Soy un simple licenciado en Historia que, casi por casualidad, ha terminado haciendo ejercicio ilegal de la literatura y, por añadidura, otro ejercicio igual de ilegal de la escritura de guiones cinematográficos. Por lo tanto, cualquier persona bien intencionada y con sólidos conocimientos sobre el séptimo arte (virtudes, ambas, de las que carezco) echará por tierra de un plumazo lo que voy a decir.

Primero lo primero, para que nos entendamos. ¿Ubican los lectores de SoHo las grandes películas de cine de Oriente Medio? Bien puede pasar que no las recuerden. No desesperen. Les propongo el siguiente test. Hagan memoria. Intenten recordar si han visto alguna película que tenga un primer plano de ocho minutos sobre el perfil del protagonista, mientras observa el horizonte y pestañea. Otra posibilidad: tal vez se hayan topado con una escena que trata de una ramita flotando en la orilla del mar, un poco para aquí, un poco para allá, durante 14, 20 o 25.

Una tercera opción: en la línea incandescente del horizonte, apenas una mancha oscura. En la reverberación del desierto, la mancha, a medida que transcurren los minutos, va definiéndose como un caminante que se aproxima. O dos caminantes. Dos niños. O un niño y un viejo. A los diez minutos, están lo suficientemente cerca como para que el espectador vea sus facciones. Los caminantes se detienen. Entrecierran los ojos. Vuelven a ponerse en marcha. Pues bien: esas son las escenas propias del cine de Oriente Medio. De Oriente Medio pero del bueno.

Eso sí, no me pidan que les cuente el argumento completo de una peli de esos lugares. Si a la salida del cine, después de zamparme una de esas, me topo con algún amigo, me doy aires de cineasta y le comento que acabo de presenciar una obra maestra, al alcance de unos pocos elegidos. Pero si mi amigo me pregunta de qué trata la película, ahí estoy en aprietos. ¿Cómo contar de qué trata El sabor de las cerezas, de Kiarostami? Un tipo se quiere suicidar y necesita convencer a alguien de que lo entierre.

Dicho esto, me quedo con la vista fija en el horizonte, como hizo el protagonista por espacio de tres cuartos de hora a lo largo del filme, pero en este caso para remarcar la hondura del asunto, nomás. Pero si mi amigo me pide que agregue algo, que le aporte precisiones o detalles, estoy en un aprieto. Porque si mi amigo me pregunta “¿y qué más pasa?”, deberé confesar, arrojándome al piso y mesándome los cabellos, ¡Nada, válgame Dios, nada!¡No pasa más nada!”.

Porque ese es el principal problema de las películas de Oriente Medio. ¡Que no pasa nada en ellas! Seguro que a los personajes, a lo largo de esas dos horas largas que ha durado el tormento, les ocurren cosas. Un montón de cosas debe haberles sucedido. ¡Pero como lo único que han hecho en cámara ha sido pensar, sin actuarlas, sin decirlas y sin un carajo, yo no me he enterado!

No me gusta saberme un ignorante, pero estoy seguro de que, mientras corría la peli, me he perdido miles de símbolos que estaban puestos ahí, delante de mí, para cambiarme la vida. Pero, como soy un palurdo nacido en Occidente me los pasé por alto. Peor, porque ni siquiera nací en Occidente, sino en el patio trasero de Occidente que es América Latina. ¡Peor que peor, nacido ni siquiera en el patio trasero, sino en el cuartito de los cachivaches abandonados en el fondo del patio trasero, que eso y no otra cosa es mi amada Argentina! De manera que así condicionado por mi cultura colonizada, descolonizada y vuelta a colonizar, soy un pánfilo incapaz de detectar un elefante blanco en un baño público, señores.

Mucho cuidado: me anticipo a algunos vivillos que leerán esta nota y dirán: “Yo sí he visto una película de Oriente Medio y la he entendido”. No se confundan. Si ustedes ven una película de paisajes desérticos, cielos abrasadores y horizontes inacabables, pero de repente aparece un tanque, o doscientos soldados que la emprenden a los misilazos para aquí y para allá, ustedes no están viendo una película iraní, señores míos, sino una megaproducción de Hollywood. Tarde o temprano aparecerán los protagonistas (uno blanco, uno negro y uno latino, aunque desde que Meg Ryan tuvo la ocurrencia de pilotear un helicóptero en la guerra del golfo, en estas pelis se aceptan chicas). En estas pelis, los de turbante y túnica son los malos, y si no hablan no es porque estén pensando, sino porque no quieren desaprovechar el tiempo charlando cuando han venido al mundo a matar a todos los marines. Igual no teman, porque los muchachos estadounidenses sufrirán mucho, perderán algún amigo (puede ser el negro, o el latino o hasta la chica, pero difícilmente el blanco), y al final van a ganar la guerra, y no como les sucedió contra esos malditos comunistas de Vietnam.

Repito: esas no son películas de Oriente Medio, sino películas en las que conquistamos Oriente Medio, para llevarles la paz y la civilización, aunque para ello debamos quitarles ese elemento perturbador llamado petróleo (disculpen si abuso de la primera persona plural, pero me posesiono).

Hablando otra vez en serio, sin embargo, creo tener la clave del porqué el cine de Oriente Medio es tan moroso, tan simbólico, tan hermético, tan lento. La razón es simple: les encanta hacer coproducciones con los franceses.

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