Cuando comencé mi vida pública, a los 18 años, era un avezado coca-colo, como se identificaba a esa generación de copetudos fanáticos de Elvis Presley y James Dean, fervientes del rock and roll, ataviados de bluyín y chaqueta Mc Gregor de cuadros rojos, y lectores de El extranjero, de Albert Camus, y de Buenos días, tristeza, de la Sagan. En su primer manifiesto intuía Gonzalo Arango que esa era la generación que debería conquistar para el nadaísmo, y con ella aplastar al mundo. Observaba con su ojo aguileño: “El coca-colo no acepta el mundo como es, sino como quiere que sea… Su ideal intelectual es ser librepensador, pero no tiene pensamientos libres, ni de los otros… No tiene respuesta para ninguna pregunta, pero no se pregunta nada… Le gusta ser comunista y existencialista para desobedecer a sus padres, y para que sus amigos piensen que es un inconformista y un revolucionario”.
Entré de una y sin visaje en la horda reclutada por el profeta. Al liberalismo de mis mayores le había dado una vuelta de tuerca hacia las propuestas de Trotsky. Pero sin entregar hacia un nuevo bastillazo al Marqués de Sade. Mi trago era el Cubalibre, mezcla de esa gaseosa imperialista con ron, par cubitos de hielo y una rodaja de limón. Lo que no quiere decir que no iba a apoyar la reciente Revolución cubana con toda el alma, como aún la sigo queriendo con el ánimo que me queda.
Fui uno de esos escritores rarísimos que nunca se aprovisionaron de un termo de café para trabajar en las noches, como nunca me fumé un cigarrillo, por lo menos de nicotina. Los adictos de estas dos sustancias me dicen que me he perdido de los más grandes placeres del hombre contemporáneo. No importa. Tuve y sigo teniendo otros. Como invitado a un reciente encuentro de poetas nadaístas en el Jardín Botánico de Medellín, me asignaron una muy gentil y juvenil cicerone, quien mientras atravesábamos el boscaje me detuvo para inquirirme: “¿Usted todavía nada?”. No me quedó más que contestarle, cosa que ella se apresuró a comprobar: “Niña, yo todavía todo”.
Cuando en el año 1970, en un alarde de menguada creatividad, lanzamos la revista Nadaísmo 70, una de las primeras cosas que hicimos en son de revolución fue reproducir un poema subrepticio del español Rafael Alberti que, viéndolo bien ahora, resultaba líricamente más tóxico que el repudiado bebedizo:

“Me basta ver la coca cola, ese vomitivo invasor, / para morirme de dolor / lejos de mi tierra española. // Cuando bebida tan extraña / veo orinar de una botella, / digo muy fuerte: ¡Me cago en ella! / ¿Qué hago yo aquí lejos de España? // Y si en la farra disoluta / me la tengo que beber, / digo también: ¡Hija de puta! / ¿Qué hago lejos de Jerez! // Me basta ver la coca cola, ese pis norteamericano, / para acudir, fusil en mano, / a salvar mi tierra española”.
Revisando los escritos de García Márquez, encuentra uno un texto rotundo, Estados Unidos, Cuba y Coca-Cola, de octubre del 81, donde afirma: “Los cubanos han demostrado, entre muchos otras cosas, que se puede vivir sin Coca-Cola a noventa millas de Estados Unidos. Fue el primer producto que se acabó con el bloqueo, y hoy no queda ningún vestigio de su pasado en la memoria de las nuevas generaciones”. 
Investigando en retrospectiva con el mismo personaje, confeso comunista por lo menos en su libro De viaje por los países socialistas, y a quien el comunismo ha querido dejar atrás cuando el que se quedó atrás fue el otro, encontramos, oteada desde la ventanilla del carro precario en que viaja con dos amigos, y como canto de victoria del socialismo contra el imperialismo y su símbolo gaseoso (“Todo lo sólido se disuelve en el aire”), la descripción de la superficie de la Unión Soviética y su característica diferencial frente al mundo: “… ­—tres veces los Estados Unidos—, ocupa la mitad de Europa, una tercera parte del Asia y constituye en síntesis la sexta parte del mundo, 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un aviso de Coca-Cola”. Una cuña negativa consagratoria. Al presente, la Coca-Cola norteamericana, con sus ingentes fábricas, tiene tomada Rusia, y está embotellando para ella y otros países de su antigua influencia, el Kvas, bebida fermentada a base de pan negro, que se conocía en el periodo poszarista como la “Coca-Cola comunista”.
Cuba no quiso quedarse sin la Coca-Cola tras el bloqueo, y se mandó a producir en el laboratorio la Coca-Cola cubana. Que, cuando se le trajo al Che, como ministro de Industria, para que la probara, al primer buche exclamó escupiéndola: “Sabe a cucaracha”.
Las múltiples imágenes que trabajó ese revolucionario plástico Andy Warhol con la Coca-Cola como modelo son tan impactantes como las que hizo con las sopas Campbell’s, con Mao y Marilyn Monroe, convirtiendo su envase en el ícono pop de este mundo industrializado. Hoy por hoy, me interesa más el artista pop que los antiguos miembros del Komintern. Me parece reaccionario militar en la actual izquierda, pero a la vez inicuo que antiguos compañeros en la solidaridad con la lucha contra el imperio aniden sin empacho en la extremada derecha. Recuerdo la frase de Cocteau: “Soñaba con una extrema derecha virgen, muy cercana a la extrema izquierda hasta el punto de confundirse con ella, pero en la que pudiera actuar independientemente”.
En 2000, un encuentro de colombianistas comandado por Ignacio Ramírez me puso en la Universidad de Milán a disertar sobre el conflicto. Me centré en el tema de la paz, condenando por igual los desafueros de la fuerza pública y de la desatada insurgencia. Ni un aplauso. Al salir de la sala, un energúmeno se paseaba proclamando a grito herido que de lo menos que requerían en ese sitio era de “neutralistas”. Qué palabrota. Me pareció ofensiva hacia mis cojones de pacifista. Mientras en otro salón, Alfredo Molano, quien hacía la apología del accionar de las guerrillas, recibía el aplauso cerrado de la militancia muchacha.
No debo olvidar tampoco que, en los ochenta, fui llamado como director creativo de Sams Publicidad, empresa de la Coca-Cola. Incorporé al staff a mis amigos nadaístas Amílcar Osorio, Pablus Gallinazo, Jaime Espinel, Elmo Valencia, mi médium Claudio Vernot y Peggy Kielland, quien había sido novia de manigua de Bateman. Y mientras Estados Unidos se tomaba el mundo con su política, sus armas y su producto estrella, los nadaístas tomábamos la Coca-Cola.

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