Se trata, como se sabe, de la historia de un boxeador que malvive en el suburbio de Kensington, en Filadelfia: Roberto ‘Rocky’ Balboa, “el garañón italiano”. Hasta allá va a buscarlo un día el campeón mundial de los pesos pesados, Apollo Creed: un negro atlético e imbatible que ya tenía lista su nueva defensa del título, pero su oponente se rompe la mano y él, en vez de cancelarla, decide darle la oportunidad a un aficionado, a un pobre. Por eso —y por su apodo— escoge a Rocky. El sueño americano en su expresión más romántica, un negro contra un italiano. Esa fue la primera entrega de la serie, escrita y protagonizada por Sylvester Stallone y estrenada en noviembre de 1976, con diez nominaciones a los premios de la Academia, de los cuales ganó tres: mejor película, mejor director y mejor edición. Y se podría decir que ya estaban allí, desde el principio, los elementos dramáticos y narrativos que harían de Rocky una de las historias más memorables del cine de todos los tiempos: la torpeza y la ternura del protagonista; su amor por Adrian, la tímida y huidiza hermana de su amigo Paulie, el carnicero; la sabiduría de Mickey, el viejo entrenador que quiere a Rocky como a un hijo; la arrogancia de Apollo, la música épica, las calles de Filadelfia. La pelea del final que llega hasta el final, con el alma de los dos luchadores esparcida entre sus charcos de sangre.

Después, en 1979, vino Rocky II: de lejos mi favorita, en la que Apollo, ganador por decisión arbitral en la primera pelea, tiene que darle a Rocky la revancha. El campeón sigue con el título en sus manos, pero el italiano se ha ganado con sus puños de gamín el corazón de la gente. Otra vez un entrenamiento heroico —los entrenamientos y las peleas son lo mejor de la saga, faltaría más que no— corriendo por las calles de Filadelfia hasta subir al Museo de Arte por las famosas gradas que hoy se llaman así, “las escaleras de Rocky”. Y la pelea: 15 rounds en los que ambos boxeadores se siguen matando, hasta que al final, en el último minuto del último asalto, se caen los dos. El juez cuenta en cámara lenta, con una voz de borracho de ultratumba; Apollo trata de ir a la esquina para levantarse, no puede. Rocky, con los ojos reventados, se aferra a las cuerdas y empieza a trepar. En el décimo segundo queda en pie, el árbitro abre las manos, se acaba la pelea. Suena The final bell, la canción del triunfo compuesta por Bill Conti, y la gente entra enloquecida al ring. El narrador dice: “¡Rocky Balboa estremece al mundo, es el nuevo campeón de los pesos pesados!”. Es el momento sublime cuando el “semental italiano” grita: “Jo, Adrian, I did it!”. Me lo sé de memoria.

En 1982 vino un nuevo capítulo, Rocky III: una interesante reflexión sobre las trampas que suele tender la fama, en la que Rocky, ya campeón, ha dejado de ser el brutal boxeador de barrio para convertirse en un burócrata que derrota con facilidad a todos sus oponentes. Hasta que aparece Clubber Lang, encarnado por el temible Mr. T.: una “mortal fábrica de puños” —la expresión es de Mickey, muerto tras un empujón suyo— que reta a Rocky y lo acaba en dos asaltos. El semental italiano es un escombro. Regresa entonces a la escena Apollo Creed para salvar a su viejo verdugo; lo entrena con una condición: que vuelva a tener la mirada del tigre, que vuelva a ser un gamín. Así se llama la canción de Survivor que abría la película: The eye of the Tiger. Otra pelea final en la que Rocky Balboa se repone de una feroz paliza y al último minuto aniquila a su oponente, al tercer asalto. Igual pasó en Rocky IV, de 1985: lo único digno de recordar de la Guerra Fría, cuando el boxeador ruso Ivan Drago mata en una pelea de exhibición al bueno de Apollo. Rocky jura vengar la muerte de su amigo, con un inevitable trasfondo político e ideológico: la Unión Soviética contra Estados Unidos, la máquina contra el hombre. La pelea es allá, en el Imperio del Mal, en Rusia. En el asalto 15, Balboa tumba por fin al joven Drago, un metro más grande que él. Gana, cuándo no. Gorbachov se para a aplaudirlo.

Nunca entendí por qué, si todo iba tan bien, el maestro Stallone hizo en 1990 ese capítulo vergonzoso que es Rocky V. Con un pésimo guion y serios problemas de continuidad (el único género que los admite y celebra es el porno y el cine colombiano) fue, repito, una vergüenza. La deshonra del héroe, el epílogo indigno de uno de los mejores personajes de la historia del cine. Sus seguidores pensamos que así acabaría todo. Pero no: el semental italiano siempre se levanta, esa es su gran lección. En 2006, con Rocky Balboa, vino la revancha. La vieja guardia muere, pero no se rinde. (Suena Going to distance). Jo, Adrian, We did it!

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