En estas cintas, los héroes y los villanos se levantan y vuelan, sin esfuerzo e impulso previo, como el precio de la canasta familiar, para lanzar patadas y puños demoledores. En el aire se enzarzan en coreográficas peleas que envidiaría un bailarín de salsa de Juanchito y caen luego siempre parados, como ciertos políticos, sin resollar. ¿Por qué vuelan? ¿Por qué no se cansan? Porque manejan el Qi, una misteriosa energía vital que fluye en la naturaleza y al conectarse a ella les confiere una fuerza y una resistencia sobrehumanas, similares a las que poseen los trabajadores que viven con el salario mínimo.

Dominar el Qi no es sencillo. Los maestros, mejor conocidos como senséi, que conocen las técnicas para hacerlo no ofrecen sus servicios en los avisos clasificados. Son ermitaños que viven en remotos e inaccesibles lugares o se ocultan en la sociedad tras una fachada de actividades banales. Son misántropos que aceptan como aprendices a personajes desvalidos: huérfanos, víctimas del matoneo, exiliados y errabundos. Estos seres desorientados son como arcilla a la que pueden darle la forma que quieran a punta de golpes. Por eso el entrenamiento siempre es una combinación de actos de servidumbre con otros de verdadero sadismo.

En Karate Kid, por ejemplo, el señor Miyagi le enseña a su discípulo occidental las técnicas fundamentales de esta disciplina por medio de actividades como lavar el piso, limpiar ventanas, encerar el carro una y otra vez, y atrapar moscas al vuelo con unos palillos. En Kill Bill, el maestro chino Pai Mei le ordena a Beatriz Kiddo que suba agua a diario por unas escaleras interminables, cocine y arregle el lugar donde viven, y luego la hace golpear con el puño una gruesa tabla de madera. Debe practicar, con los nudillos en carne viva, hasta que la rompa. En Kung-Fu, los aspirantes a monjes shaolin debían caminar sobre cáscaras de huevo, sin romperlas, para aprender a ser leves como plumas o golpear tazones con agua para fortalecer algo. No se sabe qué. Y al personaje de Jean-Claude Van Damme en Kickboxer, su energúmeno senséi, todos lo son en estas historias, lo estiraba sin compasión con unas poleas hasta límites insospechados como hace uno con el sueldo los días previos a la quincena.

Pero la esencia de estas películas, y también lo más incomprensible, son los combates. Una orgía de golpes al mejor estilo de la repartición de las ollas a presión de Ricostilla. Las peleas empiezan siempre con el ataque en gavilla, un elemento muy criollo, al héroe de marras. Una horda le cae para molerlo y ablandarlo para que el villano de turno le dé el golpe final. El luchador los espera impasible, como pensionado en fila, y los despacha con un ballet combinado de puños y patadas, acompañado de gritos guturales que envidiarían los monos aulladores o la mismísima Sharapova. Por lo general utiliza para defenderse y mantener a raya a sus contrincantes elementos que van apareciendo en su camino como en la escena de la persecución en Bangkok en Ong Bak.

Y el clímax llega con la pelea final, que siempre es la de la revancha o la venganza para el protagonista. Su contendor es el asesino de sus padres, de sus hermanos, de su mejor amigo, de su perro, de su gato, de su vecino o de todos los anteriores. O un excompañero de artes marciales que perdió el favor del senséi y se entregó al lado oscuro en Enter The Ninja. Un malo superlativo en cualquier caso. Héroe y villano se dan como violín prestado, vuelan, saltan, despliegan todo su arsenal de técnicas de pelea. Ahí es cuando uno se entera de que existen artes marciales por montón y cada una reclama su supremacía sobre las demás: kung fu, karate, taekwondo, judo, aikido, ninjitsu, muay thai y un largo etcétera.

Al final gana el bueno, algo que solo pasa en las películas, aunque los de TNT digan lo contrario, gracias a una técnica o un golpe misterioso que solo él domina. Bruce Lee les daba el toque de gracia a sus oponentes con el golpe de una pulgada, que es más peligroso que un choque en automóvil a 50 kilómetros por hora. Daniel San, el protagonista de Karate Kid, se inmortalizó en la cultura pop al acabar a su enemigo con el golpe de la grulla. Y Beatriz Kiddo, en Kill Bill, mató al susodicho con el golpe de los cinco dedos de Pai Mei. Pero el mejor de todos es Bruce Leroy, el karateca negro que logra detener una bala con los dientes, mientras refulge como si acabara de salir de la cámara bronceadora, en la película El último dragón. Es ficción, es película, no lo intente en su casa, no se lo tome en serio o corre el riesgo de perder los dientes, y la vida, o, más prosaico, meterse a clases de judo y terminar igual de vapuleado que nuestra pobre Constitución.

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