Beto y Enrique son un tremendo par de gays. Criticarlos por eso no solamente obedecería a la más obtusa homofobia, también rayaría en clichés muy baratos, como la costumbre de desacreditar a alguien tildándolo de sodomita, como hacen tantos comentaristas en los foros de eltiempo.com. Peor que eso, cualquier ataque contra la homosexualidad me pondría al mismo nivel del procurador Ordóñez, que seguramente nunca dejó a sus hijas ver Plaza Sésamo ni Los Pitufos, y piensa que Tal Cual es comunista. Como me precio de ser una persona decente, descarté de plano ese enfoque.

Antes que a Beto y Enrique, incluso sería más fácil criticar a otros homosexuales, y en ninguno de los casos por sus preferencias en la cama sino más bien por su mal gusto, injustificable desde cualquier punto de vista. En esta lista se encontrarían, por ejemplo, Hernán Zajar, Norberto y el tipo de Sweet. Incluso Jaime Bayly, que en nombre del buen gusto dice cualquier pendejada y eso lo ha convertido en el ídolo de un montón de esnobs de lo más vulgar, que hasta ahora descubren lo que es el "humor fino" (como si fuera tan difícil burlarse de Chávez).

La única manera que encuentro de decir lo que no entiendo de Beto y Enrique es tomando a cada uno por separado, porque juntos son perfectos. No importa que Beto luzca como un militante LGBT del Polo con ese buzo cuello de tortuga o que obligue a su pareja a andar por ahí ataviado como un niñito de ocho años (nada de jeans forrados o camisetas pequeñas de manga japonesa). No importa que llamarse Beto implique llevar por nombre una de las apócopes más inmundas de la lengua castellana, junto con Pato y Mao (Patricia y Mauricio). Beto y Enrique son el uno para el otro.

En cambio, cada uno por su lado es un desastre. Enrique es un completo imbécil y Beto es un neurótico irredimible, que de no ser por su pequeño boy toy moriría de una infección producida por andar conviviendo con palomas, esos animales inmundos que tiene como favoritos. Es más, de no ser por Enrique este artículo hablaría sobre un títere muy extraño llamado Beto que se la pasa entre las palomas, que vive solo en su apartamento oyendo su colección de discos viejos, leyendo sus periódicos y hundiéndose en la amargura de una sabihondez sin alumno y de paso sin teleaudiencia, porque los niños cambiarían de canal horrorizados en cuanto apareciera el muñeco con su gran cabeza toda cubierta con residuos de palomas y algo de tufo a brandy Napoleón.

Enrique, por su parte, habría muerto hace rato, o habría caído en los abismos más sórdidos. ¿Qué se podría esperar de una persona que no puede vivir sin un patito de hule, o que de repente aparece con un banano metido en la oreja? Es un perfil parecido al del columnista Saúl Hernández, que no será gay pero es igual de títere, y todavía no ha podido sacarse el banano de la oreja. Enrique en cambio sí pudo, gracias a Beto, su gruñoncito del alma.

Por alguna razón, los creadores de Plaza Sésamo niegan la homosexualidad de Beto y Enrique; nosotros no podríamos probarla si quisiéramos, pero eso está muy bien, a ver si de una vez por todas dejamos de meternos en la vida de otras personas. Lo que puedo constatar es que todos mis amigos homosexuales siguen al pie de la letra el modelo de pareja que estos dos títeres supieron imponer y son felices así, porque no importa qué tan neurótico o apelotardado seas: siempre es posible encontrar alguien con quien divertirte. Si no, pregúntenle a Enrique, que aún es joven. Y lo mejor, no es conservador.

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