Es tan alta como el edificio de Coltejer sin las banderas; tiene 38.000 metros cuadrados de espacio interior, casi cuatro hectáreas. Las fotos muestran un edificio de plantas irregulares de diferentes materiales —vidrio, concreto, mármol, metal—, como si un gigante bobo hubiera apilado cubos al azar.

La lista de excentricidades que contiene Antilia, como fue bautizado este esperpento arquitectónico, es parte del cuadro de costumbres que ha caracterizado a todas las mansiones por el estilo desde la Xanadú de El ciudadano Kane hasta la Neverland de Michael Jackson: tres helipuertos —¿no era suficiente uno—, nueve ascensores en el vestíbulo, un centro de rehabilitación —¿para las drogas—, un spa, una sala de cine, parqueadero para 168 carros, un cuarto de nieve, tres pisos de jardines colgantes y un largo etcétera de cursilerías innecesarias. En semejante mole van a vivir Mukesh, su mamá, su esposa Nita y sus tres hijos. Ah, y la mascota de la familia, que es una rana. Sí, una rana, qué decepción, cuando uno esperaba que tuvieran un ornitorrinco, un rinoceronte, un león albino, un dragón de Komodo… hasta una morsa o un oso polar que vivieran en el cuarto de nieve.

Para mantener esa mansión-edificio en la que vivirán seis personas más la rana, habrá una planta de 600 empleados. Eso, con seguridad, debe de incluir trabajos bien estúpidos, como el caso de los dos huevones del palacio de Buckingham cuya misión es darle cuerda a 600 relojes que hay dentro, la señora en la mansión de George Soros que desinfecta a diario los pomos de todas las puertas y el empleado de un millonario anónimo, mencionado por Richard Conniff en Historia natural de los ricos, encargado de revisar y volver a colocar los bombillos todos los días.

A propósito de Conniff y su libro, hay un capítulo dedicado a las mansiones. Una de ellas, quizá la más emblemática, es Blenheim Palace: “Edificada para fundar una dinastía, la casa convirtió a los miembros de las posteriores generaciones en locos, bribones, esnobs y cazafortunas, para conservar mejor el techo bajo el que vivían y dorar los lirios de la escayola”. Claro, ¿cómo no se va a chiflar uno en un caseronón inmenso, con cientos de empleados por ahí, haciendo imposible cualquier tipo de intimidad? Pobres los hijos de Mukesh si, por ejemplo, tienen una pesadilla: uno, pobre mortal levantado en apartamento de clase media, podía abrir la puerta, salir al pasillo y ya estaba en el cuarto de los papás pidiendo protección; a estos manes les toca salir del cuarto, atravesar como diez corredores, agarrar un ascensor, atravesar otros diez corredores… Pongamos que uno se meta a cagar en uno de los baños que hay, digamos, en el piso 17, y se quede sin papel higiénico: se puede quedar horas ahí gritando sin que aparezca uno de los 600 empleados, pues da la casualidad que uno está ocupado alimentando la rana, el otro está en el cuarto de nieve paleando, el otro está revisando bombillos en otro piso, y así. Sería una gran tragedia.

Además, lo rico de ir a un spa es ver culos y tetas, burlarse del tipo que se azotó en la trotadora, comentar alguna noticia, interactuar con la gente; lo mismo pasa con la sala de cine, porque si uno va a quedarse en la casa, pues ve películas en la tele. Michael Jackson tenía su parque de diversiones para poder atraer niños, tocarlos y luego recibir demandas, pero lo bueno de un parque de diversiones, un cine y un spa es salir del aislamiento, untarse de pueblo. Siento pena por esa gente metida en su búnker de 27 pisos con exceso de helipuertos y empleados, con zonas enteras a las que no irá nadie, sillones y sofás que permanecerán ahí hasta el fin de los tiempos sin que alguien se siente en ellos.

Claro que, sin duda, es más triste el caso de Curt Degerman (1948-2008), un millonario sueco que reciclaba botellas y latas, y comía sobrados de la basura. Nunca se casó ni tuvo una familia. Vivía como un indigente. Si uno va a ser patético, es preferible serlo al estilo de Mukesh Ambani, de eso no me caben dudas.

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