El boom de las chimeneas, en cambio, no duró más de 15 años y cayó en desgracia a finales de la década de los ochenta. Estos eventos, como acampar en el Neusa o comer fresas con crema en Sopó, desaparecieron de la faz del planeta (o por lo menos de la sabana de Bogotá) por selección natural. Si hay alguien que todavía se reúne alrededor de unos leños con una guitarra para tomar vino caliente, por favor, denúncielo. Está capando museo.

Dentro de las posibles razones por las cuales las chimeneas se extinguieron (y en este caso, el verbo no podría estar mejor conjugado) está la temperatura ambiente. La temperatura promedio de un coctel, salvo que sea de noche y al aire libre en una finca en Anapoima o en Cartagena y la brisa decida excusarse de asistir al compromiso, o se encuentren presentes más de dos expresidentes, oscila entre los 9 y los 13 grados centígrados. Las chimeneas, manifestaciones sociales de tierra fría, más exactamente del altiplano cundiboyacense, manejaban temperaturas entre los 27 y 38 grados en recintos cerrados, niveles donde no sobreviven sino contadas especies. Uno supondría que en las chimeneas la gente andaba desnuda, como en el infierno. Pero no. Aún siendo un infierno, por alguna razón, el atuendo típico de las chimeneas constaba de saco preferiblemente de lana virgen, ruana y bufanda. El traje de coctel, del otro lado de la moneda, es un código que se maneja universalmente. Salvo en los vernissages de artistas, los hombres llevan corbata. Pero las mujeres, y he ahí la diferencia que vale la pena destacar, vestiditos escotados que muestran hombros y muy buena pierna. Lo que los hace infinitamente más frívolos y atractivos.

Uno de los mayores problemas a los que se enfrentaron las chimeneas es que todas las manifestaciones culturales y civilizaciones que consolidaron sus ritos alrededor de una hoguera ya no existen o están próximas a desaparecer. Desde los cavernícolas, hasta los boy scouts, pasando por los gitanos, los hippies y los campistas. Solo dos prácticas mantienen la chimenea como estandarte: la falacia mal construida de la Navidad en Estados Unidos, donde Papá Noel ni siquiera cabe por el ducto, y la elección del papa, que si bien podemos dar fe del humo, no hay indicios de cardenales tocando en el cónclave. Tocando guitarra.

En las chimeneas, como en las grandes ciudades de América Latina, la movilidad era cero. Quienes asistían quedaban aplastados inmóviles en un sofá toda la noche. Los cocteles, en cambio, permiten recorrer el recinto, cambiar de interlocutores, asaltar a un mesero en el camino, caerle a una hembra y desaparecer cuando la cosa está demasiado aburrida. Es decir, a los 15 minutos. Con una gran ventaja adicional. Que se puede hacer rancho aparte sin terminar oliendo a rancho. 

Las chimeneas fueron esos grandes focos de infección donde se incubaron la trova y la canción de autor y de donde salieron más adelante los jurados de La voz. Veinte personas en la sala de un apartamento tocando guitarra y cantando Como agua caliente jamás imaginaron que con sus prácticas estaban adelantándose al karaoke. La ventaja de los cocteles es que no hay música. Y si la hay, será siempre opacada por la comidilla de los comensales que se la pasan comiendo una variedad infinita de canapés, hors d’oeuvre y pasabocas cada vez más variopintos. E indigestos. Pero sin lugar a dudas, una oferta más variada que el único, el famosísimo e inigualable lomo al trapo preparado siempre en todas las chimeneas durante 15 años ininterrumpidos.

Aunque la palabra coctel viene de cocktail, en los cocteles no suelen servirse cocteles. Solo tragos básicos como whisky, vodka o vino. Pero no vino como en las chimeneas, recalentado al baño María. Ni tampoco tinto con aguardiente o brandy, ni carajillos, ni carajadas. En los cocteles sirven trago. Y uno va a tomar trago. Trago servido por meseros mejor vestidos que los asistentes, cuya única misión es emborracharnos para vernos horas más tarde salir detrás de esos vestiditos cocteleros escotados. Trago que terminan tomándose los mismos encargados de administrarlo. Por fortuna, en los cocteles las fotos de las sociales suelen tomarse a la llegada y no a la salida. Y por fortuna, en la época de las chimeneas no existían ni cámaras digitales ni redes sociales, por lo que el material gráfico que habría servido para documentar aquellos encuentros etílicos es prácticamente inexistente. Porque las chimeneas, al igual que los cocteles, son dos grandes excusas inventadas por el hombre para emborracharse. Siendo, insisto, mejor coctel que chimenea. ¡Salud!


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