Afortunadamente, yo no tuve daños físicos, pero mi auto quedó inmovilizado durante tres meses, porque en la Argentina, debido a las prohibiciones en la importación de autopartes, no venden repuestos. Puedo decir que viví en carne propia una colisión: la sensación es de terremoto, que la tierra se abre bajo nuestros pies y que perdemos el control de nosotros mismos. El auto del borracho venía a escasa velocidad; un par de kilómetros más por hora y ninguno de los dos hubiéramos contado el cuento. De modo que no puedo explicar la sorpresa que me asaltó cuando a principios de este año fui a ver Duro de matar 5 y vi a Bruce Willis caer de por lo menos 10 metros de altura en un camión, salir corriendo de la cabina destrozada y continuar su día como si acabara de tomarse un actimel.

Supermán podría hacerlo, ¿pero por qué Bruce Willis? Se supone que es un ser humano. En las películas de acción, los autos y las balas eluden cualquier regla de verosimilitud. Yo ya he enviado mis cartas de protesta a Hollywood exigiendo que prohíban en las películas subsiguientes cualquier tipo de escena relacionada con las persecuciones automovilísticas y las balaceras contra fugitivos protagónicos. Las piruetas automovilísticas ya están perimidas, son como el teléfono a disco o la caballería en un ejército. Pero no solo son caducas sino patosas: todas son iguales a sí mismas. ¿A quién le importa ver un auto dando vueltas en trompo en pantalla o esquivando obstáculos de contramano? Ya está: el protagonista ya fue perseguido en auto, ya saltó de un puente en auto, ya cayó de pie como los gatos. ¡Ya lo vimos! No repitas la escena. Hagan otra cosa. Y las balaceras. Kung Fu desviaba las balas con la palma de la mano, y teníamos 12 años. Una bala, está bien. Dos, ok. Tres, bueno, estamos merendando, lo dejamos pasar.

Pero si Kung Fu hubiera estado en Hiroshima el día que tiraron la bomba, nadie hubiera esperado que la aventara con el canto de la mano. Y eso es lo que nos muestran mes a mes los estrenos de películas de acción. Al héroe lo rocían con una lluvia de balas, y ninguna le pega. No es que seamos rigurosos. Pero cuando vimos las primeras películas de acción, había cierto respeto por las balas. El héroe se ocultaba detrás de una roca, o le disparaban de a uno por vez. Ahora, el protagonista es colocado en el paredón de fusilamiento, 100.000 soldados le disparan, ninguno le acierta, el protagonista trepa el paredón, y escapa al otro lado.  No es heroico, es inmortal. ¿Y cuál es la gracia de fusilar a un inmortal? En todas las películas de acción, al momento del romance, el héroe toma por detrás a la ninfa, y luego la gira para ponerla de frente y besarla. ¿Pero con qué clase de gilipollas estamos tratando? ¿Por qué la pone de frente, si ya la tiene de espaldas? Con lo costoso que es poner a una mujer boca abajo o de espaldas a nosotros, ¿por qué la pone de frente? ¿Es un héroe o es un idiota? Le ofrecen inmediatamente el culo, pero él prefiere besarlas. Acaba de esquivar 100 bólidos mortales, millones de balas, sobrevivió a una bomba y a una lobotomía con sierra eléctrica… es lógico que le den un culo en recompensa… lo mínimo… Pero el mariconazo este —que no es equivalente a gay— la gira y le da un beso. Siempre se nota la cara de desconcierto de la chica… “¡Pero te estoy dando el culo, infeliz. ¿Qué te pasa?”. No me extraña que las bellas asiáticas, tan propensas a estas prácticas, terminen del bando de los malvados.

Y para terminar, precisamente, una referencia a cómo terminan todas estas películas de acción: un par de enfermeros lo cubren con una frazada o manta. No importa si la película transcurre en la selva tropical o en un hotel cinco estrellas con la temperatura permanentemente a 18 grados; fatalmente al héroe se le coloca una manta alrededor de los hombros. ¿Por qué alguien supone que luego de haber salvado a la humanidad, o derrotado al Ejército Rojo o a Al Qaeda, el protagonista querrá ser rodeado con una manta vieja? “¡No tengo frío, págame!”, quiero que grite. “¿Por qué me pones una manta, piensas que soy un anciano que quiere dormir la siesta?”. Supongo que esas mantas deben ser un remanente de la Segunda Guerra Mundial, una donación que organizó Hollywood para enviar a los soldados americanos en Europa, y que ahora deben usarlas para algo. Prohíban también esas mantas deprimentes, por favor. Y el clima de relajo y los chistes malos del final, cuando todos están contentos y se saludan. ¡Acaban de matar a 10.000 personas, pero el protagonista parece un humorista de stand comedy, solo porque él y su familia sobrevivieron! ¿Eso es un héroe?

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