“Era una petarda y una marujona pasada por el underground y vivía como una perra desatada, igual que todas nosotras”, decía de él el célebre poeta Luis Antonio De Villena. Corría el año 1980, y Pedro Almodóvar acababa de dejar su empleo en la compañía telefónica para rodar Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, un bodrio simpático y lleno de escenas tan enternecedoras como la de una violación descrita en tono de humor o la paliza de un policía a su fiel mujer masoquista. Desde entonces, el cineasta manchego no ha dejado de cotizarse como símbolo internacional de la cultura española ni de rodar cuesta abajo como artista.

Con Pedro sucede lo mismo que con Zapatero: afuera le ríen las gracias, pero en España se nos tuerce el semblante cuando nos echa encima ese universo suyo de clichés macerados en caspa y mantillas, personajes trillados hasta el borborigmo y bromas gastadas que en vez de sonrisas despiertan un rictus de vergüenza ajena. ¿Recuerdan la famosa escena en que Alaska orina en la boca de Eva Siva? Almodóvar utilizó cerveza y una manguerita. Y así es su cine, todo un simulacro cultural acrítico con el pasado, “como si Franco nunca hubiera existido” (dijo él).

Fotograma a fotograma, nuestra locaza más internacional consiguió remendarse un traje a medida del glamur hispano tocado con tintes castizos, peineta y botines, crespados y faralaes, chupa de cuero y taberna de barrio. Disfrazado de esa guisa, nos contó que Sexilia dejó atrás su ninfomanía para casarse (de blanco) con un príncipe homosexual redimido en Laberinto de pasiones; o que la protagonista de Átame, una estrella del porno secuestrada por un torero retirado, acababa casándose (de blanco) con su captor. Suma y sigue: prostitutas que dejan su oficio, lesbianas que descubren el amor heterosexual y bodas, muchas bodas, toneladas de bodas (por la Iglesia).

Hoy, su cine sigue abundando en su visión folletinesca de la vida, heredada de la novela rosa y de géneros como la zarzuela, donde la liberación de la mujer no es sino el sucedáneo y la pataleta previa al día de la boda. Los abrazos rotos parece escrita por un catecúmeno que se hubiera dado un paseo por el Callejón del Gato para que sus espejos deformes adecuaran la realidad a su visión petulante del amor. La piel que habito, basada en una excelente novela de Thierry Jonquet que al parecer destroza, viene de nuevo adobada en una estética filogay que llama a engaño: Almodóvar parece odiar su condición homosexual, ya que sus personajes masculinos suelen ser patéticos y violentos en comparación con la santidad que ellas desprenden. La androfobia del director solo se ve superada por su tremenda oralidad: me refiero al concepto freudiano, a las ganas de tragárselo todo, como sucedió en la edición de los Premios Goya de 2010, cuando Santiago Segura le afeó “una rabieta por no haberse llevado todos los premios”.

Que el cine de Pedro no es sino un simulacro de transgresión con un fondo conservador quedó meridianamente claro en 2007, cuando el apparatchik almodovariano en pleno representó un significativo epílogo post mortem de la Movida Madrileña en el transcurso del exclusivísimo Bal de La Rose que organiza la realeza de Mónaco. Almodóvar llegó del brazo de la transexual Bibi Anderson, vestida de rojo Dior, mientras Karl Lagerfeld fotografiaba la narizota de la actriz Rossy de Palma, la cantante Alaska abría el baile con Veo la vida pasar y Paco Clavel versionaba algunos de los éxitos más correosos de los ochenta. Los príncipes Grimaldi estaban fascinados ante el glam de aquellos estrafalarios españoles, pero esa noche, los admiradores de Patty Diphusa sentimos que, en 1980, España perdió un excelente telefonista.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.