¿Qué lleva un mochilero en la mochila?
Es un misterio. Nadie ha podido develar la verdad. Nadie ha dado con una respuesta. Miremos la situación. Sea en el Nevado del Cocuy o en el Cabo de la Vela, la única diferencia en su manera de vestir está en un pasamontañas que le robaron a algún familiar que estudió Humanidades en la Universidad Nacional. Siempre llevan puesta la misma camisa de rayas tipo propaganda de Emulsión de Scott. Visten la misma camiseta amarillenta en el vértice de las axilas, el mismo bluyín deshilachado y los mismos bóxeres quince centímetros fuera del pantalón. Es decir, no llevan en las mochilas mudas de ropa.

¿Qué llevan entonces en esas mochilas con las que viajan recorriendo la India o el Parque Tayrona, Australia o la Laguna de Iguaque, Nigeria o la Laguna de Tota?
No es un sleeping bag. Está descartado. Ellos duermen en los pasillos de los aeropuertos como si estuvieran en una queen size; en las bancas de las terminales de transporte público como si hubiesen encontrado la paz eterna; en las sillas desvencijadas de un tren como si estuvieran en estado vegetativo, o contra la ventana de una flota Copetrán como si los rayos del sol de la costa los arrullara. Así que no se trata de eso. Debe ser algo más, ¿pero qué?

La Pony Malta, el salchichón cervecero y las saltinas las compran en la tienda del pueblo. Puede ser el aguardiente o el brandy, pero casi siempre los cargan en el bolsillo trasero para que se conserve tibio. No es jabón porque si lo fuera, no despedirían ese hedor como a hoguera y Menticol, ese olor como a tabaco y Chanel. No es un cortaúñas porque las necesitan largas para poder partir la gelatina de pata o desatornillar una tuerca de la lámpara de queroseno. No son medicinas porque siempre regresan con paludismo, amibas, garrapatas y unos hongos en los pies que dan vida a unos zancuditos verdes. No son cuchillas de afeitar porque ellos siempre están barbados como balseros cubanos llegando a las costas de Miami, y ellas tienen las axilas como protagonistas de las películas eróticas de Tinto Brass.

¿Cómo averiguar pues, qué diablos cargan en las mochilas?
Intelectuales y académicos han sugerido preguntarles directamente: ¿qué carajos es lo que cargan ahí? Sin embargo, ha sido tarea difícil. Algunos mochileros se la pasan abrazados a los árboles en una especie de trance inconsciente como si lo que pretendieran en realidad fuera fumárselo rotándolo de boca en boca frente a una hoguera. Otros se encuentran en la compleja misión de esconder el tarro de las salchichas-de-tarro entre los frailejones para no cargar basura. Otros intentan robar los huevos del nido de un cóndor de Los Andes para poder mostrarlos como parte de sus tesis de grado. Otros presumen de bañistas bajo una cascada mientras hacen sus necesidades fisiológicas. Y otros andan tratando de colgarse a la aleta una ballena rosada que acaba de romper fuente y está a punto de parir.

Antropólogos de renombre los han visto recién se levantan, al borde del río, mientras uno hace pipí, otro, unos metros corriente abajo, cepilla sus dientes y, más abajo, una mujer de trenzas lava con champú sus calzones negros sin quitárselos, y otro, más abajo, recoge agua en su marmita para preparar el tinto del desayuno. Es lo más cerca que han estado de ellos.

Lamentablemente, estos no son los únicos interrogantes sin resolver. Quedan cuestiones primarias como, por ejemplo: ¿qué tienen contra los hoteles? ¿Es el problema acaso que no pueden cantar canciones de Silvio Rodríguez alrededor del aire acondicionado? ¿Es porque en los televisores de los hoteles solo exhiben El embajador de la India en Premier Caracol? ¿Es acaso porque las empleadas del servicio hacen caso omiso al letrero Do not disturb cuando la gente está en plena masturb? ¿O porque les molesta que en el desayuno de cortesía rindan los huevos con leche? Hombre, pero si es de cortesía, ¿qué esperaban?

Como se ve, hay muchos misterios en torno a este fenómeno. Pero me he propuesto develarlos. Sí. Voy a viajar mochileando por Colombia aunque ese verbo no exista. Me voy a unir a este gremio. Pero, advierto desde ya para que luego no haya desencuentros, mi mochila estará llena de jaboncitos de hotel. Champucitos, perfumitos y cremitas para afeitar de hotel. Toallitas de hotel, whiskycitos de minibar de hotel y toda clase de miniproductos para la comodidad que he venido robándome desde hace años.

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