He visto porno, ¿cómo negarlo? ¿cómo negar, por consiguiente, la paja? Pero, contrario a lo que creía, nunca me volví fanático. Lo que pasa es que en cine siempre le di más importancia al argumento que a detalles como el reparto o los efectos especiales, y las tramas de las películas porno no es que sean las más atrapantes.

Tal vez la culpa la tenga la primera que vi, a los 14 años. Se llamaba Los trucos del negocio y contaba la historia de dos mujeres detectives que creían que el camino para resolver un homicidio múltiple era culearse a todo sospechoso o testigo del crimen, en vez de interrogarlos y recolectar evidencias, como haría un investigador del común.

Más increíble fue El negro analítico, donde los libretistas se devanaron los sesos hasta dar con la historia: un psicoanalista de raza negra que con todo tipo de argumentos psiquiátricos convencía a sus pacientes de que la cura para sus miedos y taras era el sexo anal. Sobra decir que su herramienta de trabajo no eran los textos de Freud.

Pero nada más absurdo que Emmanuelle en el espacio, refrito del clásico Emmanuelle, y emitido por The Film Zone, donde los extraterrestres llegan a la Tierra para que les enseñemos cómo tiramos los humanos. A ver si entendí: ¿llevamos siglos discutiendo si hay vida en otros planetas, y el día que resolvemos el misterio es porque las mentes más brillantes del universo pusieron su inteligencia, tiempo y dinero en construir naves para viajar millones de años luz y llegar a la Tierra, no a robarnos el agua, tan escasa en su lejano planeta, sino a tener sexo?

Pero si de guionistas están mal, para parodiar a Hollywood son unos maestros. Drew Barrymore, Courtney Cox y Mariah Carey tienen su réplica en el porno: Dru Barrymoore, Courtney Cummz y Mary Carey, esta última conocida por sus tendencias bisexuales y por haber sido rival del Arnold Schwarzenegger a la gobernación de California. En nombre de la industria porno, El señor de los anillos se convirtió en El señor de los fundillos, Pocahontas en Pocahotass y Robocop pasó de perseguir maleantes a ajusticiar rameras en Robocock.

Y aquí es pertinente preguntar en qué nave de Emanuelle en el espacio llegaron los directores de cine porno, porque solo a un marciano se le ocurre que alguien que se gana el mínimo limpiando piscinas se coma a la dueña de la casa, una hembra talla 34C que se pasea por su mansión en baby doll porque su esposo, un corredor de bolsa con cuerpo de fisicoculturista, prefiere copular con la empleada del servicio.

Y la desconexión con la realidad de estos tipos es tal que dos escenas después, la esposa descubre a su marido con la mucama, y en vez de morirse de rabia, se excita, se da dedo y llama al limpiapiscinas para que armen una orgía. Yo no he sabido de ningún instalador de Telmex tan de buenas.

En el porno, las niñas que se peinan con dos colitas, usan gafas, son estudiantes ejemplares y unas taimadas que no saben nada de la vida, de repente se convierten en unas perras viciosas que se comen a la maestra así no necesiten pasar el año, y les fascina que se les vengan en la boca. Lo peor es que nos venden como adolescentes a una cuarentonas de cuerpo magullado que no se quejan de dolor cuando tiene sexo anal, y que si se van en reversa de Bogotá a Riohacha no se alcanzan a sacar todo lo que les ha entrado en 20 años de carrera.

Todo es absurdo: que un adolescente sin carro y con acné se levante a dos gemelas ninfómanas en un bar; que la Cicciolina se coma a un caballo y que el que quede de cuidados intensivos sea el caballo; y que entre polvo y polvo metan escenas de la vida cotidiana: después de un trío hacen un paneo de un tren llegando a una estación, y precediendo a una orgía lésbica se ven las imágenes de un policía dirigiendo el tráfico.

Estas historias y más se pueden ver solo durante 51 semanas al año en cualquier teatro porno colombiano, porque en la restante, Semana Santa, proyectan películas sobre la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, lo que para mí es una grave ofensa, no como católico, sino como espectador de porno.

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