Los responsables de la revista han tomado una decisión sabia al encargármela. Primero, porque soy argentino, es decir, compatriota del astro del Barcelona. Y a los argentinos nos encanta hablar bien de los argentinos, siempre y cuando el otro polo de la comparación sea extranjero. En esos casos, sacamos a relucir nuestras mejores galas patrióticas (con gorro frigio y todo, si pinta la ocasión). Distinto es si la comparación es entre dos argentinos. En un caso así, si lo que se espera de nosotros es que comparemos al argentino A con el argentino B, un trágico destino tribal nos sube desde las tripas, nos hace enredarnos en confusos argumentos, y concluir que, en resumidas cuentas, ni el sujeto A ni el sujeto B son personas demasiado meritorias. Para méritos, uno mismo, el argentino C, con “c” de columnista, o sea el que firma la nota, dicho esto modestamente.

Pero hay otro motivo adicional para que sea muy oportuno encargarle esta columna a un argentino. En los últimos años, en Argentina nos hemos vuelto expertos en progresismo. Nos hallamos empeñados, de hecho, en una carrera desesperada para demostrarnos, los unos a los otros y hasta a nosotros mismos, al poder ejecutivo, a los medios hegemónicos y a quien nos quiera escuchar, que nacimos progresistas, somos progresistas y no moriremos progresistas, sencillamente porque nuestro progresismo nos hará eternos y nos salvaguardará de la muerte y sus corrupciones. Tenemos un gobierno progresista, una oposición progresista, un clero progresista, unas fuerzas armadas progresistas… Si me apuran, estimados lectores, les digo que en Argentina estamos todos a la izquierda del mismísimo Lenin. Pero solo si me apuran. De manera que si un argentino les dice, queridos lectores de SoHo, que Messi es el adalid último del progresismo, y Cristiano Ronaldo es el último baluarte de la reacción derechista, créanlo. Créanlo y suscríbanlo. De lo contrario voy a enojarme, que es lo que hacemos los progresistas argentinos si alguien osa contradecirnos.

¿Motivos? ¿Necesitan motivos para suscribir la idea de que Messi encarna al progresismo? Ejem… veamos… (No estaba listo para esto. Acá en Argentina nos alcanza con grandes enunciados: no nos detenemos en menudas justificaciones… Pero en fin, lo intentaré).

Ah, ya sé.

Primero que nada, observen qué camiseta lleva puesta cada uno. Messi juega en un club que fue perseguido por el franquismo y debió tolerar décadas de opresión centralista. Mientras que su contrincante portugués se desempeña precisamente allí, en la cuna, en el foco de la reacción capitalista-clerical que gobernó España durante las décadas centrales del siglo XX (qué bien suena eso de “capitalista-clerical”, juro que lo improvisé). Además, si ustedes reúnen los colores de la indumentaria utilizada por el Barça en las últimas temporadas, sumando el tradicional azul-grana con las camisetas suplentes, de Champions League, etcétera, llegará casi a la totalidad de los tonos de la bandera internacional del cooperativismo. ¿Usted cree que eso es casual? ¿Verdaderamente lo cree?

Otro argumento incontestable: ¿Cuál es la pierna hábil de Lionel? ¿Acaso la retrógrada pierna derecha, esa que el lusitano utiliza casi exclusivamente para pegarle al balón (confieso que con extraordinaria pericia)? No, señor. Usa la zurda. Y no es que le resulte más fácil. No, señor. Es un tributo, tácito y permanente, a aquellos viejos revolucionarios franceses de la Asamblea Nacional de 1789. Cada semana, en consecuencia, mientras Cristiano, a fuerza de derechazos, refuerza la opresión, consolida las clases dominantes y la extracción de la plusvalía, Messi, con cada toque de su bendita zurda, invita a los proletarios del mundo a unirse y a sacudirse el yugo de la patronal y del modo de producción capitalista.

¡Y su origen, señores míos! Nacido en Rosario, es decir, en una provincia de la Argentina, país recónditamente ubicado donde el diablo perdió el poncho, el cuádruple ganador del balón de oro representa ya no a la periferia, sino a la periferia de la periferia. Una especie de periferia al cuadrado. ¡Y su rival, en cambio, es un europeo de pura cepa, señores míos! Se me dirá que Portugal no es Suiza ni Noruega. Bien. Lo acepto. Pero comparado con Argentina, Portugal es una mezcla de Alemania con Francia, con algunos condimentos daneses, si se me permite.

Y por último, pero no por último menos principal. Y este argumento va en serio, estimados lectores. El festejo de los goles. El de Messi es, a carta cabal, un festejo socialista. Siempre se abraza con sus compañeros. Siempre agradece al que le pasó la pelota. Siempre se acerca a reivindicar a sus colegas, cuando ha sido otro el autor de la conquista. ¿Qué hace, en cambio, el adalid del capitalismo merengue? Sonríe, le hace gestos provocativos a la hinchada rival, alza el mentón, se acomoda el jopo engominado, saca pecho, se mira en los enormes monitores, se asegura de dar la estampa de macho alfa, y luego se deja adorar por el resto del equipo.

Me apuntan aquí que Messi, al final de su festejo, alza los ojos al cielo. Es cierto que, en nuestra próxima reunión plenaria, los progresistas argentinos deberemos discutir, y decidir, si esa actitud no constituye una rémora, un resabio de un pasado atávico de oscurantismo religioso. Por el momento, no voy a profundizar en la cuestión, porque con el papa Francisco recién entronizado, los progresistas argentinos estamos en estado de revolución intelectual y emocional, y no sabemos bien cómo pararnos. Espero que los lectores me excusen al respecto por unos días, hasta saber a ciencia cierta para dónde sopla el viento, y acomodarme en consecuencia.

Llegado el caso, prepararé un confuso argumento que relacione al papa, reconocido hincha de San Lorenzo de Almagro, con el Fútbol Club Barcelona. ¿O sus camisetas no se parecen muchísimo? Quién lo creyera, esto del progresismo nacional a uno lo obliga a permanentes esfuerzos intelectuales. Casi no es vida, les confieso.

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