Un joven John Travolta, forrado en ropas negras, analiza un carro viejo en un taller. De repente se quita la chaqueta con un movimiento tipo Apolos Men, se sube al techo, agita las ancas a lo Elvis, canta.

Y los muy picarones de los mecánicos, vestidos de overol, no se quedan atrás: dan botes, hacen splits y medialunas, organizan una coreografía que simula la posición del perrito, corean en do mayor. Unos son barítonos; otros, bajos, y todos comparten el don del ritmo: bailan tap sobre el capó, rock n roll sobre el baúl, vuelan de un lado a otro con pirouettes de ballet clásico.

Al final, como si la situación no fuera lo suficientemente surrealista, los mecánicos gringos disfrazados de chinazos del Siete de Agosto se peinan en perfecta sincronía con ese producto capilar que le da el nombre a la película: brillantina. Sí, los técnicos en mecánica automotriz de Grease no solo menean sus caderas mejor que Nerú, ese prohombre de la danza colombiana cuyo movimiento pélvico merecería un artículo aparte, sino que tienen habilidades de estilistas.

¿Cuándo se ha visto a un latonero girando en una pierna sobre su propio eje mientras un experto en chumaceras le sonríe y hace el espagat?, ¿cuándo, a un eléctrico abriéndose de patas para que un especialista en frenos le pase por debajo? ¿Cómo diablos un daño en el chicler de mínima se puede convertir en una especie de fiesta corporativa decembrina de un salón de belleza?

Yo, con el respeto de todas las cuarentonas que se estrenaron en las artes del amor inspiradas en el Travolta de Grease, no logro comprender cómo una idea tan absurda pudo llegar al cine. Y creo que ni con un curso en la escuela de cine de San Antonio de los Baños, ni con visitas semanales a un cineforo lleno de chiverudos que expelen olores a pucho y canelazo, entendería por qué existen los musicales (bueno, no todos, entiendo el porqué de los musicales animados que hipnotizan a niños hiperactivos, y también los de Bollywood, que sirven para entretener a más de 1200 millones de indios).

Pero no puedo hacer nada al respecto. Así de miserable es la vida, así de miserables son los musicales: con mecánicos sabrosones que se hacen el wet look; con pandilleros gringos que amedrantan a sus enemigos latinos a punta de cabriolas dignas de Billy Elliot (West Side Story, 1961); con un antiguo agente 007 venido a menos, Pierce Brosnan, que le pide matrimonio a su novia en el tono más desafinado que se ha oído en el planeta desde Julio Iglesias (Mamma mia!, 2008)…

Escenas de esta magnitud, señores y señoras, solo pueden ser parte de ese tipo de películas en las que los protagonistas, generalmente recocheros y llenos de energía, no hablan sino cantan, no se mueven sino cantan. Esas cintas de argumentos irreales que deberían estar catalogadas dentro del género de la ciencia ficción. Porque solo en un mundo donde una especie de perro gigante con nombre de chicle con sabor a carne (Chewbacca) tiene potencial para dominar el mundo, los acontecimientos de la vida pueden sucederse como en un programa de concurso criollo: jugando y bailando.

Ya sé, ya sé: vendrán los puristas, los cinéfilos, los cultos, a defender Moulin Rouge, Singin’ in the Rain, Chicago, Oki Doki. Dirán que soy un ignorante, un atrevido, un imbécil. Y sí, lo acepto, hablo desde la cómoda vitrina del espectador iletrado, el que no entiende la diferencia entre cine y cinearte, el que llora con Bambi, el que un domingo de desparche puede verse El perro futbolista sin sentir remordimientos.

Un tipo tan pendejo, en últimas, como esos mecánicos que deciden arreglar un carro vuelto pedazos a punta de zapateo o uno de esos pandilleros desadaptados que logran lucir como Pina Bausch mientras buscan bronca. ¿No está de acuerdo, señor lector? Entonces hágame el favor y dígalo cantando, a ver si así le encontramos la gracia al tema.

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