Los superhéroes siempre fueron un poco ridículos, celebraban las victorias abiertos de piernas y con los puños en la cintura, andaban en mallas a muy altas horas de la noche, creían que un simple antifaz podía protegerles una identidad que no tenía mucho sentido proteger (nunca se supo por qué se empeñaban en trabajar, en otra parte, medio tiempo), pero hay que reconocer que al menos servían para algo: para salvar al planeta de aquellos villanos entrañables que hacían lo que hacían porque sí, porque les daba la gana acabar con el mundo, porque eran monstruos malvados, contrahechos, babosos, que se carcajeaban cada vez que le hacían daño a alguien. Pero no, ya no. Hoy en día, los superhéroes siguen disfrazándose como si fuera un requisito, pero, acosados por el realismo extremo, la psicología barata, la corrección política y la idea absurda de que no hay buenos ni malos, han quedado reducidos a hombres traumatizados que harán lo que esté a su alcance para que el mundo no sea arrasado por el capitalismo salvaje de las corporaciones. ¿Y a quién le importa?

Los superhéroes vinieron al mundo, en medio de las ruinas de la crisis económica de los años treinta, y un poco antes de que la Segunda Guerra Mundial se desatara, para salvarnos a todos de los criminales que se estaban tomando los callejones sin salida de tantas ciudades. Se apropiaron de los cómics. Se mudaron de la radio a la televisión. Se refugiaron en el cine. Y pronto, desde los días de la guerra fría hasta la caída de las torres gemelas, nos sembraron un puñado de ideas que germinaron en los surcos de nuestros cerebros: que jamás, jamás, jamás estaremos a salvo; que este, plagado de canecas a punto de estallar, de edificios a punto de caer, de trenes a punto de descarrilarse, es un mundo horrible para los seres indefensos; y que en alguna parte tiene que haber alguien, un semidiós al que Dios le dé el visto bueno, que pueda defendernos del desastre. Y acá estamos.

Hay tipos y tipos de superhéroes, por supuesto, pero solo hay tres superhéroes de primera categoría: Supermán, Batman y Spiderman. Los demás, si comparáramos el asunto con la pirámide del periodismo deportivo, son simples reporteros de repuesto que cubren los camerinos, comentaristas que leen los comerciales. Los demás, si pensamos en política colombiana, son precandidatos desdibujados de uno de esos partidos de emergencia. Y la prueba es que el público poco habla de ellos, que tienen sus fans, claro, que hay quienes los coleccionan y los defienden y saben por qué son como son, pero que tienden a ser personas de gafas gruesas que guardan a la mamá en el congelador. Y que la gente en cambio injuria, calumnia y ridiculiza a Supermán, a Batman y a Spiderman hasta que un día, Dios no lo quiera, la atraquen en la calle con un cuchillo oxidado. Y ahí sí "¿quién es el adicto a un cristal verde que tiene el calzoncillo por fuera agarrado con un cinturón?", ahí sí "¿quién es el soltero bien afeitado al que le gusta bajar por el batitubo acompañado por un joven al que llama ‘mi sobrino‘, de afán, cuando se encuentran con algún conocido?", ahí sí "¿quién es el adolescente agrietado que amanece todo embadurnado de las telarañas que se le escapan por la noche?".

Qué inútil ser Acuamán, el escamoso, que combate el crimen en los grandes océanos del mundo: qué desgaste atrapar aguamalas, enjaular tiburones, procesar ballenatos despreocupados que saldrán libres después de pasar meses de casa por cárcel. Qué fácil ser Gatúbela: hay tantas los viernes en la noche. Qué machista, qué sexista, qué retardatario ser esa Mujer Maravilla que anda por ahí en baby doll. Qué absurdo ser un superhéroe ciego, como Daredevil o aquel avispado alcalde caleño, que trate de vender a toda costa la idea de que "ojo con la gente que no ve porque tiene un sexto sentido que vale por dos". Qué deprimente ser aquel Hulk que persigue por ahí a los malos, como un bebé verde en pañales, cada vez que le entra cierta acidez. Qué mal ser cualquiera de los cuatro fantásticos, cualquiera, porque qué gracia tiene ser un superhéroe si le va a tocar a uno trabajar en equipo, pero qué mal ser, sobre todo, el hombre de piedra que es como un Hulk de segunda: una especie de precandidato conservador.

Qué inútil es, digo, ser alguno de esos superhéroes de repuesto que terminarán sus días como personajes de la lucha libre mexicana: un X-Men suelto, el Fantasma, Flecha Verde, Flash, La Sombra.

Pero qué inútil se ha vuelto hoy en día, también, ser alguno de los tres tenores: Supermán, Batman o Spiderman. La psicología de bolsillo se los tragó vivos: "¿No es peligroso que Supermán contenga su derecho de amar o de odiar teniendo en cuenta que perdió a su familia cuando era tan solo un bebé?". La corrección política los acabó: "¿Y qué si Batman es gay , ¿no está en su derecho?, ¿no sería una figura importante para la comunidad LGBT?". El realismo a ultranza los convirtió en personas como usted y como yo: "¿No es cierto que no existen ni el bien ni el mal sino una región en la que Spiderman trata de hacer lo que mejor puede con ese gran don que trae consigo una gran responsabilidad?". Como les pasó a los británicos James Bond y Sherlock Holmes, a punta de volverlos de carne y hueso Supermán, Batman y Spiderman se quedaron sin misterio, sin glamour, igual que esos actores que salen demasiado en las playas mediterráneas de las revistas de farándula.

Ahora son burdos. Sangran. Dejan caer al villano, la mano que acaricia al gato, cuando los pobres están colgando del borde de un edificio. Y quizás un día dejen de protegernos porque "igual todos tenemos que morir".

Hay que ver, para saber dónde estamos parados, la escena de la primera película del nuevo Batman, el Batman serio, el Batman grave, en la que el mayordomo, en un helicóptero, le ayuda a su patrón a crear un superhéroe como si estuvieran armando los valores corporativos de una empresa. Misión: combatir el crimen que agobia a los pobres habitantes de Ciudad Gótica vestido como un hombre murciélago que hace la voz ronca. Visión: traer la paz a la metrópolis en la medida de lo posible. Logo: un óvalo amarillo con un chimbilá negro en el centro. Escena final: pararse en la esquina del techo del edificio más alto a celebrar, cruzado de brazos y con las piernas cerradas, que la multinacional comandada por el villano de cuello blanco que estaba detrás de todo no ha logrado robarse sino un punto del PIB. Y no importa a quién le importe.

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