A lo largo de mi infancia, cuando jugaba con mis amigos, jamás estuve frente a un niño (yo incluido) que hubiera querido "pedirse" ser Popeye el Marino. Decisión comprensible, porque de niño uno era soñador. Todavía no sabíamos lo que era empujar una cuenta de cobro o tratar de sacar el pasado judicial. No: en esas edades uno aún creía que era posible ganar, y por eso les apuntaba a los superhéroes exitosos, los que tenían poderes deslumbrantes, como Supermán o el Hombre Araña. Nunca iba uno a querer ser un marinero varado que pasaba más tiempo en tierra que papa sabanera y que no contaba con habilidad alguna excepto, por darle algo de crédito, la disciplina propia de un vegetariano radical. 

La razón es simple: Popeye, a pesar de ser un dibujo animado, no era un héroe para niños, era más bien la representación de tantos adultos fracasados que produjo la depresión de los años treinta. Por esta razón, el noble marinero cargó con una cantidad de retos que ningún otro héroe de la época tuvo que afrontar.

A diferencia de sus colegas animados, su misión no era salvar el mundo, sino convencer a los gringos abatidos por el desempleo de que en épocas de crisis daba lo mismo comerse una amarga lata de espinacas que un pedazo de carne. Una importante labor social, sin duda, pero cruel destino a la vez. ¿Qué sería de Supermán hoy en día si además de tener que combatir a Lex Luthor tuviera que fomentar el consumo de remolachas y nabos? ¿O si para combatir el mal en Ciudad Gótica, Batman tuviera no el baticinturón sino una bolsa de cubios

 Otra sería la historia.

Para rematar, Popeye tuvo que pasar sus días mendigándole cariño a Oliva, una mujer que seguramente padecía algo entre anorexia y osteoporosis, y cuyo único sex-appeal parecía radicar en la flexibilidad anormal que tenía en brazos y piernas. Oliva encontraba solaz en poner a Popeye en una eterna competencia contra Bluto, siempre bajo la amenaza de que se haría novia del que más rápido la ayudara a trastear los muebles, o que se casaría con quien tuviera el mejor peluqueado.

Popeye, que no tenía un pelo en la cabeza pero sí muchos de bobo, vaya uno a saber dónde. Ahí, postrado. Con esa capacidad de sobreponerse que solo la falta de autoestima produce. Porque a diferencia de otros personajes de pecho ancho y quijada cuadrada, este belfo, paticorto y tartamudo, de deformes antebrazos que lo delatan como consagrado discípulo de Onán, prefirió siempre irse a los golpes con un cafre que lo doblaba en tamaño que afrontar la posibilidad de tener que salir a buscarse otra mujer.

No entenderé jamás por qué él, que logró hundir con un puño la flota japonesa en la Segunda Guerra, que pudo noquear a Simbad y a Alí Babá, no tuvo jamás el valor de decirle a Oliva: "Lárgate con Bluto y te acordarás de mí cuando te ponga la mano". ¿Acaso no tenía amigos que le hicieran abrir el ojo sano para darse cuenta de que esa mujer no era para él? Se pregunta uno por qué Pilón, con esas mañas de vividor, no pudo presentarle un par de amigas y llevárselo de parranda un fin de semana, "que con gusto pagarían el martes".

Pero en eso radica el heroísmo de Popeye, en que decide enfrentarse al fracaso así vuelva a fracasar. Su ejemplo serviría mucho en estos tiempos de reality shows, diseños de sonrisa y cantantes tropipop, cuando ya no hay espacio para los personajes que escogen el camino difícil frente al éxito veloz y la plata fácil. Eso, al fin y al cabo, es lo que hace más valeroso el hecho de "pedirse" ser ‘Popeye el Marino‘ cuando muchos quieren pedirse representar a ‘alias Popeye‘.

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