Hablo de la lleva, una lepra divertida que nos ponía a todos los de la cuadra a correr unos detrás de otros sin otra intención que tocarnos y transmitir alegría. En esa época había cuadras; en las cuadras, casas, y en las casas “amigos del barrio”. Con los de la cuadra jugábamos a la lleva, al tarro y a las escondidas, tres modalidades de entretenimiento natural que ningún ingeniero de Nintendo (¡no entiendo!) ha podido transformar en juego para consolas… las consolas, dicho sea de paso, eran en aquellos años una especie de mesas pegadas a la pared, sin muchos cajones y sin otro enchufe que el de las lámparas de encima.

Aunque los teléfonos servían para nuestros propósitos de entretenimiento, los niños de los setenta no abusábamos de ellos para hacer “pegas”, cosa que ahora, gracias a conceptos como el de redial, son pan de cada día para pelados que difícilmente salen de su apartamento. Nosotros podíamos correr por el barrio, entregándonos a los atléticos placeres del ring-ring-corre-corre, que algunos perfeccionaron con la técnica del chicle húmedo y baboso pegado al timbre. Incluso existía la posibilidad de ejecutarlo en bicicletas (monaretas de Monark, con galápago gris imitación tigre), con lo que podían cubrirse extensas zonas del sector sin el riesgo de ser sorprendidos.

Los niños de antes no teníamos juegos de video en casa. En mi curso, solo Neira tenía Atari con joysticks, y de vez en cuando nos invitaba a jugar Asteroids o Combat. De resto, y a pesar de las rogativas a nuestros padres, los demás, literalmente, debíamos “consolarnos” en la oscuridad del cuarto con nuestros propios joysticks. Para jugar marcianitos y todos esos juegos a los que les cambiábamos sus verdaderos nombres (Space Invaders) o aquellos cuya denominación respetábamos (Pac-Man), debíamos tener dinero en el bolsillo e ir a unos sitios que se llamaban Maquinitas, en los que, al menos en Unicentro, reinaba un tensionante ambiente de biyis con peinilla en el bolsillo de atrás de los pantalones de rayitas.

La escasez de plata para comprar las fichas de maquinitas nos ponía a hacer cosas que los niños de hoy no ven ni en los libros de Historia: saltar el lazo, trepar árboles, hacer arcos con bareque y piola, jugar piquis con bolas de cristal (esferadas, maras, potas, pinguas), usar el yo-yo Russell de Coca-Cola (con el que se hacía el dormilón, el perrito, la torre Eiffel y el tremendo chichón en la frente), brincar la rayuela (que, con el perdón de Cortázar, llamábamos golosa), perseguirnos fingiendo ser policías y ladrones o hacer el popular piedra-tijera-papel, que, junto con las bolitas, es parte de la lánguida lúdica prehistórica que aún practican Gustavo y Francisco, mis hijos de 8 y 5 años.

Los míos no solo tienen consola de videos, sino que es imposible sacarlos de casa sin su videojuego personal, en tercera dimensión, al que se clavan con el juicio del emérito Benedicto a las Escrituras. Su madre y yo hemos pensado incluso en entregarlos en el CAI, porque son ladrones de teléfonos: no hay celular que usted pueda dejar a la mano de ellos sin que lo hurten para convertirlo en fuente de más y más juegos que, en el mejor de los casos, son aplicaciones gratuitas para niños que viven conectados a los aparatos y desconectados de todo lo demás. En algún lugar de mi casa, pudriéndose en sus cajas, están mis tableros de Batalla Naval, Monopolio y Hágase Rico, y creo que mi tío Esteban  guarda en el depósito de su garaje los de damas chinas y parqués, que tampoco interesaron a mis primos.

La batalla está perdida. Las cosas sencillas y prácticas hoy son difíciles de asimilar para los mocosos. Nacieron, como dicen las señoras, con el “chip” activado de cuanta cosa iluminada y ruidosa inventen o promuevan en la red. Los juegos de antes existían en el mundo virtual de nuestra imaginación; los de hoy, en el mundo virtual que derraman los aparatos enchufados. Tal vez lo único que no ha pasado de moda es jugar al “papá y a la mamá”… pero ahora sí que lo juegan en serio.

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