El padre de mi madre llegó comunista y derrotado al Veracruz prehistórico de 1939, huido de un campo de concentración francés. Para mantener a su familia vendió enseres de cocina en abonos por pueblos que eran para sentarse a llorar. No hablaba inglés —ningún español ha hablado inglés nunca— y mucho menos alemán —la lengua del enemigo—, pero como hablaba francés un día una mano sagrada y suiza descendió sobre él y puso a su cargo la concesionaria de Phillips de la ciudad de Córdoba, emporio cafetalero y enclave industrial del centro del estado.

Gracias a la concesionaria, el abuelo dejó de cobrar abonos por pueblos horrendos, pero la familia seguía rentando un pedazo de una casa en la parte baja de la ciudad. Entonces llegó a Córdoba la radiola: un mueble de madera laqueada que incluía radio, tornamesa, bocinas y las gavetas para guardar los discos: la primera lanza del diseño compacto en Veracruz, que no es un Flandes. El nuevo aparato ofrecía, además, una superficie inmejorable para exhibir las figuritas de porcelana —airosas medallas de la aspiración épica a una medianía distinguida— porque, además de útil y vistosa, era la primera tecnología estatuaria: no tener una era no ser nadie.

El abuelo se compró un coche, alquiló una casa completa y más tarde compró una en la parte alta y fresca de la ciudad, con corredores, perro y jardín. En el corazón mismo de esa casa fue instalada una radiola con diseño supersónico que incluía, además del tocadiscos y la radio, una televisión. Fue en esa tele que vi morder la lona al Mantequilla Nápoles ante el embate de los puños de acero de Carlos Monzón. Ese es mi primer recuerdo y el momento en el que aprendí la única verdad inquebrantable que conozco: los mexicanos perdemos.

En el departamento de la ciudad de México en que crecí también teníamos una radiola, esta de alta fidelidad, que en aras de la emancipación de los valores tecnológicos ya había perdido su esencia aglutinadora: no tenía tele, porque las teles ya eran en colores y se vendían por separado. Troya ya había empezado a arder, pero no nos habíamos enterado.

Un día mi padre llegó a casa con lo que se llamaba "un componente" y que era en realidad un horrendo amasijo de botones y superficies plásticas y metálicas. Adiós a las puertas de madera laqueada: ahora los discos se acomodaban en un armatoste de alambre que atraía suficiente polvo para financiar una tormenta en el Sahara. Las cintas ya no volvieron a tener un lugar fijo y se perdían sus cajas. Las bocinas ocupaban el espacio en el que hubiéramos podido acomodar a un quinto hermano que ya nunca llegó.

Tal vez por haber nacido al final de los sesenta me siento irremediablemente el último de algo y padezco de una cordura tecnológica que a veces se abraza con lo ridículo. No les compré videojuegos a mis hijos hasta que no estuve seguro de que solo causaban ceguera, epilepsia y calambres estomacales en un porcentaje poco representativo de sus usuarios. Hago el café con lumbre. Me tardé años en poner cablevisión en casa y me sigo sintiendo estafado todos los fines de mes, porque lo que veo es el fútbol, que pasa en señal abierta. Nunca cambio de modelo de coche y no sé sacar fotos con mi celular. Si supiera sacarlas nunca aprendería a bajarlas a mi computadora —una máquina de escribir carísima— y lo de imprimirlas para en realidad poderlas ver es una hazaña fuera de mis posibilidades.

Hace unos meses, el ahora microcomponente de superalta fidelidad que compramos mi mujer y yo cuando nos mudamos a vivir juntos hace muchos años y dos hijos, terminó de ceder: nuestros discos sonaban como si el ojo láser se arrastrara por una calle empedrada. El domingo en que fuimos al mall a comprar uno nuevo hasta peiné a los niños.

Resultó que, como siempre, el mundo ya había cambiado: con lo que uno pagaría una cena en un lugar no tan caro bastaba para comprar un equipo enloquecidamente potente y fiel, pero sobre todo más chico que un libro de Alfaguara —las bocinas como la portada y la contraportada—. Salimos del centro comercial un poco asustados, con la cartera llena y una caja como de puros en la mano —el bebé pegajoso por el helado que nos comimos para matizar el asombro.

Lo instalamos con una sencillez asombrosa, sonó magníficamente, resultó que además era DVD, mp3ready y si se conectaba a la tele los partidos de fútbol se escuchaban como narrados por un cíclope. Cuando media hora después de haber abierto la caja de puros en que venía el nuevo equipo me alejé de la instalación recién hecha para verla a distancia, me di cuenta de que la inaudita cantidad de tecnología de entretenimiento que tiene una casa de clase media en la ciudad de México, a pesar de ser toda ultra micro mini, ha terminado por ocupar el espacio de tres radiolas encimadas —el lugar para el tercer hijo que ya nadie se anima a tener.

Mi televisión se ve mucho mejor que el mundo y suena como el Apocalipsis, pero ocupa media estancia; sobre ella, junto a ella, bajo ella, a sus lados, florecen el receptor de cablevisión, el Game Cube, el estéreo, la caja de clavijas para la conexión DSL y la laptop de uso familiar; todo en un mueble que tiene las dimensiones de un ropero y roza el techo. Tantos microestos y microlotros terminaron formando un cerro de cables y clavijas —mamotreto máximo— que se devoró sin que nos diéramos cuenta el departamento. Si viviéramos en una casa tendríamos, como tienen mis amigos abogados y dentistas, un cuarto para todo eso: como si la tele y el estéreo fueran un pariente que se mudó con nosotros, un huésped eléctrico.

¿Realmente necesitamos todo eso? El horno es de generación ultimísima; se apaga cuando excede cierta temperatura y bloquea el flujo de gas cuando el termostato anuncia que hay una caída de calor; muy seguro si uno tiene niños. Pero es tan mejor que uno mismo que no permite dudas. Si uno lo abre para ver cómo van esas galletas, supone que se apagó el fuego y corta el gas. Hay que volverlo a prender. Naturalmente, lo que uno esté cocinando se desinfla. Y se pone peor. Si me equivoco tres veces seguidas el problema ya es irreversible: el horno piensa que soy mis hijos —los odia— y se bloquea hasta el día siguiente.

Tenemos un despertador/radio/tocadiscos que es tan sofisticado que seguimos sin entender del todo cómo funciona —no guardamos las instrucciones; ¿quién lo haría para el despertador? Tiene, además de la chicharra común, alarmas de cursi prosapia new age que suenan como el bosque, el mar, o una campana distante; registros de una vida que sin duda podría ser más armónica. Sin embargo, un botón mal apretado conduce a la catástrofe: un oleaje nunca ha levantado a nadie de ninguna cama. Se jodió la escuela.

Tenemos tres macs en funciones: una nos conecta con el mundo y tiene cargados los programas —perdidos, por supuesto— que activan la única impresora que sí cumple; la mía es virgen de internet porque si recibo correos ya no escribo nada; la de mi mujer —que es artista— es un avión para los gráficos. Cada una tiene sus cables, su lugar, sus pequeñas especificidades y nuestro departamento no tiene las dimensiones de la biblioteca pública que debería albergarlas.

Y están los juegos del bebé: el antiguo móvil de cuna al que antes se daba cuerda para que tocara "Twinkle-twinkle" ahora es un panel que toca jazz y se parece más bien a la nave espacial de Encuentros Cercanos. Si el bebé no está de vena para dormir, su cuarto se convierte en una discoteca, con lo que se despierta el grande y adiós tiempo de calidad adulto.

Tengo la reaccionaria pero honesta opinión de que la tecnología más sofisticada en casa sigue siendo mi edición de 1910 de la Encyclopedia Britannica. Es, seguro, el único gizmo que va a seguir sirviendo cuando se acabe el petróleo. Cuando suceda, venderé enseres de cocina en abonos por pueblos infectos y seremos otra vez felices: mis nietos no van a saber que los mexicanos siempre perdemos.

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