La primera etapa del almuerzo ejecutivo generalmente se llama principio. Se trata de una sopa de pasta o de plátano colicero donde flotan varias papas, así como algunos tubérculos boyacos entre los cuales se cuentan las habas, las hibias, los ullucos y los cubios, funestos ingredientes cuya ingesta incide en la hiperbolización masculina del abdomen y la deformación del culo femenino. Aquí es importante decir que los culos cundiboyacenses dejan mucho que desear: la mayoría son aguados o, en el mejor de los casos, frijoludos. El culo frijoludo es mononalga, no tiene la simetría bipartita que tienen los culos normales, la hendidura central. Parece que las viejas estuvieran cagadas o se hubieran puesto una almohadita de bebé atrás, de tal manera que se ve una masa indistinta, nada atractiva, que poco contribuye a que nuestro oficinista tenga incentivos para asistir a su trabajo.

Después de la sopa viene el plato principal, que en realidad es lo que durante años se ha conocido con el nombre de seco. Almuerzo ejecutivo que se respete tiene un pocillo de arroz volcado sobre el plato. Dicho montículo, que a simple vista parece poco, adquiere sus verdaderas proporciones con las primeras acometidas del tenedor, cuando se desparrama sobre el guiso de habichuelas, ahuyama, garbanzos o lentejas, la yuca dura y una lámina de carne fibrosa y recocida que parece un pedazo de vinilo. De milagro el pobre tipo no se infarta ahí mismo, más si tenemos en cuenta lo que dicen de masticar cada bocado entre 20 y 25 veces, pero con apenas una hora para ir y volver del restaurante, nuestro héroe se lo manda todo a tarascazos. Por si fuera poco, los nutricionistas recomiendan tomar abundante líquido con cada comida, pero el tamaño infame del vasito de sobremesa apenas alcanza para dos sorbos que deben distribuirse al principio y al final de la faena, y como suele ser un espeso jugo de guayaba caliente, el asunto es casi tan dispendioso y empalagoso como hacer gárgaras con arequipe. El jugo de guayaba y la sopa de colicero son alimentos astringentes que carecen de fibra y hacen que el tránsito intestinal se torne lento. Así, después de rematar el festín con tres uchuvas o unos cuadritos de papaya en almíbar servidos en un pequeño plato tamaño portavasos, a nuestro oficinista lo largan de nuevo a su cubículo hecho polvo, no puede pensar, todo su sistema, su ser, su energía están puestos en procesar semejante carga de profundidad.

Una vez por semana, almorzadero ejecutivo que se respete programa la clásica bandeja paisa. Plato de arrieros que jornaleaban en el campo, la bandeja paisa obra en el sedentario oficinista como una verdadera bomba. Según cálculos del finado Kendon Macdonald, la bandeja paisa contiene las calorías necesarias para alimentar a seis japoneses, individuos productivos de un país boyante, industrializado, cuyos oficinistas livianos, saludables, hacen de su nación una de las economías más sólidas del mundo. En cambio nuestro ejecutivo, cebado como un marrano, apenas le alcanza para jugar solitario o chatear mientras sus vísceras trabajan por él.

Pero ahí no terminan nuestras penas: como si se tratara de un complot para destruir nuestra magra productividad, ahora hay almorzaderos que ofrecen el contundente, salvaje y brutal mixto tolimense, que consiste en un tamal rajado por la mitad y relleno con una porción de lechona. Cualquier persona después de un plato semejante está completamente inutilizada, al borde del colapso, no puede ni hablar, tan solo eructa y se echa pedos mientras mira con ojos vidriosos la pantalla de su computador.

Y así nos va…?

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