Todo empezó en la universidad cuando un profesor nos explicó lo que es el cine arte: "No hay una definición como tal, pero básicamente es el cine que no se hace en Hollywood". "¿Como las de Dago García?", le pregunté, pero me respondió que no, que al contrario, pues las de Dago "se alejaban de la poesía, del arte, como su nombre lo indica". Trató de aclarar aún más el término y nos dijo que el cine arte no usa efectos especiales, ni mucha ficción. Mientras más se parezca a la vida real, mejor es la película. Ojalá europea o asiática, aunque clasifican algunas gringas. Pero, ojo, aquí nada de Stallone, Schwarzenegger o Eddie Murphy. Pero las de Dago cumplían con todo eso y aún así él decía que no, que no me hiciera el huevón y que yo sabía de lo que él hablaba, y para que no hubiera dudas nos mostró la primera película que vi oficialmente de cine arte: Intolerancia, de David Griffith, filmada hace más de 80 años. Era cine mudo. Mejor nombre no podía tener. No se la toleró nadie a pesar de que más de uno de mis compañeros salió del salón de audiovisuales con esa mirada hacia el horizonte como si algo les hubiera cambiado la vida. "Definitivamente es un clásico", decían a pesar de que yo mismo los vi cabeceando y moviéndose en la silla de lado a lado para no dormirse.

Pero yo no me quería resignar tan rápido. Así que fui a ver una película de Vietnam muy recordada en los noventa: El olor de la papaya verde. La vi en un teatro que se llamaba Lumière y que quebró, me imagino que por mostrar estas películas. Durante los primeros veinte minutos no pasó nada, pero de repente —es lo más emocionante que recuerdo— la cámara se centró en una gota de agua que caía desde la hoja de un árbol. En ese momento salí al baño, me lavé la cara, fui a la barra, compré una botella de agua y cuando volví la gota seguía cayendo desde la misma hoja. No había pasado nada en mi ausencia y mi amiga con la que estaba me decía que eso era lo mejor, que no pasara nada. Hice un intento de nuevo y vi Sueños, del japonés Akira Kurosawa, pero me ocurrió lo mismo. La primera escena era un niño que caminaba por un bosque y caminaba y caminaba y caminaba y… sueño, mucho sueño el que da viendo eso. Me imagino que de ahí el nombre.

¿Para qué ver una película danesa llamada Los idiotas, donde actores naturales nos muestran su verdadero retraso mental llevándonos a la depresión absoluta, si en cambio existe Tontos y más tontos, que por lo menos hace el intento de hacer reír? ¿Para qué ver Cómo suicidarse sin morir en el intento (empezando por el título) donde uno solo está pendiente de si el protagonista al fin se va a matar o no, si uno tiene la opción de Cómo perder un hombre en 10 días con la mamacita de Kate Hudson haciendo todo lo que uno odia y un tipo aguantándosela con tal de ganar una apuesta? ¿Por qué ver Julieta de los espíritus, de Fellini, teniendo Este muerto está muy vivo, donde una parranda de borrachos anda con un cadáver por todo lados jurando que al ponerle gafas oscuras nadie va a saber que ya está del otro lado?

Todas estas preguntas me las hizo siempre un muy buen amigo a quien, con el tiempo, le he dado la razón. Me dice todavía: haga la prueba, si cuando está haciendo zapping se encuentra con una película en blanco y negro que es "un clásico del cine", y en el canal que sigue están en Meet the Fockers, ¿con cuál se queda? Confieso que me ha dado duro aceptarlo. Ya no le estoy encontrando la gracia a ver películas como Gotas de agua sobre piedras calientes. ¿Por qué tengo que verme una película con estos nombres? ¿Por qué habría que verse algo que se llama El aburrimiento? Porque si algo define al cine arte es la poca visión de mercadeo, de sentido comercial de sus directores, productores y exhibidores. Para la muestra, El viento que acaricia el prado (¿a qué genio se le ocurre ese ladrillo de nombre), Los trenes rigurosamente vigilados (¿necesita comentario), o Murieron con las botas puestas (ni hablar). Muchos directores optan por meterles comida a los títulos: Tomates verdes fritos, El sabor de la cereza, Fresa y chocolate, Gracias por el chocolate, Chocolate, Como agua para chocolate y hasta Delicatessen.

Otros directores prefieren recurrir a los animales, pero no porque se trate de especiales de Animal Planet ni de NatGeo: El perro andaluz (pajazos mentales de Dalí y Buñuel), Temporada de patos (unos niños y un vendedor de pizza hablando mierda), Las tortugas también vuelan (minas quiebrapatas por todo lado), El huevo de la serpiente (me quedé dormido), Gato negro, gato blanco (una gritería desesperante) y La historia del camello que llora (el título, aunque apasionante, no me atrapó), entre tantos otros de esta fauna cinematográfica. No puedo dejar por fuera a Microcosmos, donde no hay actores, solo animales casi "microscópicos". Y nadie habla, porque al menos en Animal Planet alguien va contando lo que uno ve. Por eso al final los comentarios que oí a la salida del teatro fueron algo así como: "La mejor parte es cuando el cucarrón le hace muecas a la hormiga" o "el cienpiés era hermoso" o "Uff, qué fotografía tan buena". Porque si hay algo trillado es que paisaje bonito = bella fotografía. ¿Entonces qué pasa con la fotografía de películas que son en estudio, en casas o en edificios? ¿Son malas?

Por todo esto, poco queda de ese estudiante que iba a los teatros de la Avenida Chile los sábados a las once de la mañana a oír charlas sobre cine mudo, en blanco y negro. Me mamé de alguien como el argentino Eliseo Subiela, quien además de poner en El lado oscuro del corazón a decir a un actor que "lo que no soporta de las mujeres es que no puedan volar" (¿acaso qué quería, ennoviarse con una azafata), no le fue suficiente y en la segunda parte quiso hacer una metáfora de la muerte y vistió a un actor de negro (muy original), le puso un casco negro también y lo puso a andar en moto persiguiendo a los vivos (¿hay alguna metáfora de la muerte en el cine más mala que esta). Lo peor es que confieso que algunas de estas películas las vi en un cineclub llamado Magitinto, donde un argentino presentaba orgulloso el cine de su país. Las sillas eran incómodas pues no era un teatro cualquiera, contaba con un sofá rojo al que se le salían unos resortes, una silla que él traía de la cocina, otra del comedor de su casa, y así... aquellos tiempos que no volverán porque definitivamente prefiero cerrar de una vez por todas esa ventana indiscreta.

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