Estoy hablando de los motivadores profesionales. Digo que a veces me dan risa, a veces me sacan la piedra y a veces me producen una tristeza penetrante. Yo no sé bien cuándo llegaron al mundo. Pero habrá gente que jurará por Dios que había cavernícolas agringados que les decían a los demás "tú puedes: alcanza tus sueños" en plena cacería. Sé, porque me consta, que hubo un momento en el que el mundo occidental se cansó de oírles a los curas la frase "tú no puedes". Y que algo tuvo que ver la aparición de estos pastores de la religión del éxito, los motivadores, que invitaban a la gente a la superación personal con los mismos lugares comunes que usaban los mensajeros de la Iglesia (era lo mismo: "Ayúdate que yo te ayudaré"), pero sin pedir a cambio arrodillamientos vergonzosos. Si acaso un poco de dinero. O mucho peor: una sonrisa.

La Iglesia católica se acabó: hubo un momento en que los fieles cancelaron su suscripción, todos en masa, cansados de la pésima atención al cliente que tenían que soportar. Y al tiempo que los cines se volvían templos cristianos de última hora, al tiempo que los libros de autoayuda se tomaban las librerías, aparecieron los relucientes motivadores profesionales.

Y sonrientes, vestidos con la corbata de espermatozoides que usan los vendedores de cualquier cosa, se lanzaron a las calles, a las oficinas y a los canales de televisión del mundo. Y, ya que Colombia queda allí, tuvimos que aprender a convivir con ellos.

Que, gústennos o no, le hacen la vida más fácil a un grupo de personas que se había ido quedando sin respuestas.

Y que palabras más, palabras menos, quieren meternos en la cabeza que tenemos en las manos el destino.

Se blanquean los dientes. Se amarillean en cámaras de bronceo. Se repiten en el espejo (porque se tutean a sí mismos) "este es el primer día del resto de tu vida". Y salen por ahí a vender gotas de ego. Se portan como curas para dummies. Explican cómo es el ser humano con marcadores gruesos cuando uno menos se lo espera. Dicen "yo era como tú" ("yo también metía bóxer", "yo también le pegaba a mi mujer") antes de comenzar sus discursos inspiradores. Y si son los invitados especiales al retiro anual de la empresa, y los asistentes han empezado antes de tiempo a cabecear, gritan "un, dos, tres: ¡abrazo!" o "¡a mover la colita!" para lograr la integración de los empleados. Al final revelan "el secreto": que es "si así lo quieres, así será". Y se alejan en el atardecer, con el blazer colgando del hombro, como vaqueros solitarios con un toque de conversos. Y entonces dan risa, dan rabia y dan tristeza.

Sin embargo, por la misma razón por la que la obra de Eros Ramazzotti ha aguantado el paso del tiempo, por la misma causa por la que las fans enamoradas lloriquean en los conciertos de Servando y Florentino (esta es, porque hay mucha gente en el planeta), algunos se han vuelto celebridades.

Ahí está Papá Jaramillo, el ángel bigotudo de mirada profunda, haciendo aeróbicos reguetoneros (juro por Dios que los llaman "aeróticos") en el programa del poeta Jota Mario. Atrás se ve a Marcelo Dos Santos, el actor argentino de los puños ajusticiadores, en túnica, recomendándonos optimismo e incienso como plan de acción para mañana. Sigue el dentista Marlon Becerra, de ojos entrecerrados, que con la pregunta "¿un sol?" mete en problemas a los famosos que entrevista en su programa de televisión Soles y vientos. Viene después el más escalofriante, el padre Chucho, que no solo es motivador sino que también es padre, que no solo usa frenillos sino que goza que le digan Chucho, y que pide sin sonrojarse "envía la palabra cura como mensaje de texto al número…" que dizque para mandar reflexiones de último minuto a la pantalla del celular.

En el centro, con su nombre de contralor general, está Jorge Duque Linares. Que vende a buen precio su kit positivo. Que puede comenzar sus relatos de vida con las palabras "había un ruso, un gringo y un paisa…" porque no entiende el concepto de parábola. Y que, cuando no se le ocurren más palabras de aliento, se echa el cuento de "el niño pobre que se puso en cuatro para que el niño rico le diera galletas" con una risita que contiene entre los dientes.

Y sin embargo es un ídolo. Y ya no hay nada por hacer. Porque las calles están llenas de personajes que cargan en la billetera el mensaje "eres único", porque el mundo se ha entregado a la dictadura de ese optimismo vacío, porque "pensar positivo" se ha vuelto una política de estado. Y la única resistencia que nos queda, el antónimo, es ese caradura hastiado de los call centers que responde a quien pide auxilio "lo siento: tenemos problemas en el sector", "¿en qué más puedo colaborarle?", "estamos en la capacidad de programar una revisión para la otra semana", para no verse forzado a decir que la vida es jarta, que ya quisiera él tener un aparato dañado y que las cosas verdaderamente importantes se nos salen de las manos.

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