Ella es una líder política muy popular en Colombia. Tal vez la más popular después del fallecido presidente Chávez. Por sus permanentes e imbatibles récords de popularidad entre los colombianos, y cansados de registrar siempre lo mismo, a ellos las encuestas decidieron declararlos fuera de concurso. Ella goza de una amplia y abrumadora simpatía, no solo en las encuestas. En cualquier sitio público donde aparece, la gente salta de la dicha y hace cola para pedirle autógrafos y para tomarse fotos con ella. Los que lo logran exhiben su trofeo en las salas de sus casas para poner verdes de la envidia a las visitas.

Semejante popularidad la ha logrado a base de un estilo muy sutil y mesurado. Sus declaraciones siempre son muy medidas, calculadas y tranquilas, nunca altisonantes ni pendencieras. Jamás ha ofendido a nadie. Nunca ha hablado mal de su país en el exterior porque su regla de oro es que la ropa sucia se lava en casa. Nunca se le habría ocurrido señalar a un gobierno legítimamente elegido y reelegido de manera libre por la inmensa mayoría de los colombianos como un gobierno ilegítimo que debería ser aislado por los países latinoamericanos. Eso jamás; la defensa de la institucionalidad y la lealtad con su país ante todo.

Su actitud de defensa leal de la democracia la ha refrendado sin dejar nunca duda alguna sobre la enorme distancia que la separa de los grupos guerrilleros en el país, a los que siempre ha condenado de la manera más enérgica y sin ambigüedades, no solo por su ideología radical y anacrónica, sino por sus métodos bárbaros como el secuestro y las minas quiebrapatas, entre otras lindezas. La gente ha aplaudido la manera totalmente desinteresada como ha contribuido a liberar secuestrados, sin recomendar jamás a sus captores retener o liberar a tal o cual por cálculo político, como extrañamente apareció en el computador de algún jefe guerrillero. Aunque los medios inexplicablemente no lo registran, siempre ha dicho en todos los tonos que aborrece a la guerrilla.

Por esta razón, los jefes de esos grupos siempre le han tenido una feroz antipatía, a tal punto que rehúyen su presencia. Prueba de ello es que no se conoce ni una sola fotografía de ella con semejantes personajes. Las que han circulado en algunos periódicos, en las que ella aparece muy sonriente y feliz en su presencia, compartiendo incluso boina revolucionaria, son burdos fotomontajes que ella se ha apresurado siempre a denunciar. Por si fuera poco, ella es una líder muy nacionalista que nunca se ha dejado tentar por los halagos ni los petrodólares de los gobiernos vecinos. En esto su transparencia ha sido total.

Un verdadero ejemplo para las futuras generaciones que la adoran. Muestra de ello es que entre las niñas de todas las edades ella ha puesto de moda el uso de turbantes, aunque, eso sí, raramente alguna logra el refinado sentido estético de que hace gala nuestro personaje para dar con el turbante apropiado para cada ocasión. Un arte difícil de imitar, con el que se nace y no se aprende, la verdad sea dicha.

El país entero no ha dejado de lamentar que un procurador que siempre le ha demostrado una particular inquina la haya despojado de manera injusta de su credencial de parlamentaria. Las pruebas fueron decenas de miles de correos y documentos que los agentes literarios de una agencia de inteligencia colombiana se inventaron en una noche loca de creatividad colectiva, cosa que ocurre con rutinaria y aburridora frecuencia en esos organismos. En el Congreso, su ausencia ha dejado un vacío enorme que nadie podrá llenar, ni siquiera dos parlamentarios juntos, pero tanto allí como entre la opinión pública siempre se le recordará por las decenas de iniciativas legales que ella presentó de su propia e infinita cosecha para beneficio de todos los colombianos.

Pero la gente no se resigna a verla fuera del Congreso. Los principales santos milagreros en el país reciben a diario enormes romerías de gente implorándoles que por favor, de caridad, alguno de ellos haga el milagrito de devolverle la curul para que ella pueda seguir ejerciendo su irremplazable función de benefactora y guía de la opinión pública nacional. Sin su sabio consejo, el país seguirá de tumbo en tumbo.

En el entretanto, al menos nueve millones de ciudadanos desencantados con el gobierno de Santos tenemos confianza en que Piedad va a liderar un movimiento a favor de la revocatoria de su mandato o, al menos, su reducción en un año. Esta sería otra muestra más de la inequívoca sintonía de Piedad con la opinión pública nacional, y de su incorruptible independencia y objetividad política. En vos confiamos, Piedad.


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