Un flamante Maserati rojo expone a cualquiera a una inmediata vergüenza frente a los usuarios de otro carro de marca (¡y rojo!): el Volvo. Tenga la seguridad de que cuando lo lleve usted a la Caracas con 53, y no pueda pasar de los 30km/h, verá a su lado, apretadas, cientos de sonrisas en un largo Volvo con fuelle que puede doblar la velocidad de su “animal” y ganarle un pique de ahí hasta la 39. Maneja en una ciudad donde se mide a los políticos por su capacidad para tapar huecos y garantizar movilidad (el mismo “tráfico” de hace dos décadas), y todos nuestros políticos reciben credencial de incompetencia el día en que se posesionan.

Si no hemos podido ponernos de acuerdo en la pronunciación de marcas tan familiares como Renault (“renol”, “renó”, “renolt”) o Peugeot (“peshó”, “piyó”, “pelló”), mucho menos podremos verbalizar el nuevo, y muy ponderado, modelo de Maserati, el Ghilbi. Ese es un nombre que ni Juan Ricardo Ortega pronunciaría con soltura… y si lo logra, le vendrían a la mente las denuncias que hizo la Dian hace unos meses sobre Maseratis y Ferraris que se importaban facturando precios de 70 millones cuando costaban 400. No tiene por qué sentirse como un “lavador” conduciendo un vehículo tan costoso en Bogotá. No: para pensar en “lavado”, están quienes lo vean llegar a la “bomba” Esso de la Primero de Mayo con 63, preguntando si venden pandebonos en el On The Run.

Pero, más allá del qué dirán, seamos prácticos: ¿se consiguen espejos de Maserati en el Siete de Agosto, ¿en Autoniza venden en horas de oficina una lata de dark smoky quartz metallizzato para convertir un rayón en pasado, ¿sabe de algún mecánico que se le mida a revisar (ni siquiera reparar; apenas revisar) una suspensión Skyhook electrónica, ¿es posible reconstruir una moldura de carbono para las puertas si un tacón femenino la hace ceder? (Si contestó afirmativamente al menos dos de cuatro, cómprese el Maserati sin temor alguno).

Caso aparte son los cambios en el comportamiento ajeno que usted comenzará a percibir en quienes lo rodean, y que pueden ser definidos de manera más o menos concisa: vecino (envidia), hijos del vecino (pinchazo doloso), taxista (cerrada), mendigo no atendido (rayón con clavo oxidado), volquetero (“toque”), jefe (sospecha de deshonestidad), adolescente en bus de colegio (chiflada), empleado de parqueadero (“no hay cupo”) y policía (comparendo), por mencionar solo las obvias. En un plano más elaborado, remítase a un par de párrafos atrás y recuerde que Ortega sigue siendo el director de la Dian.

Al volante de un Maserati se sentirá como un monegasco… siempre y cuando esté en Mónaco. En Bogotá, nunca dejará de experimentar en carne propia aquella sabia comparación ochentera: “Como mosco en leche”. Lo sabemos: no es fácil ser rico en un país donde todos somos pobres y los ricos reciben calificativos con aire de oxímoron, como aquel de “pobre rico jijue…”. Lo único seguro es que el día en que en un arranque de ira le dé por conseguir gente para que le vuelvan una melodía su Quattroporte no agenciado —como hizo un chino de Qingdao—, descubrirá que harán fila para darle una mano a usted y un par de martillazos al carro (búsquelo como Maserati Quattroporte Smashed Up).

¿Un Maserati en Bogotá? ¡Qué locura y qué despropósito! Ahórrese esa plata y cómpre algo más cómodo. ¿Qué tal un Fiat Uno, modelo 1994? Se consiguen desde cuatro millones de pesos y tienen un detalle magnífico para el arribismo soterrado: nunca olvide que Fiat es la dueña de Maserati.

Posdata: si, de terco, lo compró, anote este número de teléfono en Mónaco: 800 93 888. Allí, cuando termine la vida útil de su aparato, le tramitan un desguazamiento ecológico. Téngalo siempre a mano. Como están las calles de Bogotá, el entierro medioambiental de su Maserati puede estar a la vuelta de la esquina. Sí, justo ahí donde está el policía que lo va a “partir” por tener un cocuyo fundido.

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