Dicen por ahí que “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas”. La música de Silvio Rodríguez, cubano, solo puede emparentarse con el aire que les da vuelo. ¿La “música” del puertorriqueño Ricky Martin? Si acaso con eso tan ornitológico pero tan cero volátil que nos obliga a correr cada vez que vemos que un ave se nos pasea por encima.

Creo que el trovador de San Antonio de los Baños estaba pensando en muchos Ricky Martin de ayer y de hoy cuando hizo ironía del lugar común con su famoso verso Te quiero, mi amor, no me dejes solo / no puedo estar sin ti, mira que yo lloro. En cambio, con solo consultar un par de sus canciones, se nota que el boricua ni siquiera ha pensado una sola vez en Silvio.

Algunos de los menos jóvenes defensores de Martin dirán que el hombre era bueno (ejem…) cuando hacía parte de una agrupación en la década de los ochenta. ¡Menudo fiasco! Pues aunque no lo crean, Silvio también pasó por un grupo. Se llamaba el Grupo de Experimentación Sonora del Icaic (el instituto de cine de Cuba). Y hasta donde sé, ninguno de sus integrantes —Pablo Milanés, Noel Nicola, Sara González y otros dignos coetáneos— se vio jamás en la necesidad de hacer coreografías para trascender.

Sé que este ejercicio compartido incluye una defensa del señor Martin. Insisto que la comparación no resiste la prueba ácida, pero sería de admirar que quien asumiera tan encomiable labor se atreviera a defender una letra, unita no más, del sujeto de marras. O al menos que intentara restarle importancia a cualquiera de las contundentes, complejas, parnasianas, urgentes canciones de Silvio Rodríguez. Ni siquiera necesitamos citarlas aquí: Si Ojalá y La maza pueden llegar a saturar, no lo pongo en duda, es porque han sido cantadas hasta la saciedad, destino natural de una composición redonda. ¿Recuerda usted cómo iba la letra de Livin’ la vida loca? ¿Podría cantar en la ducha una frase de alguna canción de Ricky Martin algo más larga que un, dos, tres, un pasito pa’lante, María, un pasito pa’tras?

Silvio Rodríguez nos recuerda que música y poesía alguna vez fueron una sola cosa. Su obra nació para un mundo inexistente en el que el artista no es un producto de catálogo; en el que componer y escribir con inteligencia es más meritorio que exponerse en ropa ajustada. Tome usted una canción de Ricky Martin como La bomba y terminará balbuceando un coro sin sentido. Propóngase escuchar una sola canción del cubano, pongamos que Escaramujo y, si no le gusta, al menos terminará recurriendo al diccionario. Y eso siempre se agradece.

Cuando no bastan una guitarra, una voz y un talento compositivo, aparece Ricky Martin; es decir, todo lo demás: coreografías epilépticas, instrumentación efectista, iluminación y sonido deliberadamente atronadores cuyo objetivo es no dejar ni ver ni oír.

No sé qué tan bien visto esté Ricky Martin, sobre todo tras decidir, después de unas reveladoras declaraciones, cambiar radicalmente de público objetivo (no hay costeño que pueda contener la risa cuando le dicen que Martin le cantó a La copa de la vida). Lo que sí sé es que la música de Silvio Rodríguez tampoco está hecha para todo el mundo. Pero así se volteara después de viejo, sus correligionarios no lo haríamos. Como no ha pasado, fieles que somos, en más de 40 años de carrera.

De seguro, aunque no nos consta, el tema de la venta histórica de discos puede favorecer a Martin, con todo y que Rodríguez le dobla la edad artística. No queda en ese caso sino darle la razón a Baudelaire cuando dijo que al público “jamás hay que ofrecerle perfumes delicados que lo exasperen, sino inmundicias cuidadosamente escogidas”.

No lo piense más: la música de Ricky Martin es mejor perdérsela. Y ya que en esas estamos, nuestra recomendación incluye darse la oportunidad de perder un unicornio.

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