Vivo en una vereda de La Calera desde que nací, en una casa simple rodeada de arrayanes, acacias, trompetos, raques y tal cual pino. La carreterita que conduce al ramal —antiguo camino a Monserrate— es solitaria, nadie transita por ella. El ramal termina en la carretera que, cada día más atestada de carros, busetas y tractomulas, lleva a Bogotá. No es difícil dar con mi hueco porque los campesinos, que ya no lo son, me conocen. Justo por esta razón hace diez años, cuando recibía amenazas de Carlos Castaño, supe que miembros del Ejército Nacional habían pasado la noche en los alrededores de mi casa. No pude establecer nunca si me cuidaban o me vigilaban. Cuando los escoltas asignados por el DAS para vigilarme le preguntaron al suboficial que mandaba a los uniformados qué hacían por ahí fue más sospechoso: buscamos unos abigeos. En la vereda no hay vacas desde que los potreros se volvieron jardines.

Diez años largos me separan de aquella zozobra que viven quienes son clasificados por la inteligencia del Estado como PMI (Personaje Muy Importante). Andar en vehículos blindados viejos, con las ventanas cerradas, con escoltas armados —que a la hora de la verdad no se sabe para quién trabajan— y, además, estar seguido o vigilado —o mirado siquiera— por una organización de tantos ojos como manos era una pesadilla. Para este artículo, ya no viviría las cosas como una tragedia sino como una comedia: un grupo de inteligencia, contratado por SoHo, me seguiría a todas partes. Los lectores mirarían mi vida por el ojo de una cámara y por los ojos de unos sabuesos ávidos durante cuatro días.

El primer día de investigación salí a las 9:00 a.m., como casi siempre. Hago muchas cosas antes de decirles adiós a mis perros, que andan babeando de calor, y de echarle un vistazo a mi caballo, que come tranquilo en una pesebrera desvencijada como el retablo donde vivía san Antonio, el ermitaño. Doy vueltas antes de prender el carro. Y vueltas. No me gusta bajar a Bogotá, de donde regreso siempre desagradado, agitado y con sueño. Pero lo hago. Muchas veces a hacer nada. A dar más vueltas. Confieso que al salir, ese día no recordé que tenía tras de mis movimientos a un par de avezados detectives. Pero al llegar a la ciudad lo recordé y volví a vivir los tiempos de la paranoia. "Las ciudades pervierten las costumbres", como sentenció ese gran filósofo de la vida simple, José Alfredo Jiménez. Miré por el retrovisor con la idea de ir registrando los carros o motos —o ciclas, todo es posible— desde los cuales podrían estarme espiando. A las tres cuadras, cuando había frenado cinco veces contra el carro delantero, todos los colores, marcas, modelos de los vehículos que iban atrás se confundían. Busqué a una vieja amiga que me había pedido una foto en la que fumaba un habano para hacer una propaganda sobre el humo y el humor. La llamé y acordamos vernos en un sitio que yo pudiera controlar: la sala de espera de mi dentista. En la puerta del parqueadero me detuve a chequear quién entraba detrás de mí. Es obvio que quien vigila a otro vaya a la zaga. No, nadie entró sospechoso, salvo un par de hombres de anteojos negros, trasquilados, collares al pescuezo y tuercas de oro en las muñecas,  en una camioneta plateada 4x4. Los descarté por axiomáticos y porque la ciudad está ahora plagada de esa gente. Pululan. A la dentistería nunca llegó mi amiga. Suele suceder.

Desprogramado, llamé por teléfono a un par de viejos camaradas de luchas para entregarles los fierros que les había prometido días antes. Era evidente, yo había olvidado a los detectives. Encontré a mis amigos, como siempre, en un café de la calle 16, frente a donde algún día estuvo el Gun Club. Es un sitio adorable y sórdido que me hace sentir un conspirador profesional, una especie de Plinio Mendoza Neira en los años cincuenta. Hay fotos de Gaitán apoyado seductoramente sobre su brazo derecho, hay fotos de Agustín Magaldi —con quien el caudillo tenía un aire—, y en la vitrola todavía se oye a Margarita Cueto. Me di cuenta de que nadie me seguía y si me hubieran estado siguiendo me habría dado igual. Entregué los fierros a mis amigos que —entre paréntesis— se encuentran referenciados en algunas de sus páginas; me tomé con ellos un aguardiente y les dediqué un ejemplar: "A mis camaradas de la vieja guardia…". Regresé a mi casa fatigado.

Segundo día. Salí de mi casa exactamente a las 8:20 a.m.. Sentí en la nuca el peso de los ojos de mis seguidores. En una época me había acostumbrado a esa sensación y ahora, muchos años después, la volví a sentir. Me pregunté si se trataba del seguimiento contratado o del oficial. No me pregunté, por supuesto, si unos y otros son igual de pilos porque todos los detectives que en el mundo han sido —exceptuando a Hércules Poirot— son iguales. De torpes, claro está. Son vivos cuando tienen al sospechoso amarrado a una silla, pero en la calle no aciertan en una. Por ejemplo, yo nunca fui a una Casa de Retiro o ancianato como ellos dijeron ver, según me enteré después al ver el informe. El sitio donde estuve está ubicado a cuatro cuadras de distancia de donde dice el informe que llegué y además se llama Retiro de Santa Ana.  ¡Qué despiste! En efecto, como apuntan, sí estuve en el Centro Médico de la Sabana, donde unas niñas —que saludan con manos de ángel y trabajan con manos de oso— me hacían un tratamiento contra la ciática tan doloroso como eficaz. De eso, claro, ni se dieron cuenta. Había podido estar vendiendo un paquete de morfina o contando nubes. Pero el negocio no había sido contratado hasta ese punto de intimidad. Solo informarían de mis movimientos en la calle o "exteriores", como dirían los cineastas.

 No quise molestarlos más esa tarde con nuevos "desplazamientos". Supuse que  mis detectives preferirían empañar los vidrios de su vehículo oyendo los sonsonetes de Juanes que seguirme. De todos modos, yo tenía oficio: el jueves escribo las columnas dominicales y ando dándole vueltas al tema y esa primera frase tan esquiva como decisoria con que trato de comenzarlas.

El tercer día de seguimiento y despiste fue el más apasionante tanto para ellos como para mí. Era un viernes de pico y placa para mi carro. Por tanto tenía que moverme a pie hasta la carretera central. A las 10:00 a.m. me di una vuelta de averiguación preliminar, como dicen los penalistas y los pillé casco en mano y pie en la patada de la moto, frente a una tienda de líchigo en el ramal, cerca de mi casa. Uno era un tipo despeinado, flaco, y se asfixiaba metido entre una chamarra de cuero roja, y firma con la enigmática letra griega Fi; el otro era gordito, malencarado y de anteojos y guantes, se distingue como Delta. A mediodía el sol de este interminable verano era insoportable. Debían estar sudando metidos entre sus disfraces. Salí, pues, con la "fresca del mediodía". Caminé despacio, como se usa en casos de peligro inminente; pasé a su lado. Ellos miraban pajaritos. En la carretera central me volteé a detallarlos. Estaban escondidos en una curva. Me subí a una buseta rumbo a Bogotá. La moto con sus investigadores me seguía con desparpajo. Pero, sin razón, adelantaron la buseta. Astutos, pensé. Me bajé antes de llegar a la carrera séptima, de tal modo que mis seguidores tenían que dar la vuelta para reencontrarme, lo que al final hicieron. No era difícil intuir que yo iba al Centro Médico. De nuevo los vi de cerca. Sudaban a cántaros. Comencé a pensar que podían estar siguiéndome de manera evidente para que yo fijara mi atención en ellos, mientras otros me seguían paso a paso. Entonces, opté por perderlos de vista mientras exploraba otras evidencias. Tomé un taxi, llegué al Centro Médico, entré, y cuando estaba entregando cédula, teléfono, huella digital y mochila al portero, llegó la moto. Tomé el ascensor y marqué el tercer piso, aunque la sesión de fisioterapia fuera en el cuarto. Subí el piso de diferencia por las escaleras dándoles tiempo a que llegaran, para sorprenderlos cuando se abriera la puerta del elevador —como se llamaba en una época—. Esperé un rato. Pensé que durarían 20 minutos quitándose casco, guantes, impermeable, chamarras y peinándose. Nada. Nunca llegaron. Los miré por la ventana. Tomaban gaseosa. Seguían con sus uniformes de combate. Llamé a mi amiga del habano para vernos en las cercanías. Caminé a "paso de buey cansado" al encuentro. Discutí con ella el sitio donde nos pudiéramos sentar a verlos trabajar. Entramos a un restaurante a comer algo y a detallarlos. No se mosqueaban. Definitivamente, nos dijimos, deben ser otros los que me siguen, y nos dedicamos a estudiar a todos los clientes que entraban. Descartamos a un par de empleados —corbata rosada y terno gris ratón, tan de moda—. Demasiado convencionales. Entraron luego dos mujeres bonitas —bluyines, tenis y mochila—. Especulamos: si llaman por celular caen en el llamado perfil sospechoso. Pero no pasaron del umbral: se reían, se miraban, estaban encantadas entre sí. Entraron tres señoras, empiringotadas. No, tampoco. Almorzarán y se irán luego a jugar king. Toda la psicología aprendida en la izquierda sobre seguimientos, allanamientos, caballerizas, chuzadas y demás peligros quedó en el piso. Pero cuando pronunciamos la palabra chuzada, mi amiga dijo, "estamos chuzados". Al instante sentí que me subía un escalofrío desde el cóccix hasta la nuca. Chuzados, repetí: ¿chuzados? Y el escalofrío volvió a bajar. Sabiéndolo el presidente, ¿qué peligro podíamos correr? Además, mis teléfonos deberían estar chuzados desde por lo menos 17 años atrás. En la oficina G3 del DAS —o como se llame— deben andar divertidísimos —o confundidísimos— con la competencia que les salió. Pero la sonrisita se evaporó cuando recordé los fierros de la calle 16. ¡¿Que irán a decir esos señores

! "Que por fin", dijo mi amiga con el sarcasmo que siempre la ha caracterizado. Y diciendo esto, nos paramos y salimos a la calle. Los sabuesos estaban en la esquina, descomponiéndose de hambre. Uno no sabe las que pasan los hombres de inteligencia. La tengan o no. Para hacerles más patético su oficio, entramos a comprar un alfajor en un restaurante argentino.

Caminamos con nuestra cola hasta el parque de Usaquén. Nos sentamos bajo uno de los viejos castaños y frente a la iglesia parroquial. Detrás llegaron los hombres del seguimiento. Se parquearon en una esquina. Los detectives son amigos de las esquinas. Nos sabíamos fotografiados. Mi amiga sacó su pequeña cámara para pagarles con la misma moneda, pero al ver que el zoom no le daba, desistió. Optó por hacer las fotografías que quería hacer. Me fumé un habano de gran tamaño aprovechando el viento y el ocio; hablé por teléfono con varios amigos a los que traté de comandante a ver si las chuzadas daban la vuelta y llegaban a mis seguidores. Nada. O las chuzadas iban por un lado y la inteligencia contratada por otro o, definitivamente, yo les importaba un pito. Lo que me ofendió en el acto. Sentí que me pasaba lo que a los notables, que si no llegan con varios escoltas —vestidos todos con los desechados del patrón— a cocteles y demás reuniones de trabajo, no los saluda nadie y corren el riesgo de ser  echados a paraguazos. Los escoltas son necesarios, útiles, indispensables para tener buena imagen. Y creérsela. No tenerlos equivale a ser un chisgarabís. Cuando se está en la oposición es obligatorio estar chuzado y, mejor aún, ser seguido. Si eso no pasa, uno puede pasar por ser del otro lado.

Seguimos nuestro camino cuando el tabaco se apagó. Los hombres a la zaga. Mi amiga los miraba por el retrovisor. "Deben estar trozados de hambre", me dijo. La congestión de la hora de salida de los colegios en el norte es infernal. Las señoras salen por sus hijos en carros que usualmente les quedan nadando, las empleadas del servicio doméstico esperan a los niños en las puertas de los edificios. La Policía debe almorzar toda a esa hora. Es un tiempo en que todo está permitido para buses, busetas y taxis. Con paciencia llegamos debidamente seguidos hasta la calle 76 con séptima. La cola de carros para voltear y tomar la circunvalar era larga y era lenta. Nuestros seguidores no nos desamparaban. Pero mi amiga, para jugar con ellos, en el último turno para hacer el cruce —casi ya en rojo—, pasó. Y los señores detectives no pasaron. Miraron la hora y con ese argumento nos perdieron. Nos quedamos celebrando el triunfo de la picardía sobre la inteligencia. Personalmente me quedé con el remordimiento de no haberlos esperado para facilitarles el aburridor trabajo que hacían.

El último día, un sábado, me levanté tarde. Mis vecinos, ya divertidos con el cuento, me avisaron que "su gente anda de ronda". Supuse que eran ellos de nuevo. Los miré desde lejos. Parecían iguanas boqueando de calor. Habría preferido que el seguimiento lo hubiera hecho la inteligencia oficial que no me despierta ningún sentimiento de consideración, así sea, como dicen, pobre gente del pueblo. Se diría que viendo que yo no salía, se cansaron y se fueron a estacionar en el mirador de La Paloma. No es fácil entender por qué ese lugar y no otro. Debían sentirse derrotados. Yo no había ido a ninguna casa de citas, ni trasteado coca, ni hecho cruces con la subversión, ni siquiera entré con mi vieja amiga a un motel. Debe ser muy duro ser detective o investigador privado cuando no pasa nada raro, ni existe la probabilidad de una balacera, ni hay trasteos de "mercancía" ni chapeo, y, sobre todo, cuando no se está detrás de una recompensa.

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