¿Qué tan honrados somos los colombianos? Tratar de tener la respuesta fue la principal razón por la que acepté simular, durante dos horas, ser vendedor de quiosco y, además, entregar deliberadamente a los compradores vueltas en exceso para conocer si las regresaban o no. El montaje se realizó en una esquina del Parque de la 93, en el norte de Bogotá.
¿Y el resultado? Pues para mi satisfacción, de doce personas que atendí, nueve me devolvieron el dinero excedente. Incluso, a una de ellas le pregunté el porqué lo había hecho, y me hizo una relación de la transacción. Volví a preguntarle, y me dijo lo mismo; definitivamente, no entendió el sentido de mi interrogante. Cinco compradores se dieron cuenta del descuadre cuando les entregué las vueltas y me reintegraron el dinero inmediatamente. Tres más tomaron la plata, caminaron, contaron y regresaron. Pero no faltaron los "aviones". Tres ciudadanos, de quienes estoy seguro se percataron del desfase, se hicieron los locos y siguieron a mil. A uno de ellos lo alcancé y le hice el reclamo. Contó el dinero y me devolvió el billete, argumentando que no se había dado cuenta. Estoy convencido de que la lucha contra la corrupción exige actuar en lo jurídico, en lo ético y en lo cultural; en esto último se hace necesario examinar imaginarios que alimentan la corrupción, aquellos como que "el mundo es de los vivos", "papaya puesta, papaya partida". Al menos en este ejercicio predominó la honestidad en un 75%.

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