El colombiano es una mula. En todo el sentido de la palabra, y más si la palabra es viajar: trabaja como mula todo el año —o varios años— para cumplirse el sueño de viajar al exterior y, cuando por fin tiene los ahorros listos, se porta como mula, porque solo a una mula se le ocurre llevar Areparina a Miami en la maleta. ¡Hágame el favor! Como si hubiera manera de explicarle a un funcionario de aduanas gringo, armado y hosco, que la Areparina es un producto a base de maíz que las mamás colombianas usan para hacer arepas. Pero la lleva. Porque es una mula. Y las mulas siempre van cargadas de regalos… o de coca.

Cuando el colombiano viaja a los Estados Unidos o a España o a México o a cualquier parte, hay un presupuesto impajaritable: ubicar a un familiar, un conocido o un amigo de un amigo en el destino de las vacaciones. Hospédese o no en casa de ese compatriota, produce cierta sensación de seguridad saber que en la ciudad a donde llega hay alguien ensamblado en estos predios y camina tranquilo llevando entre la billetera un papelito doblado con su teléfono… por si acaso.

La seguridad que brinda el conocido, el primo segundo o la tía de alguien, implica una responsabilidad grande: el regalito. Colombiano que se respete orina acompañado y llega con encomienda a las extranjas. Se prefieren los regalos de tipo alimenticio, que son los que más dolores de cabeza producen en los aeropuertos: manjar blanco del Valle en totuma (siempre viejo, porque todo el manjar blanco que se consigue en Colombia fue hecho en 1957 y lo van expendiendo progresivamente), cocadas (que son de coco y a veces de coca, pero en cualquiera de los dos casos enloquecen a los perros de la Policía), ingredientes para preparar caldos regionales (cubios, hibias, chuguas, guasca) y bolsa de bombombunes o arrancamuelas del Astor. En estos casos, la lógica gastronómica queda relegada a un segundo plano y, así, el colombiano que viaja a Suiza hace caso omiso de Suchard, Lindt y Halba: muy orondo se aparece en casa del compatriota con una caja de chocolatina Jet. A Alicante llega con turrones La Lucerna de Pereira, a la Argentina lleva un vino hecho en Nobsa y para Ecuador empaca sacos de lana. Y, a todas partes, productos supuestamente made in Colombia tipo Sal de Frutas Lúa, Alka-Seltzer, piedra pómez, lumbre, Yodosalín, estropajo, Kola Granulada JGB o leche de magnesia Phillips.

En últimas, el colombiano viajero no tiene empacho en esculcar entre el clóset para reciclar algún viejo regalo navideño que se convierte entonces en detalle transnacional. Estos son cinco objetos perfectos para el medianamente generoso chibchombiano: 1) Lámpara lobísima de fibras iluminadas que, presentadas a manera de ramillete, van cambiando de color mientras giran sobre una base donde van las pilas. 2) Cenicero precolombino con enchape de piedras de fantasía que en la parte de abajo lleva una calcomanía con la frase "orgullosamente hecho en Muzo". 3) Reloj marca Ravel, año 2003, con la bandera de Colombia en el pulso y el tablero (mica ligeramente rayada). 4) Protector de crochet para la tapa del inodoro y de la cisterna con forro para rollo de papel higiénico extra. 5) Un CD de la primera formación de Los 50 de Joselito. Los regalos pueden ir en la maleta o, si se trata de muchos familiares o amigos para visitar, en caja zunchada que siempre amenaza con desarmarse cuando da vueltas en la cinta transportadora del aeropuerto.

Inevitable mencionar que, aun cuando no viaja, el colombiano insiste en tener atenciones con la diáspora. Para eso jamás se le ocurre pensar en un servicio de correo porque "las cosas se refunden" y "todo llega desportillado" (traducción: ¡es berracamente caro!). Así que siempre conseguimos a otro compatriota que nos las lleve en la maleta y, seguro, nunca falta el imbécil que acepte viajar a Nueva York con una docena de ponqués Gala.

Posdata: Ahórrese tiempo y energía, y aprenda de Daniel Samper Pizano, quien descubrió hace décadas la mejor manera de salir del bollo del regalo de viaje: El Balay, en la 15 con 75, en Bogotá, donde una chiva de Pitalito, un pesebre en trapo, un cofre decorado con barniz de Pasto, un tunjo tallado en madera o, incluso, una botella de 350 ml de sabajón de feijoa pueden tender lazos que no se afianzarían ni con un buen polvo. El último buen polvo de Daniel fue, como sus regalos, precolombino… ¡pero qué cantidad de amigos tiene en el mundo!

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