La verdad es que prefiero quedarme frente a una chimenea tomando vino caliente hasta que se me aparezca un unicornio azul en vez de ir a una reunión de esas, llenas de Juanlozanos, Armanditos y Royes, acompañados de ese poco de señoras embalsamadas que salen de la peluquería o del quirófano, con el mismo color de pelo y la misma expresión facial de Kini, el muñeco LGBTI de Carlos Donoso.

El plan chimenea es sincero y sobre todo desinteresado: nadie anda preguntando cuál es el apellido del brandy Napoleón, en qué colegio estudió John Thomas, ni en qué carro vino Rivelino. Un coctel es mentiroso porque no se sirven cocteles. El vino blanco no es un coctel, y el tinto, tampoco. El whisky con hielo no es un coctel, y con agua es un insulto. La única mezcla etílica que podría justificar ese calificativo es uno al que llaman Destornillador, instrumento que me dan ganas de clavarle a quienes dañan el sabor del vodka a punta de NaranYá.

Solo una vez en mi vida cometí el error de aceptar una invitación a un coctel porque me imaginaba a Tom Cruise mezclando tragos, rodeado de gringas borrachas y sonando de fondo Kokomo, de los Beach Boys. Pero, en realidad, me encontré en un recinto repleto de gente acartonada, que necesita usar vestidos de paño, zapatos de cuero con hebilla, camisas con iniciales bordadas debajo del bolsillo y una tira de tela anudada al cuello para generar en los demás algo de respeto. Mientras en una chimenea hay calor alrededor del fuego, un coctel es tan glacial como el vaso de whisky que la mayoría tiene en sus manos. Pero los entiendo, seguramente ese tipo de eventos están diseñados para dar albergue a esos personajes que por su antipatía no los quieren en ninguna parte, ni siquiera en sus casas. A ellos no les queda más remedio que resignarse y cambiar una comida con su familia por una servilleta de papel que envuelve una colombina de pollo fría y grasosa que fue apanada ayer a las dos de la tarde.

En cambio, una chimenea siempre será una fiesta de unión alrededor del calor y la música en donde se prefiere cantar Zamba de mi esperanza a bailar samba con Esperancita, la de contabilidad. Donde a pesar de todo el rejo que me dio, se dice que es un buen tipo Mi viejo. Y para contrarrestar su alzhéimer, se le recuerda a la Mamá vieja que yo a usted no la olvido. Mientras un coctel siempre estará en el limbo porque sirven suficiente trago como para prenderse, pero a la música no le ponen suficiente volumen como para enrumbarse. Además, ¿quién puede soportar más de diez minutos de música instrumental?

Mientras en una chimenea uno brinda y canta: “Flaca… No me claves, tus puñales, por la espalda, tan profundo, no me duele, no me hace mal…”, de Andrés Calamaro, en los cocteles se personifica el nombre del álbum Alta suciedad, donde aparece esta canción. Porque la única vez que acepté ir a un coctel vi a un fotógrafo desesperado por armar grupos de gente con apellidos poco aborígenes para que salieran en las páginas sociales de una revista. Días después, la siguiente foto de esa indiamenta fue con el escudo de la Policía Nacional detrás, ya que a algunos de ellos les habían descubierto de dónde sacaron la plata para comprar esa ropa tan fina con la que aparecían de izquierda a derecha. Así que es mejor plan vestirse como a uno se le da la gana para ir a tomar trago y cantar sobre un cojín en el piso, alrededor del fuego. Un momento en el que tenemos el mismo rango porque en una chimenea Yolanda es una canción, pero en un coctel es la que reparte los canapés.

Todas las invitaciones a cocteles que me llegan las uso para encender mi chimenea. Para prender ese lugar mágico donde con un pincho se preparan malvaviscos. Allí, donde caben Todas las voces, todas. Donde los amigos son sinceros, rumberos y arriesgados porque alguien que vaya a una chimenea no le teme a convertir la trova en traba. Por eso, hay que seguir encendiendo chimeneas para que se dore el masmelo y se derrita el gomelo.

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