La ceremonia empezaría con el himno nacional, interpretado en inglés por Shakira y un coro de niños de la Fundación Pies Descalzos. El presidente haría un discurso de apertura, agradeciendo en secreto la llegada del mejor momento para ocultar los escándalos del gobierno. Falsos positivos, chuzadas y políticos emproblemados se olvidarían más fácil —porque igual se van a olvidar— ante una estatuilla de verdad, no como esa que le dan a una televisión que no debería ser premiada. El Ministerio de Cultura tendría por fin un presupuesto decente, encargado de confeccionar la mejor cortina de humo de nuestra historia, la mejor cortina para el mejor presidente. Ese año por fin Colombia dejaría de ponerse de moda en Estados Unidos porque a algún columnista de The New York Times le gustó el ajiaco, y se dispararían disparates como el de Pachito Santos ofreciendo al país como sede de Miss Universo.

La idea sería que se celebrara en Bogotá. Pero con la ciudad semidestruida, la elegida sería Cartagena, que tiene experiencia de sobra en eventos esnobistas. Es una lástima que se haya muerto Óscar Golden, porque como protagonista del show central su nombre sí que habría tenido sentido. En cualquier caso ahí está el Óscar de la canción, Óscar D’León, que es casi colombiano y a quien para su presentación le harían un montaje con el león de la Metro Goldwyn Mayer, al mejor estilo de Los Recochan Boys, sin reparar en que la empresa está quebrada. Al final, claro, también cantaría Juanes, y las notas más destacadas de los noticieros serían la molestia de Shakira porque el montaje de la MGM era mejor para ella, Harold Trompetero gritando en la entrada que le robaron el Óscar al no nominar El paseo, Jorge Franco queriendo mostrarles un guion a los hermanos Coen y Nicole Kidman revelando que no tiene idea de qué es Al final del espectro.
Después de proponer a Carlos Calero y Andrés López como anfitriones, la Academia de Ciencias y Artes de la Cinematografía consideraría que el primero parece una caricatura de Jerry Rivera y que el segundo es pésimo, por lo que traería a los suyos. También traería a sus periodistas, por lo que los nuestros seguirían basando sus informes en los de aquellos y diciendo que están en los “Óscares” tan lejos de la alfombra roja como siempre.  
Los pocos colombianos invitados —las familias de los funcionarios más prestantes del gobierno— serían relegados a las sillas de atrás del Centro de convenciones de Cartagena, por donde no pasarían las cámaras de la transmisión, que finalmente no contratarían aquí, después de ver la del show de Jorge Barón. Alguno de los ganadores, en su discurso, se referiría al país como Ecuador. Algún incorrecto hablaría de la cocaína colombiana, haciendo que a la concurrencia —incluidos algunos en las sillas de atrás— se les hiciera agua la nariz. Un productor avezado adelantaría negociaciones con los Moreno Rojas para usar Bogotá como locación para una película sobre el fin del mundo.
A la salida, los vendedores ambulantes ofrecerían unas originales versiones de la estatuilla con la peluca del Pibe. A la fiesta posterior tampoco podría entrar nadie, y nuestros cineastas y actores se quedarían deambulando por Cartagena con sus guiones y sus sombreritos. 
Tiempo después, se sabría que las estatuillas entregadas no fueron bañadas en oro de 24 kilates, como se acostumbra, sino en oro golfi, y que los dueños de la empresa ganadora de la licitación estarían desaparecidos. 
Una vez más, Laura Acuña y Cristina Hurtado pensarían que los títulos que el país ofrece a la Academia para la categoría de Mejor Película Extranjera ya están entre los elegidos. Pero ni siquiera porque la ceremonia se celebrara aquí habría una película colombiana nominada.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.