es público, con cuidado, empinadas, con el pantalón remangado y la bota Machita de caucho y, ¿cuál tinte, se nos cae hasta el pelo. Los baños de hombre, además, huelen a zoológico. A pocillo de loco. Y lo que no me queda claro es, si tienen un órgano supuestamente diseñado para tener puntería, ¿por qué no lo logran y dejan todo hecho un chiquero? Igual, no es de extrañar, si manguera grande o chiquita todas hacen el mismo reguero. En los baños públicos, un verdadero suplicio, un cadalso hacia el mismísimo infierno para una mujer que se respete; todas sabemos que, más aún en los de ellos, las funciones están alteradas: porque ellos orinan en el lavamanos y se lavan las manos en el orinal. Lo peor de todo es que sabiendo de antemano que es así y que la higiene en un baño público masculino es más bien nula, luego de que nos han ignorado durante toda la noche o el día, en el restaurante campestre, el estadio de fútbol o donde se dignaron a llevarnos engañadas ese fin de semana, ahí sí salen de su baño con una actitud sospechosamente conciliadora, romanticona, seductora, con las manos húmedas, ¡directo al pelo recién cepillado! Lo que sí es admirable de ellos, toca admitir, es su valentía, su determinación, el coraje que tienen cuando anuncian a voz en cuello que van a "su" baño. En cambio nosotras, tan acomplejadas como siempre, se lo decimos bajito a una amiga, entre otras para que nos acompañe porque jamás vamos al baño solas, para que nadie oiga y vaya a pensar que vamos al baño ¡pero a cagar! Como si todo el mundo estuviera pendiente, como si les importara un comino, como si fuera un pecado mortal. Sí, aparte de la cara de desconcierto que hacen cuando no queremos ni bajarnos los pantalones en la mitad de una carretera, como ellos, o hacerlo en el banco mientras ellos le piden un sobregiro al gerente, o detrás de un árbol o de una llanta, o dentro de la piscina, porque "eso es agua y nadie se va a dar cuenta… además, para eso es el cloro, ¿no?", y de la falta de consideración cuando piensan que somos realmente iguales (en parte por culpa de las feministas) y que, tal y como ellos, deberíamos dejar de ser tan complicadas y aprender de una vez por todas a orinar de pie como una garza y a cagar en cualquier parte como ellos. Pensándolo bien, a mí no me irrita nada de los hombres. De hecho, los amo.

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