Todo podría resumirse en unas pocas palabras, diciendo: al cabo de tres meses en el trabajo de zapa contra el hábito, conseguí con la ayuda de Nicorette bajar a la mitad la dosis cotidiana de cigarrillos. Contra mí mismo. El contra mí mismo importa. Hablando con sinceridad reconozco que terminé haciendo el intento de abandonar la horrible pero querida costumbre (ayudándome con la fuerza de voluntad de las quijadas), tan solo por las nobles y santas razones del trabajo del cronista. Como uno que realiza un experimento, como si me hubieran enviado en nombre de la revista a un matadero chino de armiños, a un campeonato de ajedrez entre simios clonados, al matrimonio de una ex monja búlgara con un cardenal africano o a la cumbre del Everest a entrevistar un montañista ciego que se niega a bajar.

Al principio de la experiencia algo en mí muy hondo siguió oponiéndose al propósito de dejar de parecerme al legendario dragón de los cuentos de la infancia que expulsa humo por boca y nariz. Qué gracia tenía, me preguntaba, dejar de imitar al bicho mítico para transfigurarse en un plantígrado rumiante que da vueltas a un pedazo de goma medicada entre las mandíbulas, como un beisbolista yanqui, como un adolescente yanqui lleno de hormonas, tedios y muelas, con la ilusión de alcanzar el estado de gracia de los hombres que no fuman, y no andan envenenándoles el ambiente a sus prójimos. Pero el trabajo es el trabajo, respondía, y me animaba la esperanza: tal vez, en la tarea, hallara al mismo tiempo la calva oportunidad de liberarme de esta cárcel detrás de cuyos barrotes de humo me encuentro atrapado desde la juventud, y a cuyas cenicientas miserias he terminado por acostumbrarme en la madurez.

Y una tras otra fui consumiendo las pastillas de Nicorette con la tenacidad del que cumple un deber, con la curiosidad científica de ver lo que iba sucediendo en mis relaciones con ese cilindro apestoso de papel cargado de venenos y de mala fama universal. Muchas ideas surgen de una buena disposición del cerebro. Y muchas malas influencias del espíritu dependen de algún desequilibrio en su mecánica y su química. Muchas veces, lo he comprobado, la melancolía, el desgano de existir, lo que llaman la angustia existencial no tienen que ver con las circunstancias de la vida sino con una baja inesperada en el azúcar, por ejemplo, o con una deficiencia de potasio. El Nicorette, haciéndole trampa al deseo, al subir el nivel de nicotina en el torrente sanguíneo, vuelve superfluas las atalayas de humo desde cuyas alturas el mundo nos parece a los fumadores recalcitrantes más amable y coherente a pesar de la corte de inconvenientes que arrastra consigo y de las sustancias letales que nos inocula, alquitranes y hollines que nos incorporamos en medio de frenéticas aspiraciones. La cosa funciona. Para empezar la pequeña pastilla gomosa ablanda en nuestro interior las resistencias, todas esas razones endebles y falaces pero tan poderosas también de las cuales echamos mano los fumadores para defender nuestro derecho a humear, y para encontrarle ventajas aparentes al vicio nefasto. A mí, viejo sofista, me permitió de veras ponerme en desavenencia con la vecindad implacable de este quijote fantasmal que acaba por transformarnos en unos humillados escuderos engañados por las promesas de sus baratarias de hollín, con los consuelos de sus perniciosas combustiones que incluyen un hipotético relajamiento y la ilusión de contar con una compañía amigable.

Pero las cosas no siempre resultaron fáciles en el empecinamiento contra el cigarrillo. A veces, cuando me disponía a meterme en la boca la pastilla de Nicorette, una voz secreta y perversa me ordenaba: deja quieto ese chicle. Y a veces acabé fumando mientras las tabletas amarillas se resignaban a esperar que los ángeles protectores de la buena farmacopea me convencieran de sus ventajas, de los beneficios inocultables de abandonar el vicio que nos procura la anoxia, la marcha claudicante y un tufo de crematorio.

Mientras masca la tableta amarilla uno adquiere coraje, se atreve a establecer un punto de vista crítico hacia la fatalidad de fumar, a juzgar el hábito con severidad que merece. Pero, repito, las cosas nunca se presentan fáciles en la lucha contra el cigarrillo. El cigarrillo para el fumador veterano al cabo de los años acaba por entronizarse como un testigo imprescindible de su vida, como un espectador inextinguible de sus actos. Y estos parecen vaciarse de sentido en ausencia del leve objeto humeante con una chispa en la cabeza. El hediondo camarada se niega a ser relegado a pesar de las razones que esgrimimos contra la esclavitud, contra la servidumbre del cilindro de amonio, gas cianhídrico, y pesticidas, que vive a nuestras expensas y empobrece al usuario mientras enriquece al fabricante.

Ya se sabe. El tiempo para los físicos es relativo al espacio. Para los psicólogos es un sentimiento plástico más o menos hondo o trivial. En ciertos casos tres meses comunes (de los de treinta días) pueden convertirse en tres siglos escarpados (de los largos). Como cuando se espera algo que se anhela y se tarda, una amante ultramarina bajo un aguacero, por ejemplo, o llegar al fin de un camino erizado de dificultades, o al término de un proceso intrincado de duelos hacia una renuncia. La renuncia al cigarrillo para la ocasión. El tiempo se alarga en la disputa con el obstinado fantasma, con ese amo de papel que nos retiene a nuestro pesar con blandas cadenas azulgrises.

Hay una cosa mejor que el placer de fumar, dice uno, echando mano del lugar común, y es dejar de fumar. Pero hay algo peor: estar solo, sin consuelo, responde el demonio del tabaco, defendiéndose con falacias, como si fuera cierto que el cigarrillo espanta la soledad y la tristeza. Sin embargo nada es más triste de ver que un hombre fumando, dice uno, convertido en una bodega de alquitranes por voluntad propia, dejando por donde pasa el rastro más triste de todos: el de ceniza. Pero el duende de la planta caribeña responde: el fuego es sagrado. Los fumadores rinden homenaje al antiguo sacramento del fuego. Y uno. La combustión del cigarrillo cuenta con cinco mil elementos dañinos mal contados. Y él: hay una conspiración contra el cigarrillo, si fuera tan dañino la humanidad hubiera renunciado al tabaco hace tiempos, hay montones de ancianos que fuman desde la juventud, y la duración es relativa, a veces hay vidas muy largas que no son más que unas largas vidas vacías. Y uno: más vale dejarles la vocación a los volcanes, a los inventados dragones que nunca existieron, a los bárbaros atilas que nunca dejan descansar los incendios. Y él: no menosprecies el cigarrillo. Induce a la reflexión, propicia las mejores nostalgias de los poetas. Pero los pensadores son casi siempre individuos melancólicos, y los poetas biliosos. No es culpa del cigarrillo. La culpa es de la condición desgraciada del mundo y de la limitación de las rimas posibles.

No ha sido fácil, pero creo que estoy bien encaminado, que poco a poco me acerco al día del milagro. La mala voluntad se va viniendo abajo como una torre de naipes, haciéndose cada día más débil con la ayuda de las ciencias de la higiene moderna. Después de tres meses he sido incapaz de vencer por completo el enemigo de humo de apariencia débil, pero obstinado. Pero ahora estoy convencido de que es posible renunciar al hábito. Y de que carece por completo de las virtudes que se le atribuyen y del brillo que le añaden los publicistas por razones inconfesables. Por irresponsabilidad criminal.

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