Comparto la preocupación de nuestros dos canales de televisión privados por la posibilidad, prácticamente subversiva, de que los colombianos tengan una tercera opción en sus televisores. Pero si ese día terrible llega, quiero proponer humildemente el siguiente manual de buenas prácticas para que todos los reporteros y periodistas del nuevo canal no se desvíen de las técnicas periodísticas que han hecho grandes a los noticieros colombianos de los últimos 20 años.

El periodismo investigativo vive (en la acera al frente del canal). No sé qué profesor de Comunicación Social descubrió que el concepto de “investigación periodística” consistía en pararse a una cuadra del lugar de trabajo y preguntar a los tres primeros transeúntes cosas como: “¿Qué opina del incremento del salario mínimo?”. Periodistas de Colombia, les tengo una chiva que les puede cambiar la vida. Puede ser duro de creer, no sé cómo lo tomarán, pero me arriesgo: a nadie, en ningún país del mundo, le parece suficiente el aumento de su salario, y menos si es el mínimo. Pueden incluso aventurarse e ir, literalmente, más allá y preguntar, ahora a dos cuadras del canal, y así lo comprobarán.
En economía, la constancia vence lo que la dicha no alcanza. No importa de qué trata la noticia. No importa si la cifra es 40.000 pesos o 12 billones de pesos. No interesa si se habla del precio de las acciones o de los resultados del recaudo de impuestos. Siempre, invariablemente, el noticiero colombiano utilizará como imagen para acompañar la noticia a un cajero contando billetes a toda velocidad. Ni un gráfico sencillo, ni una humilde línea que muestre la historia del indicador. Solo billetes. Pero existe una variación: cuando se trata del dato de desempleo, los periodistas económicos se liberan del yugo y nos muestran religiosamente todos los meses imágenes de las bancas del Parque Santander con un par de desocupados que leen sin afán la prensa.
La otra cara de la noticia es siempre la misma. Si algo tienen de bueno los noticieros colombianos es la seguridad que brinda al televidente saber con precisión qué va a pasar. Sobre todo cuando llegamos a ese concepto tan querido para nuestros periodistas: “La otra cara de la noticia”. ¿Qué televidente duda de que cuando la Selección Colombia enfrente a su similar de Senegal, el periodista intrépido nos mostrará, otra vez, cómo vive la colonia senegalesa en Colombia el partido? Y nos mostrará, oh paradoja, cómo se entristecen cuando su equipo sufre el gol de Colombia… justo cuando los demás habitantes del país en que residen celebramos. ¿No me digan que no es un gusto saber que la reseña de cualquier pelea relevante de boxeador colombiano estará acompañada por una perspicaz nota que nos muestra cómo se vive ese momento en la casa materna de nuestro púgil? Eso nos permite comprobar cómo la casa se la toman, es decir se la beben, todos los vecinos mientras doña Encarnación, la mamá del boxeador, mira a la distancia cómo le destrozan su sala y, por televisión, a su hijo.
Un periodismo con la gente, entre la gente, en medio de la gente, debajo de la gente. Es indispensable que cualquier triunfo de un equipo deportivo colombiano sea cubierto por el periodista desde el mismo corazón de las multitudes que celebran en las calles, en medio de licor y balazos. Si todos los colombianos no vemos en directo cómo el reportero es estrujado, tapado de harina y vejado por una multitud exultante no se considera cubierto el tema. Pero lo más importante para que sea una nota de alto periodismo ­—en medio de la turba que lucha por aparecer en televisión pasando por encima de la dignidad del reportero (y del reportero), que eleva el volumen de los gritos cada vez que el periodista intenta hablar— es que de alguna forma, siempre, alguien por detrás le haga al pobre tipo orejas de burro mientras sonríe a la cámara feliz por su hazaña.
Hacer periodismo es hacer Patria. En aras de la eficiencia, nuestro servicio de extranjería debería rendirse ante la evidencia e incluir de una buena vez en los formatos que deben responder los extranjeros que nos visitan las preguntas que hacen nuestros periodistas a todo actor o cantante extranjero que pasa por esta tierra: ¿Qué opina de las mujeres colombianas? ¿Cuál plato de nuestra comida típica le gustó más? ¿Es verdad que en Colombia se siente como en casa?
El televidente del mediodía es medio televidente. Para la emisión del mediodía no hay necesidad de esforzarse en esa labor tan desgastante y abrumadora de buscar noticias y contárselas a los televidentes. ¡Qué pereza! A ese televidente basta con rellenarle el noticiero de “consejitos prácticos” para retirar una mancha de la alfombra, profundizar en la receta de pollo a las finas hierbas y reseñar en detalle lo sucedido en la novela del canal la noche anterior. ¿Que las amas de casa tienen derecho a que en un noticiero les presente noticias? ¡Qué importa! Que aprendan a sofreír correctamente unas verduras. ¿Que el oficinista, en su hora de almuerzo, quiere enterarse de lo que pasó en el mundo? No, señor: a aprender cuál es el remedio casero para la gastritis.
Un espacio para el relax. Pero los noticieros colombianos no son solo investigación y rigurosidad. Hay también espacio para la distensión y el comentario perspicaz. Lo malo es que ese espacio se llama “Porque hoy es vieeeernes”, que consiste en mostrar videos deportivos con choques, caídas y jugadas “increíbles”, y el comentario perspicaz corre a cargo de las presentadoras. Esto tenía gracia hace 25 años cuando lo hacía desde Miami un señor que se llamaba Eucario Bermúdez, porque no había televisión por cable ni internet y, sobre todo, porque Eucario le mandaba saludos a Hernán Peláez tomando piña colada en guayabera. Pero que alguien en pleno 2012 piense que hay mérito en eso demuestra que el facilismo es un mundo infinito.
Pásela por inocente: por decimoquinto año consecutivo, el mismo noticiero del 28 de diciembre. Es tan refinado el humor de los realizadores de los noticieros colombianos que llevan décadas repitiendo la emisión del 28 de diciembre, con los mismos errores “detrás de cámaras” y la misma risa forzada de los presentadores, como una innovación mundial del periodismo criollo. ¿Que el presentador soltó un madrazo al aire? Qué ataque de risa. ¿Que el reportero repitió ocho veces la nota porque se trababa diciendo “desinstitucionalización”? Qué carcajadas. ¿Que a la presentadora de farándula se le movió el escote? Qué risitas morbosas, desde el director hasta el portero del canal. El día que alguno haga un noticiero de 28 de diciembre con noticias se gana el Simón Bolívar.
Señores interesados en el tercer canal, en otros lugares del mundo como Haití, Belice o Guinea Ecuatorial, esta forma de hacer periodismo se puede ver como facilismo o tercermundismo. Pero si no fuera por estas técnicas, ¿cómo habríamos ganado tantos Premios CPB y tantos Premios Simón Bolívar? Si no me cree, haga una investigación periodística profunda y pregunte al primer par de periodistas que se crucen en el camino cuál es el mejor noticiero que han visto: le dirán que el del último 28 de diciembre.

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