Después de intensas lecturas sobre las consecuencias para Palestina de la Declaración Balfour, después de estudiar con enconado celo las consecuencias de la independencia de la India y la partición de Pakistán, después de indagar en la guerra de los Boers, después de mirar con cuidado sumo los álbumes de fotografías de mis abuelos cuando vivían en Kuala Lumpur rodeados de enturbantados sirvientes en el club mientras jugaban croquet, después de noches en vela analizando las posibles consecuencias de esa otra historia y leer TODOS los tomos de la Obra Completa de Churchill, he llegado a la siguiente y rotunda conclusión: si los ingleses hubieran conquistado Colombia, todas las señoras bogotanas utilizarían de manera cotidiana la palabra ‘memorabilia‘.

—Dorotea, qué bella pieza de memorabilia familiar tienes en la sala —le diría con voz aflautada Cynthia Gooch (pronúnciese guuuuch, por favor, con la boca muy apretada).

—Oh, querida, qué agradable sorpresa me das, yo siempre la he encontrado un poco pedestre —respondería Dotty, mientras mira con estudiado desdén el tintero de cristal labrado con tapa de plata martillada que perteneció a su bisabuela.

—Hoy hace un calor diabólico, ¿no te parece? —añadiría Cynthia, en el fondo molesta porque el trópico le abre los poros del cutis y le afecta la digestión.

Las dos serían blanquísimas y algo jamonas, e ignorarían con acostumbrado esfuerzo los pasos de la doméstica, que enfundada en una manta wayúu caminaría sin hacer ruido, arrastrando con callada elegancia sus suaves chancletas con borlas de lana amarilla y roja, rumbo a la mesita eduardiana de la sala para depositar la bandeja con el té.

La doméstica es wayúu porque los ingleses jamás hubieran fundado la capitalina Bogotá en una remota montaña tierra adentro. Solo a los cerriles españoles se les podía haber ocurrido semejante idiotez. La capital hubiera quedado, con pragmática sensatez, en la costa atlántica, para poder exportar sin demora los preciados metales de la boyante industria minera. Y, por lo tanto, Bogotá no se llamaría Bogotá. Se llamaría Puerto Elizabeth.

Puerto Elizabeth no estaría construido en forma reticular ni tendría plaza central ni una ridícula y desproporcionada catedral presidiéndola. (Pues claro, si no existe cómo la va a presidir. Bruta). La ciudad se desparramaría en un encantador laberinto de callejuelas serpenteantes adoquinadas, y una magnífica avenida la atravesaría de cabo a rabo y desembocaría en el imponente conjunto de edificios de la Administración central. Esos son los que presiden, rodeados de verdísimos jardines coronados de palmeras, ya no la plaza, que no existe, sino toda la ciudad. Y por Administración central, otro favor, entiéndase una enorme oficina de asuntos de orden mercantil, financiero y comercial. Eso sí, ni asomo de politiqueros locales híbridos, porque nada es híbrido en esta British Columbia. (Y, obviamente, el estado gringo de ese nombre tendría otro nombre porque ese sería nuestro nombre.) Aquí, los caciques serían caciques de verdad, indígenas con taparrabos y todo, y serían muy ricos, más de lo que lo eran antes, porque los ingleses los mantendrían financieramente contentos siempre que no armaran trifulca, y los colombianos serían de sangre pura y no mestiza, y por lo tanto no tendrían complejos, y Chía, por allá en el remoto interior poblado de interesantes nativos, no sería una ciudad dormitorio de Bacatá sino exactamente la misma diosa que algún día fue.

Porque las religiones de los nativos seguirían intactas. Y sus costumbres, y sus lenguas y su arquitectura, también. Y cuando Cecilio y Jacobo, esposos de Cynthia y Dorotea, tuvieran que hacer una fiesta de despedida para algún empleado público que termina su tiempo en el remoto y exótico Sur y vuelve a la civilización, no harían parrandas vallenatas sino que se emborracharían y cantarían en coro: "Porque es un buen compañero, porque es un buen compañero, y nadie-lo-puede-negaaar", abrazados a sus colegas.

Por supuesto, un extraordinario sistema ferroviario cruzaría como una malla todo el país. Y por esas vías saldrían muy ordenaditos todo el oro, todo el carbón, todas las esmeraldas, todo el banano y, poco a poco, todos los nativos de British Columbia, que se irían a llenar Gran Bretaña de las discotecas de salsa del planeta.

Los colombo-británicos también se devolverían a la pérfida Albión, y en BC quedarían los chibchas peleándose la administración de los trenes con los zenúes y los koguis.

¿No le gusta el panorama? Ajá: pillado. No le gustan sus ancestros, su sangre ni su herencia. A los ingleses, en cambio, sí.

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